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Una mirada sobre América Latina, aún más disputada. Por Patricio Arenas

Estas líneas no buscan hablar sobre América Latina desde Europa, sino entablar un diálogo franco y respetuoso con la izquierda chilena y latinoamericana en un momento de profunda recomposición mundial.

Se apoyan, en parte, en el vínculo personal de su autor con la región. Su relación con el continente no es abstracta: está marcada por la memoria de los exilios, las solidaridades y las luchas compartidas. Pero la memoria, por sí sola, no basta. El presente exige lucidez y claridad estratégica.

1. América Latina atraviesa una encrucijada histórica.

Polarización interna, avance de derechas radicalizadas, presiones externas renovadas y reconfiguración del orden global se entrelazan en un escenario más complejo que el de las antiguas “olas” progresistas o conservadoras. Al mismo tiempo, el retorno de una política estadounidense más coercitiva y la transformación del equilibrio mundial obligan a pensar el continente no como periferia, sino como un espacio central de disputa geopolítica.

Este texto propone, en primer lugar, analizar esa nueva configuración regional e internacional; en segundo término, examinar los desafíos que plantea a la izquierda chilena y latinoamericana; y, finalmente, esbozar algunas líneas estratégicas —sociales, ecológicas, democráticas y geopolíticas— que permitan actuar con mayor coherencia y autonomía en este nuevo contexto. Porque, en un mundo que se redefine, América Latina no es un decorado: es uno de los escenarios donde se decide el rumbo del siglo.

2. La escena latinoamericana: el fin de las “olas” simples

La política latinoamericana ya no puede resumirse en una alternancia clara entre ciclos progresistas y ciclos conservadores. Por un lado, se observa el avance de derechas nacionalistas y radicalizadas, en ocasiones abiertamente extremas, articuladas en torno al orden, la seguridad, el antisocialismo y una guerra cultural permanente. Por otro, países centrales continúan gobernados por coaliciones de izquierda y progresistas —México, Brasil, Colombia, entre otros— que siguen representando un polo regional relevante. América Latina aparece hoy menos como un bloque homogéneo y más como un mosaico de trayectorias políticas sometidas a fuertes tensiones internas y externas. Esta coexistencia es decisiva desde el punto de vista geopolítico: fragmenta la capacidad de respuesta regional organizada, debilita los mecanismos de integración y favorece alineamientos oportunistas, especialmente frente a Estados Unidos, según las crisis y los equilibrios de poder.

3. El retorno de la presión estadounidense: una doctrina violentamente actualizada

Otro hecho relevante es la reinscripción de América Latina en el centro de una estrategia estadounidense más coercitiva desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. Presiones comerciales sobre México, amenazas políticas y acciones militares —por ejemplo, en torno a Panamá o Colombia—, así como la instrumentalización de la cuestión migratoria, contribuyen a reactivar una lógica de “hemisferio reservado”, que algunos describen como el “corolario Trump” de la doctrina Monroe: una versión modernizada y endurecida del principio “América para los americanos”, que implicaría un derecho inminente de Estados Unidos a intervenir en el continente y a apropiarse de sus riquezas.

En este marco, el episodio más espectacular —y con mayores consecuencias— fue el ataque militar llevado a cabo a comienzos de enero de 2026 contra Venezuela, marcado por la muerte de alrededor de 90 personas y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de su esposa. Este hecho reavivó el debate sobre la soberanía, el derecho internacional y la legitimidad del uso de la fuerza. Asimismo, evidenció la dificultad de los Estados de la región para articular una respuesta colectiva coherente, dadas las divergencias ideológicas y el peso del temor a incomodar a Washington. A ello se suma la creciente tensión en torno a Cuba: el endurecimiento del embargo estadounidense tiende, en la práctica, hacia una forma de bloqueo marítimo cuando impide la llegada de petróleo y asfixia circuitos esenciales de abastecimiento. No se trata aquí de resolver la totalidad del caso cubano, sino de constatar que una estrategia de estrangulamiento de esta naturaleza vuelve a convertirse en un marcador político y simbólico central en el hemisferio.

4. Más allá del prisma regional: América Latina en el giro global Reducir estas evoluciones a una mera “cuestión regional” sería un error. Mirar hoy a América Latina es observar el mundo: la erosión de una hegemonía largamente aceptada y la entrada en una fase en la que las periferias se reorganizan y cuestionan al centro. Durante décadas, la victoria estadounidense en la Guerra Fría estructuró el imaginario geopolítico: un centro, periferias y una “normalidad” liberal presentada como horizonte insuperable. Ese período ya terminó. No porque Estados Unidos haya desaparecido, sino porque su capacidad para dirigir el sistema internacional se encuentra hoy cuestionada por sus propias tensiones internas y limitada —e incluso contradicha— por numerosos Estados. La contestación no proviene de un bloque único, sino de una pluralidad de Estados y coaliciones —desde los BRICS ampliados hasta configuraciones más flexibles— y alcanza instrumentos centrales del poder estadounidense, incluida la posición del dólar como eje financiero mundial, cada vez más debatida y, en algunos casos, explícitamente disputada por potencias emergentes.

En este contexto, Washington se reconcentra: identifica a China como principal adversario, exige a Europa “asumir su parte” en materia de defensa —particularmente a través de la OTAN— y vuelve a considerar el hemisferio occidental, y por tanto América Latina, como prioridad estratégica explícita. Para los europeos, otro aspecto resulta crucial: la tentación estadounidense de transferirles el peso de la defensa de su continente, trasladándoles costos y dependencias. La guerra en Ucrania, las garantías de seguridad, su reconstrucción y el aumento del gasto militar se inscriben en una relación de fuerzas en la que Europa es fuertemente presionada a comprar, financiar y alinearse con Estados Unidos, sin pesar en proporción a los desafíos que enfrenta. Al mismo tiempo, Estados Unidos continúa estructurando de manera determinante la arquitectura político-militar del bloque occidental y conserva un poder decisivo en la Alianza Atlántica. Sin embargo, Europa no es sinónimo de Estados Unidos. También es un espacio político en disputa, atravesado por debates sobre soberanía, autonomía estratégica y modelo social. Es precisamente en esa disputa donde puede abrirse un espacio de convergencia con América Latina.

5. Qué puede hacer la izquierda chilena y latinoamericana?

En este marco, la izquierda chilena y latinoamericana enfrenta un doble peligro: externo (presiones, injerencias, chantajes, dependencias) e interno (decepción social, inseguridad, corrupción, polarización, fatiga democrática). Las respuestas no pueden ser meramente retóricas; deben traducirse en estrategias operativas.

Recuperar claridad y coherencia social es fundamental. La izquierda se debilita cuando aparece como una simple variante gestora de un modelo cuestionado. Recuperar esa claridad implica redefinir con nitidez su proyecto histórico: justicia social para todos, empezando por los más desfavorecidos; reducción efectiva de desigualdades estructurales mediante políticas redistributivas concretas y reformas fiscales sólidas; fortalecimiento de un Estado social eficaz y transparente; y provisión de servicios públicos —salud, educación, protección social— que dignifiquen la vida cotidiana y proyecten un futuro compartido. La coherencia entre discurso y acción es condición indispensable para reconstruir confianza y evitar que la frustración social sea capitalizada por las derechas radicales.

Proteger la naturaleza y las riquezas de América Latina implica convertir los bienes comunes en eje de soberanía y desarrollo. No basta con extraer: es necesario capturar valor, industrializar y transferir tecnología. El agua, los bosques, la biodiversidad y los minerales estratégicos requieren una regulación firme y la delimitación de zonas intangibles. La renta extractiva debe traducirse en salud, educación e infraestructura visibles para la ciudadanía. Se necesitan cláusulas ambientales y sociales vinculantes, con plena transparencia contractual. La justicia ambiental exige poner fin a los “territorios de sacrificio” y reparar daños históricos. La transición energética debe planificarse de manera socialmente justa, sin convertirse en un nuevo extractivismo verde. Proteger la naturaleza es, en última instancia, defender la democracia, la dignidad y el futuro del continente.

Responder a la inseguridad sin renunciar a los derechos es igualmente decisivo. La extrema derecha prospera sobre la angustia. Una izquierda creíble debe promover una seguridad republicana que combine prevención ciudadana, lucha contra el crimen organizado, reforma y control democrático de las fuerzas de seguridad, justicia más eficaz y combate a la corrupción, sin caer en el autoritarismo que termina volviéndose contra los más vulnerables.

Reconstruir coaliciones democráticas sin ambigüedades es otra exigencia estratégica. Frente a golpes de fuerza y presiones externas, se necesitan frentes democráticos capaces de defender la soberanía y el derecho internacional, incluso cuando ello implique criticar a actores ideológicamente cercanos. La coherencia democrática constituye un recurso político central.

Romper dependencias y construir alianzas emancipadoras supone rechazar toda lógica de subordinación. Diversificar socios implica reequilibrar relaciones de poder, superar dependencias heredadas del neoliberalismo y recuperar el control democrático sobre sectores estratégicos. Significa negociar en función del interés general e imponer cláusulas sociales y ambientales vinculantes, con transparencia real. Las alianzas internacionales deben ser instrumentos de justicia social, transición ecológica y solidaridad, no mecanismos de competencia entre trabajadores ni de extracción indiscriminada de recursos.

6. Refundar la cooperación entre Chile, América Latina y Europa En un mundo en recomposición, Chile puede y debe desempeñar un papel activo como puente estratégico entre América Latina y Europa. Puede hacerlo promoviendo agendas comunes en ámbitos como la reducción de las desigualdades, la transición ecológica, el multilateralismo y la justicia fiscal. En este contexto, América Latina necesita fortalecer sus mecanismos de concertación regional. Solo definiendo prioridades estratégicas compartidas y actuando con mayor cohesión podrá negociar con mayor capacidad de influencia global, evitando relaciones de subordinación frente a cualquier hegemonía. Desde esta perspectiva, debe impulsar una agenda común con Europa basada en el respeto mutuo de las soberanías y en la convergencia de intereses estratégicos. Solo desde una posición articulada y propositiva podrá construirse una alianza equilibrada y duradera.

Al mismo tiempo, es necesario apoyar a Europa en la toma de conciencia de que su interés estratégico no radica en alinearse automáticamente con las instrucciones del imperio norteamericano ni con intereses ajenos, sino en consolidar su propia autonomía. Ello supone dotarse de instrumentos efectivos de soberanía política, tecnológica y económica, sin quedar capturada por tecnoestructuras alejadas de la voluntad democrática de sus pueblos.

Por su parte, la Unión Europea no puede seguir considerando a América Latina como un socio periférico. La relación debe ir más allá de acuerdos comerciales o declaraciones simbólicas e inscribirse en una estrategia política de largo plazo. Esta nueva cooperación exige compromiso al más alto nivel, fortalecimiento de intercambios académicos y científicos, apoyo mutuo a proyectos industriales y de transición energética, y acompañamiento de reformas sociales e institucionales sin condicionalidades punitivas. El objetivo debe ser una asociación entre iguales, fundada en la reciprocidad, la soberanía y metas compartidas de justicia social y ambiental.

*

América Latina no es un escenario secundario de las disputas globales: es uno de los lugares donde se define el equilibrio del siglo XXI. Por eso, la izquierda chilena y latinoamericana no puede contentarse con administrar coyunturas ni repetir consignas heredadas. Está llamada a pensar estratégicamente, a cuestionar sus propias inercias y a examinar con espíritu crítico tanto las presiones externas como sus propias debilidades internas. Sin autocrítica no hay renovación; sin claridad no hay proyecto.

El momento exige recuperar la capacidad de análisis colectivo, de debate honesto y de formación política. Pensar críticamente implica desconfiar de las simplificaciones —sean geopolíticas, económicas o ideológicas— y construir diagnósticos propios, arraigados en la realidad social de sus pueblos. Significa también no aceptar como inevitables las relaciones de dependencia, ni resignarse a que la desigualdad, el extractivismo descontrolado o la inseguridad se conviertan en destinos permanentes.

Pero el pensamiento crítico, por sí solo, no basta. Debe traducirse en acción colectiva organizada: en articulación regional, en construcción de mayorías sociales, en políticas públicas coherentes y en alianzas internacionales basadas en la dignidad y la reciprocidad. La historia latinoamericana demuestra que las conquistas sociales y democráticas nunca fueron concesiones, sino resultados de movilización consciente y persistente.

La tarea es, por tanto, doble: pensar con rigor y actuar con determinación. Solo así la izquierda chilena y latinoamericana podrá transformar la encrucijada actual en una oportunidad histórica: para fortalecer la democracia, proteger la naturaleza, reducir las desigualdades y afirmar una soberanía capaz de dialogar con el mundo sin subordinarse a él. El tiempo de la lucidez debe convertirse en el tiempo de la acción.

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Traduction

Un regard français sur un continent américain encore plus disputé Par Patricio Arenas

fils de réfugiés politiques chiliens, député de Paris (10e circonscription), La France insoumise – Nouveau Front populaire Ces lignes ne visent pas à parler de l’Amérique latine depuis l’Europe, mais à engager un dialogue franc et respectueux avec la gauche chilienne et latino-américaine à un moment de profonde recomposition mondiale. Elles se fondent en partie sur le lien de leur auteur avec la région. Fils de réfugiés politiques chiliens, sa relation au continent n’est pas abstraite : elle est marquée par la mémoire des exils, des solidarités et des luttes partagées. Mais la mémoire, à elle seule, ne suffit pas. Le présent exige lucidité et clarté stratégique.

1. L’Amérique latine se trouve à une croisée de chemins historique.

Polarisation interne, progression de droites radicalisées, pressions extérieures renouvelées et reconfiguration de l’ordre mondial s’entrelacent dans un scénario plus complexe que celui des anciennes « vagues » progressistes ou conservatrices. Dans le même temps, le retour d’une politique américaine plus coercitive et la transformation de l’équilibre mondial obligent à penser le continent non comme une périphérie, mais comme un espace central de confrontation géopolitique. Ce texte propose, d’abord, d’analyser cette nouvelle configuration régionale et internationale ; ensuite, d’examiner les défis qu’elle pose à la gauche chilienne et latino-américaine ; enfin, d’esquisser quelques lignes stratégiques — sociales, écologiques, démocratiques et géopolitiques — permettant d’agir avec davantage de cohérence et d’autonomie dans ce nouveau contexte. Car dans un monde en redéfinition, l’Amérique latine n’est pas un décor : elle est l’un des lieux où se décide l’orientation du siècle.

2. La scène latino-américaine : la fin des « vagues » simples

La politique latino-américaine ne peut plus se résumer à une alternance claire entre cycles progressistes et cycles conservateurs. Aujourd’hui, d’un côté, on observe la progression de droites nationalistes et radicalisées, parfois ouvertement extrêmes, articulées autour de l’ordre, de la sécurité, de l’antisocialisme et d’une guerre culturelle permanente. De l’autre, des pays centraux continuent d’être gouvernés par des coalitions de gauche et progressistes — Mexique, Brésil, Colombie, entre autres — qui représentent encore un pôle régional significatif. L’Amérique latine apparaît moins comme un bloc homogène que comme une mosaïque de trajectoires politiques soumises à de fortes tensions internes et externes. Cette coexistence est décisive d’un point de vue géopolitique : elle fragmente la capacité de réponse régionale organisée, affaiblit les mécanismes d’intégration et favorise des alignements opportunistes, notamment face aux États-Unis, au gré des crises et des rapports de force.

3. Le retour de la pression américaine : une doctrine brutalement actualisée

Un autre fait majeur est la réinscription de l’Amérique latine au centre d’une stratégie des Etats-Unis plus coercitive depuis le retour de Donald Trump à la Maison Blanche. Pressions commerciales sur le Mexique, menaces politiques et actions militaires — par exemple autour du Panama ou de la Colombie — et instrumentalisation de la question migratoire contribuent à réactiver une logique d’« hémisphère réservé », que certains décrivent comme le « corollaire Trump » de la doctrine Monroe : une version modernisée et durcie du principe « l’Amérique aux Américains », avec un droit imminent des États-Unis à s’approprier l’ensemble du continent et ses richesses. Dans ce cadre, l’épisode le plus spectaculaire — et aux conséquences les plus lourdes — fut l’attaque militaire menée au début de janvier 2026 contre le Venezuela, marquée par la mort d’environ 90 personnes et l’enlèvement du président Nicolás Maduro et sa femme, ce qui a ravivé le débat sur la souveraineté, le droit international et la légitimité du recours à la force. Cet épisode a également mis en évidence la difficulté des États de la région à produire une réponse collective cohérente, compte tenu des divergences idéologiques et du poids de la crainte de froisser Washington. À cela s’ajoute la tension croissante autour de Cuba : le durcissement de l’embargo américain tend, dans les faits, vers un blocus maritime lorsqu’il empêche l’arrivée de pétrole et asphyxie des circuits essentiels d’approvisionnement. Il ne s’agit pas ici de résoudre l’ensemble du cas cubain, mais de constater qu’une stratégie d’étranglement de cette nature redevient un marqueur politique et symbolique central dans l’hémisphère.

4. Au-delà du prisme régional : l’Amérique latine dans le tournant global

Réduire ces évolutions à une « question régionale » serait une erreur. Regarder aujourd’hui l’Amérique latine, c’est observer le monde : l’érosion d’une hégémonie longtemps admise et l’entrée dans une phase où les périphéries se réorganisent et contestent le centre. Pendant des décennies, la victoire américaine dans la Guerre froide a structuré l’imaginaire géopolitique : un centre, des périphéries et une « normalité » libérale présentée comme horizon indépassable. Cette période est désormais révolue. Non pas parce que les États-Unis auraient disparu, mais parce que leur capacité à diriger l’ensemble du système est aujourd’hui contestée par leurs propres tensions internes et limitée — voire contredite — par de nombreux États. La contestation ne provient pas d’un bloc unique, mais d’une pluralité d’États et de coalitions — des BRICS élargis à des configurations plus souples — et elle touche des instruments centraux du pouvoir américain, y compris la position du dollar comme axe financier mondial, de plus en plus débattue et, dans certains cas, explicitement contestée par des puissances émergentes. Dans ce contexte, Washington se recentre : il identifie la Chine comme principal adversaire ; exige de l’Europe qu’elle « prenne sa part » en matière de défense, notamment à travers l’OTAN ; et reconsidère l’hémisphère occidental — et donc l’Amérique latine — comme une priorité stratégique explicite. Pour les Européens, un autre aspect est crucial : la tentation américaine de se décharger du poids de la défense de leur continent, en leur transférant coûts et dépendances. La guerre en Ukraine, les garanties de sécurité, sa reconstruction et l’augmentation des dépenses militaires s’inscrivent dans un rapport de forces où l’Europe est fortement incitée à acheter, financer et obéir aux États-Unis, sans peser à la mesure des défis. Dans le même temps, les États-Unis continuent de structurer de manière déterminante l’architecture politico-militaire de l’ensemble du bloc occidental et de conserver le pouvoir effectif au sein de l’Alliance atlantique. Cependant, l’Europe n’est pas synonyme des États-Unis. Elle est aussi un espace politique en débat, traversé par des discussions sur la souveraineté, l’autonomie stratégique et le modèle social. C’est précisément dans cette tension que peut s’ouvrir un espace de convergence avec l’Amérique latine.

5. Que peut faire la gauche chilienne et latino-américaine ?

Dans ce cadre, la gauche chilienne et latino-américaine affronte un double danger : externe (pressions, ingérences, chantages, dépendances) et interne (déception sociale, insécurité, corruption, polarisation, fatigue démocratique). Les réponses ne peuvent être seulement rhétoriques ; elles doivent être opérationnelles. Retrouver clarté et cohérence sociales. La gauche s’affaiblit lorsqu’elle semble n’être qu’une simple variante gestionnaire d’un modèle contesté. Retrouver clarté et cohérence implique de redéfinir avec netteté son projet historique : justice sociale pour tous, en commençant par les plus défavorisés ; réduction des inégalités structurelles grâce à des politiques redistributives concrètes et des réformes fiscales efficaces ; renforcement d’un État social efficace et transparent ; proposition de services publics, de santé et d’éducation de qualité qui dignifient la vie quotidienne et construisent un avenir meilleur. La cohérence entre discours et action est essentielle pour reconstruire la confiance et éviter que la frustration sociale ne soit captée par les droites radicales. Protéger la nature et les richesses de l’Amérique latine implique de faire des biens communs l’axe de la souveraineté et du développement. Il ne suffit pas d’extraire : il faut capter la valeur, industrialiser et transférer des technologies. L’eau, les forêts, la biodiversité et les minerais stratégiques exigent une régulation ferme et la définition de zones intangibles. La rente extractive doit financer santé, éducation et infrastructures visibles pour les citoyens. Des clauses environnementales et sociales contraignantes, assorties d’une transparence contractuelle totale, sont nécessaires. La justice environnementale impose de mettre fin aux « territoires sacrifiés » et de réparer les dommages historiques. La transition énergétique doit être planifiée et socialement juste, et ne pas se transformer en un nouvel extractivisme vert. Protéger la nature, en définitive, c’est défendre la démocratie, la dignité et l’avenir productif du continent. Répondre à l’insécurité sans renoncer aux droits. L’extrême droite prospère sur l’angoisse. Une gauche crédible doit promouvoir une sécurité républicaine : prévention citoyenne, lutte contre le crime organisé, réforme et contrôle démocratique des forces de sécurité, justice plus efficace et lutte contre la corruption, sans sombrer dans l’autoritarisme qui finit par se retourner contre les plus vulnérables. Reconstruire des coalitions démocratiques sans ambiguïtés. Face aux coups de force et aux pressions extérieures, il faut des fronts démocratiques capables de défendre la souveraineté et le droit international, même lorsque cela implique de critiquer des acteurs idéologiquement proches. La cohérence démocratique est une ressource stratégique. Rompre les dépendances et construire des alliances émancipatrices. Une stratégie de souveraineté ne consiste pas à choisir entre deux tutelles, mais à refuser toute logique de subordination. Diversifier les partenaires suppose de rééquilibrer les rapports de force, de dépasser les dépendances héritées du néolibéralisme et de récupérer le contrôle démocratique des secteurs stratégiques. Cela signifie négocier au nom de l’intérêt général et imposer des clauses sociales et environnementales contraignantes, avec une transparence réelle. Les alliances internationales doivent être des instruments de justice sociale, de transition écologique et de solidarité, non des mécanismes de concurrence entre travailleurs ou d’extraction indiscriminée des ressources.

6. Refonder la coopération entre le Chili, l’Amérique latine et l’Europe Dans un monde en recomposition, le Chili peut et doit jouer un rôle actif de pont stratégique entre l’Amérique latine et l’Europe. Il peut le faire en promouvant des agendas communs dans des domaines tels que la réduction des inégalités, la transition écologique, le multilatéralisme et la justice fiscale. Dans ce contexte, l’Amérique latine doit renforcer ses mécanismes de concertation régionale. Ce n’est qu’en définissant des priorités stratégiques partagées et en agissant avec davantage de cohésion qu’elle pourra négocier avec une plus grande capacité d’influence globale, en évitant des relations de subordination face à toute hégémonie. Dans cette perspective, elle doit impulser un agenda commun avec l’Europe, fondé sur le respect mutuel des souverainetés et la convergence des intérêts stratégiques. Ce n’est qu’à partir d’une position articulée et proactive qu’une alliance équilibrée et durable pourra être construite. Dans le même temps, il est nécessaire de soutenir l’Europe dans la prise de conscience que son intérêt stratégique ne réside pas dans un alignement automatique sur les injonctions de l’empire nord-américain ni sur des intérêts extérieurs, mais dans la consolidation de sa propre autonomie. Cela suppose de se doter d’instruments effectifs de souveraineté politique, technologique et économique, sans se laisser capturer par des technostructures éloignées de la volonté démocratique de ses peuples. De son côté, l’Union européenne ne peut continuer à considérer l’Amérique latine comme un partenaire périphérique. La relation doit aller au-delà des accords commerciaux ou des déclarations symboliques et s’inscrire dans une stratégie politique de long terme. Cette nouvelle coopération exige un engagement au plus haut niveau, le renforcement des échanges académiques et scientifiques, un soutien mutuel à des projets industriels et de transition énergétique, ainsi qu’un accompagnement des réformes sociales et institutionnelles sans conditionnalités punitives. L’objectif doit être une association entre égaux, fondée sur la réciprocité, la souveraineté et des objectifs communs de justice sociale et environnementale. * L’Amérique latine n’est pas un théâtre secondaire des rivalités mondiales : elle est l’un des lieux où se définit l’équilibre du XXIe siècle. C’est pourquoi la gauche chilienne et latino-américaine ne peut se contenter de gérer les conjonctures ni de répéter des slogans hérités. Elle est appelée à penser stratégiquement, à interroger ses propres inerties et à examiner avec esprit critique tant les pressions extérieures que ses propres fragilités internes. Sans autocritique, pas de renouveau ; sans clarté, pas de projet. Le moment exige de retrouver la capacité d’analyse collective, de débat honnête et de formation politique. Penser de manière critique implique de se méfier des simplifications — qu’elles soient géopolitiques, économiques ou idéologiques — et de construire des diagnostics propres, ancrés dans la réalité sociale des peuples. Cela signifie aussi refuser de considérer comme inévitables les relations de dépendance, et ne pas se résigner à ce que les inégalités, l’extractivisme incontrôlé ou l’insécurité deviennent des fatalités permanentes. Mais la pensée critique, à elle seule, ne suffit pas. Elle doit se traduire en action collective organisée : en articulation régionale, en construction de majorités sociales, en politiques publiques cohérentes et en alliances internationales fondées sur la dignité et la réciprocité. L’histoire latino-américaine montre que les conquêtes sociales et démocratiques n’ont jamais été des concessions, mais le résultat d’une mobilisation consciente et persistante. La tâche est donc double : penser avec rigueur et agir avec détermination. C’est à cette condition que la gauche chilienne et latino-américaine pourra transformer la croisée de chemins dans laquelle elle se trouve actuellement en une chance : renforcer la démocratie, protéger la nature, réduire les inégalités et affirmer une souveraineté capable de dialoguer avec le monde sans s’y subordonner. Le temps de la lucidité doit devenir le temps de l’action.

Patricio Arenas , Paris Francia

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