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Un estallido refundacional. Por Ángel Saldomando

En un poco más de tres semanas se vinieron abajo las barreras protectoras del modelo neoliberal, aun si este no ha sido modificado todavía estructuralmente. La constitución de la dictadura de Pinochet, el blindaje mediático, el relato exitista sobre el país, el pacto político entre elites políticas económicas y militares, la supuesta base social “clase mediera” del modelo, la pretendida legitimidad política se derrumbaron. La acción colectiva con su cuestionamiento masivo, con su claridad sobre la necesidad de cambio repolitizó a la sociedad de un golpe, rejuveneció la idea de pueblo como sujeto histórico de una refundación nacional y envejeció con la misma velocidad a la elite y sus argumentos. El estallido social en Chile es inédito, carece de formato organizativo, de encuadre partidario y de cabezas visibles. No es que no hayan gremios, sindicatos, partidos y dirigentes sociales participando, solo que no pueden pretender dirigir o vanguardizar el movimiento. Este los sumerge una y otra vez en una marea que se extiende nacional y socialmente, se auto convoca, agrega reivindicaciones y diversidad, convive además con expresiones más violentas de malestar: barricadas, saqueos, incendios. Pese a todos los intentos de criminalizar las protestas, incrementar la represión y la violencia oficial, la opinión demuestra una particular tolerancia a todas las formas de expresión del estallido hasta un 44% de comprensión según una encuesta reciente.

El hecho más notable de esta dinámica es que la sociedad parece vigilar al mundo oficial y reacciona cotidianamente mostrando su rechazo a cada medida. Los parches sociales propuestos por el presidente Piñera no han surtido efecto. La sociedad mayoritariamente está convencida que solo puede actuar al margen si quiere obtener satisfacción. La sociedad parece estar funcionando de manera autónoma del poder y de cualquier forma de mediación política e institucional, esto es lo inédito, esto es lo refundacional. La manifestación de más de un millón de personas en Santiago, la intensa y continua movilización social nacional han desplegado una energía, una convicción y una fusión social de alta intensidad que sugiere casi la imagen de una monarquía vetusta asediada por el pueblo que aspira a ser constituyente de la nueva nación.

Poderes en pugna

Lo que aparece ahora son tres poderes en pugna, cada uno presionando por un tipo de orden social diferente. No se trata de la nobleza, el clero y el pueblo, de 1789 en Francia, cualquier parecido es solamente por la porfiada división en tres sectores.

Uno es el poder fáctico que tiene capacidad de condicionamiento sobre la política pública y cuyos canales de llegada al gobierno tejen una red de relaciones personales empresariales, políticas y un pasado dictatorial común. Es el orden en la sombra, el del privilegio, el de la puerta giratoria entre empresas, políticos y gobierno.

El del poder político institucional que expresa las parcelas de poder de la casta política en los poderes del estado, congreso, justicia y de las cúpulas partidarias santiaguinas.

El del emergente poder ciudadano, basado en nuevas coaliciones y redes con capacidad de movilización social, ocupación del territorio y alteración de las rutinas del modelo dominante exigiendo más democracia y cambios. La cuestión es qué tipo de orden social saldrá de esta pugna.

¿Qué pide la gente? Quizá por primera vez en la historia del país se pueda usar con propiedad este concepto de “la gente”, no un sindicato, un partido, un líder. La fusión social a alta temperatura del malestar ha legitimado el sujeto de “la gente”, la sociedad” “el pueblo” Sus reivindicaciones no son un misterio para nadie. Un nuevo marco de derechos y normas, es decir una nueva constitución. Más igualdad social, mejor democracia, mejor regulación pública y protección de los ciudadanos, descentralización que equilibre el territorio redistribuya el poder y la representación. Las demandas sectoriales por más específicas y acotadas que sean no son más que la puerta de entrada a las demandas generales.

¿Qué está dispuesto a negociar el poder fáctico y el político? Ese si es un misterio. Pasa de un discurso a otro, tergiversan, disfrazan para al final no ceder en nada. Pero la situación política está abierta y han debido reconocer que al final esta es una crisis sistémica, con el cambio de constitución al centro de cualquier solución y una recomposición total de los derechos ciudadanos frente al modelo mercantil y de privatización, con un estado regulador y proactivo frente a la hegemonía empresarial.

¿Cuál es la consecuencia? La convicción se confirma en los movimientos ciudadanos que se está frente a una autoridad irresponsable, atrincherada solo en la defensa del poder grupal y no en la búsqueda del bien común. Ello mina las condiciones de una negociación en lo particular y en lo general y agudiza la exigencia de una Asamblea Constituyente como instancia refundacional bajo control social.

En una sociedad democrática las diferencias en cuestiones tan de fondo deberían dirimirse por medio del ejercicio de la soberanía de la nación. La constituyente es una forma de soberanía, el referéndum otra, las elecciones una tercera.

En el Chile de hoy la pugna entre poderes y proyectos de sociedad necesita ordenar tiempos, agenda y prioridades, pero se carece de un itinerario político que asuma el conflicto mayor y que proponga el nivel de soberanía necesario para decidirlo. Esto abre un escenario de incertidumbre y turbulencia que no sabe hasta dónde llegará. En la primera parte de la ecuación está la política, la movilización social y más democracia, en la segunda solo la fuerza, la reducción de espacios políticos y menos democracia. Los escenarios de un posible desenlace aún están jugándose cada día en la correlación de fuerzas de la calle. La búsqueda de la salida , del itinerario político decantará seguramente el movimiento y allí se verá en que cristaliza y que sale de él.

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