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Un salón dorado para Fernando Torres Silva. Por Paulina Morales A.

Hoy teníamos programada la inauguración del año académico del departamento universitario en que trabajo. Para la conferencia central estaba invitada Consuelo Contreras, ex directora del Instituto Nacional de Derechos Humanos. Y hoy, justamente hoy, muere Fernando Torres Silva, el ex auditor del Ejército en tiempos de la dictadura.

Imposible no recordarlo en sus años de gloria. El temible, el todopoderoso Torres Silva. El que se ufanaba de su poder y exhibía toda su prepotencia y desprecio hacia sus víctimas. En aquellos años…

Actualmente, del hotel Punta Peuco había pasado hace algunas semanas al Hospital Militar, pues desde 2015 se encontraba aquejado de un cáncer de próstata con metástasis a los huesos, según consigna el portal de radio Cooperativa. No puedo dejar de pensar en las paradojas que todo esto encierra. Murió de cáncer, cuando era ellos los que querían extirpar ‘el cáncer marxista’. Le afectó la próstata, a él, encarnación de la masculinidad militar-dictadorial-patriarcal. Le afectó hasta los huesos, cuando se suponía que eran ellos los expertos en materia de romper huesos o de hacerlos desaparecer. Fue indultado por razones humanitarias, por lo cual, de haber tenido una mejoría, habría sido llevado hasta su hogar, no de vuelta a su prisión dorada. No obstante, en el recinto hospitalario pudo morir junto a su familia, cuestión que impidió a tantos que fueron ejecutados salvajemente y en muchos casos hechos desaparecer.

Y si de paradojas se trata, quizás la mayor en este caso la constituya el hecho de que no cumplía condena por atropellos a los derechos humanos, sino por el asesinato de Eugenio Berríos, el químico de la DINA que experimentaba con gas sarín para exterminar opositores. Es decir, estaba preso por el crimen de un ex compañero de trabajo en labores represivas, al que hubo que eliminar ante el riesgo de que contara sobre las andanzas de esos años. O sea, se fue sin pagar, como tantos otros.

Vuelvo a la actividad de esta tarde con las y los estudiantes, donde reflexionamos sobre derechos humanos; de su crítico estado actual, de las huellas del pasado, de las tareas urgentes del presente y de los desafíos para el tiempo que viene. Todas estas nuevas generaciones han nacido en la postdictadura, en esta democracia en la medida de lo posible, tutelada y neoliberalizada, pero democracia al fin y al cabo. Con una colega conversábamos hoy al respecto. Nos preguntamos quiénes y cómo les contarán a estos estudiantes sobre los Torres Silva y tantos otros de su camarilla, cómo van a quedar escritas estas historias. Nos preguntamos también qué se muere cuando se mueren figuras como éstas. Y las respuestas posibles no son esperanzadoras: se muere, entre otros, la posibilidad de avanzar en verdad y justicia, mientras sobrevive la impunidad.

En estas horas llenas de sentimientos encontrados recuerdo una visita de hace tres años al Museo Sitio de Memoria ESMA (en Buenos Aires), la fatídica Escuela de Mecánica de la Armada de Argentina, que durante la última dictadura cívico-militar encabezada por Jorge Rafael Videla (1976-1983, fue convertida en uno de los mayores sitios de detención, tortura y exterminio; por sus dependencias pasaron más de 5.000 personas, la mayor parte de ellas hoy desaparecidas. Al final del recorrido, ya en el denominado Salón Dorado, se proyectan imágenes sobre los juicios a los represores; son numerosos y en no pocos casos terminaron con sendas condenas. Como una ironía, las fotos de muchos de ellos son proyectadas dentro de un marco dorado, oponiendo el honor militar con la bajeza humana de sus actos. Se proyecta también todo el listado de procesados y condenados. Es enorme, como enorme es la cifra total de desaparecidos en Argentina: 30.000.

Me pregunto cuánto nos falta para erigir un salón dorado como ese, donde debieran exhibirse tantos nombres y rostros de los violadores a los derechos humanos en Chile. Los de ayer y los de hoy. Los jerarcas, los mandos medios y los de abajo. Porque ante la opción de aducir razones de Estado, obediencia debida o verticalidad del mando, siempre estuvo y estará la opción de negarse a disparar (simbólica o concretamente) contra el propio pueblo.

Concluyo por hoy que, entre tantas deudas pendientes en materia de verdad, justicia y reparación, necesitamos un salón dorado que se transforme en visita obligada de las y los estudiantes de estas nuevas generaciones. Un salón de la vergüenza, donde nombres como el de Fernando Torres Silva ocupen el lugar que se merecen.

Paulina Morales A.
Académica Universidad Alberto Hurtado

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