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Un nuevo Gobierno y la oportunidad de un propio modelo de integración. Por Claudio Jiménez Rojas

Los números son impactantes, sobre 6 millones de venezolanos migrantes y refugiados se han disgregado por todo el mundo y en el caso de los ucranianos ya son 2,5 millones de personas las que se encuentran en la misma situación. Es como si países completos se hubiesen vaciado. Si sólo consideramos el éxodo venezolano, el número de personas supera la población de países como Dinamarca, Noruega, Nueva Zelanda, Irlanda, Uruguay y otros cien países. Según datos de ACNUR, a nivel mundial se estima que son más de 82 millones de personas las que han sido desplazadas por la fuerza debido a violaciones a los DDHH, persecución, violencia y/o conflictos; esto no se trata sólo de Venezuela y Ucrania, se han invisibilizado países como Afganistán, Nigeria y Sudán del Sur, entre otros. Las cifras son de una dimensión que exige una gobernanza mundial para las migraciones, una articulación entre países y continentes, una tarea que debe ser abordada según cada región, donde Chile, con la oportunidad de un nuevo Gobierno, tiene la posibilidad de liderar a nivel latinoamericano.

Desde un inicio del conflicto entre Rusia y Ucrania, el Primer Ministro de Polonia abrió los brazos para acoger a los cientos, miles o millones de ucranianos que posiblemente llegarían. Y así ocurrió. Habló de grandes cifras, habló que desde hace un tiempo se estaban preparando para recibir refugiados, pese a que días después surgieron denuncias de racismo por parte de la comunidad negra… pues muchos de ellos, hasta ahora, no han podido ingresar. Existe una intencionalidad, pero responde también a prioridades de Polonia y a su modelo de integración.

En Chile, sólo catorce personas fueron reconocidas como refugiadas entre enero del 2020 y mediados del 2021. Quizás el periodo más álgido en la insistencia por entrar a nuestro país, pues son los meses en los que se multiplican los ingresos por paso no habilitado. La desesperación era evidente. Sabíamos que había crisis humanitaria en Venezuela, es decir, podíamos prepararnos como rápidamente lo hizo Polonia. Pero no existió una intención real de acoger, como tampoco un modelo de integración que nos permita dar adecuada acogida.

Y en esta línea, es necesario que miremos experiencias en otros contextos, no para imitar, más bien para aprender; para ir orientando la brújula. No se trata de educarse a partir de las respuestas que tiene otro país frente a una crisis que genera desplazamientos forzados en su territorio vecino, se trata de aprender de los modelos que hay detrás, de aquello que sostiene la brújula y que, mientras mejor consistencia tenga, mayor seguridad habrá para dar los siguientes pasos.

Las políticas de integración son una cuestión de Estado, pues aborda, entre otros temas, los cambios que va generando la movilidad de las personas, algo que es un derecho humano y, como tal, debe ser garantizado, protegido; tener normativas que favorezcan su cuidado. La movilidad es una dinámica propia de nuestra conducta, siempre ha ocurrido y desde hace un tiempo ha tomado especial relevancia para los distintos gobiernos. El tema de las migraciones pasa a ser importante en los años cincuenta para Estados Unidos y Canadá, y una década después para Europa, es decir, muchos de los relatos respecto a los asuntos migratorios, vienen de experiencias que comenzaron hace más de medio siglo, donde la migración pasó a tener un valor importante para fomentar el crecimiento económico, pero también una amenaza cuando la integración no ocurre o se ve gravemente afectada. Aquí radica la importancia de las políticas públicas de integración, porque impactan la estabilidad de un país, sin embargo, éstas se deben dar de manera distinta según cada territorio, lo que no quita la importancia de aprender de otras experiencias. Por lo mismo, existen normativas internacionales al respecto, como también tenemos modelos teóricos que pueden ayudarnos a generar un marco que dará mayor sentido a nuestra brújula.

Entre los modelos teóricos de integración, tenemos dos grandes bloques que ayudan a ordenar: el asimilacionista y el multicultural. Básicamente el primero busca que el “otro distinto” se asimile a los nativos, mientras que el segundo permite mayor expresión cultural en la diferencia. Es decir, existe una línea que busca uniformar y otra que asume la complejidad que tiene el “acomodar” las diferencias culturales. Pero también existe una respuesta a ambos paradigmas mencionados: el modelo intercultural, que promueve la igualdad en la consideración de los diferentes saberes que se presentan en un grupo social, busca mayor horizontalidad para un mayor dialogo y encuentro. Pero aún no hay países que se hayan atrevido a dar pasos contundentes en esta línea, pues impacta el centro de un estado-nación; el poder sobre una determinada sociedad. Los avances han ido por las dos líneas anteriormente mencionadas.

Por ejemplo, Estados Unidos, desde una perspectiva más asimilacionista desarrolló un modelo al que se le llamó Crisol Cultural o Melting Pot Estadounidense, que, en simple y breve, buscaba “americanizar” a todos los migrantes; asimilar a todos los miembros de la sociedad. Ser “al estilo americano”. Algo no muy diferente es lo que desarrolla Francia, con una distinción importante, aquel recién llegado, al subordinarse a los principios de su nuevo país, pasa a integrar una sociedad en la que todos son iguales y tienen los mismos derechos. Otro ejemplo diferente es lo que hace el Modelo Multicultural Inglés, pues se atreve a reafirmar que las personas tenemos vínculos con nuestra sociedad de origen y queremos mantener esas raíces, entonces se permite mantener la profundidad de estos lazos y el origen cultural. Y, por último, pero teniendo en cuenta que quedan otros enfoques más, existen modelos que se focalizan en factores precisos para el desarrollo de la sociedad de acogida como para el migrante, esto es lo que ocurre en Alemania con el Modelo Gästarbeiter (“trabajador invitado”), propuesta que fija el trabajo como el ancla que permite la integración. Tanto este último, como todos los otros modelos, tienen aportes y también deficiencias que se deben subsanar, pero como mencionaba en un principio: Nunca todo es tan bueno, pero siempre hay para aprender.

En definitiva, tenemos procesos a los cuales podemos mirar para desarrollar un modelo propio. Quizás reaccionemos sobre la compleja marcha, como ocurrió con España, que ha ido configurando su propio modelo con periodos de improvisación, pues no hay quién pudiese reaccionar al nivel de demanda que ha tenido siendo una de las principales puertas de entrada al continente europeo. Pero como país podemos incidir hacia adentro y hacia afuera, pues en nuestra región Latinoamericana hace falta liderar en materia de gobernanza para las migraciones, como también es necesario avanzar en nuestro propio modelo de integración a la interna, para ir más allá de propuestas como una zanja de tres metros en la frontera o los catorce refugiados reconocidos como tal en el periodo más álgido de los cruces desesperados por la frontera.

Claudio Jiménez Rojas
Máster en Migraciones Internacionales

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