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Una reflexión sobre la democracia que deseamos construir. Por Susana Solis Gómez y Diego Lagos Garrido

Ante el escenario actual donde las narrativas de la extrema derecha han ganado un espacio importante dentro de los medios de comunicación y en el panorama político en general, es bien sabida la urgencia que se presenta por pensar en alternativas al modelo que estas promueven. En general, la derecha y extrema derecha apuntan a la profundización del neoliberalismo, acompañándose de discursos menor o mayormente conservadores que resultan particularmente preocupantes para aquellos colectivos expuestos a una vulnerabilidad estructural.

Sobre lo anterior, pareciera que las propuestas que surgen en contrarespuesta se elaboran y exponen acotándose al ámbito institucional. Así, se habla de defender los derechos conseguidos, de elegir a figuras que, aunque no nos representen completamente y no supongan transformaciones importantes como las que se han demandado históricamente, signifiquen el “mal menor”. Con ello, comenzamos esta columna preguntándonos ¿Qué idea de democracia es la que deseamos? ¿De qué forma podemos lograr una democracia cotidiana?

Desde la tradición occidental la idea de democracia proviene del griego demos (pueblo), y kratos (poder), correspondiendo a una forma de organización política del Estado a través del establecimiento de mecanismos de participación, los que, dependiendo de diversas épocas y países han sido más o menos directos. Desde ahí, existe una idea universal que apela a que la democracia moderna se ejerce, como principal mecanismo, a través de las elecciones periódicas de autoridades y por medio de partidos políticos, lo que ha significado un debilitamiento histórico del ejercicio de poder y/o autodeterminación individual y colectiva de las personas. En Chile, un ejemplo que ilustra lo anterior se observa en los procesos que han buscado una nueva Constitución posterior al denominado estallido social de 2019. Si bien el primero de ellos abrió el margen de participación, el segundo, posterior al rechazo de la primera propuesta, se llevó adelante bajo normas más tradicionales, beneficiando la participación sólo de aquellos vinculados a partidos políticos.

Desde ahí, nos parece importante incorporar en esta reflexión una idea de democracia que radique en una transformación de nuestras dinámicas cotidianas, que exceda el espacio institucional, y que además, esté pensada para múltiples realidades, más allá de la limitación, por ejemplo, de un rango de edad. Lo anterior ya que, como sabemos, en el contexto actual las infancias y juventudes se encuentran limitadas de participar en diferentes espacios, no permitiéndoles ejercer el derecho a voto en las elecciones periódicas de autoridades, lo que demuestra una arbitrariedad en cuanto a los criterios que definen quiénes pueden o no tener relativo protagonismo en el sistema democrático que nos rige.

Para aclarar, si bien compartimos que no da igual quién ocupe un determinado lugar dentro del aparato del poder estatal, nos parece que, ante un contexto caracterizado por la fragmentación de los vínculos comunitarios, de destrucción y violencia con la naturaleza, los animales y los territorios, nuestros esfuerzos, siempre en relación a nuestras posibilidades, deben abocarse a desarrollar una agencia colectiva propia capaz de afectar a otrxs y afectar (nxs), incluyendo también a niñeces y juventudes.

En ese sentido, nos parece importante reivindicar nuestra condición de vulnerabilidad. Comprendemos esta como una característica posibilitada por los entornos que precarizan nuestras vidas y existencias pero también en cuanto a posibilidad de acción. Podemos, como dice Butler (2022) movilizar nuestra vulnerabilidad y convertirla en una forma de resistencia. A este respecto también cabe traer aquí las palabras de Raquel Gutierrez en relación a lo común, comprendido como aquellas acciones colectivas que producen, apropian y/o re apropian de lo que hay, tanto en términos de los territorios que habitamos como de aquello que construimos entre todxs. Esta idea nos invita a pensar en aquellas acciones que de manera conjunta, entre personas y/o en relación a los lugares en donde hacemos transcurrir nuestra existencia, podemos llevar adelante.

Así, proponemos, ante la acepción tradicional de democracia, la necesidad de ir creando y llevando adelante actividades en las que podamos ir caminando hacia una vida más amable. Entre ellas, podemos plantear la importancia de cuestionar aquellos modelos relacionales heteronormados construidos en clave jerárquica, restrictiva y de sometimiento, pasando a dar curso a otras formas de vincularnos, construyendo relaciones basadas en los afectos, el respeto y los cuidados, entre otras cuestiones. De esta forma, un ejercicio importante sería colocar de lado aquella impronta que busca posicionar los vínculos de acuerdo a los mandatos socioculturales, donde unos tendrían mayor o menor validez (por ejemplo, donde se antepone la “relación de pareja” a la de “amistad”).

También podemos referir la necesidad de relacionarnos progresivamente de manera horizontal con animales y otras formas de vida, comprendiendo y reconociendo el valor e importancia de toda existencia, bajando de nuestra artificiosa e ilusoria posición de superioridad. Allí, cuestiones relevantes tendrían que ver con cuestionar la violencia y la opresión que viven diferentes animales, entendiendo que esta es una expresión más de poder estructural. Acciones a concretar pueden ir encaminadas a reflexionar críticamente sobre el consumo de sus cuerpos y el modelo de producción alimentario, el que transforma su existencia en la idea de “carne”, restando valor a sus seres como tales.

Por otra parte, en estos tiempos donde tanto se habla de salud mental desde perspectivas que individualizan el malestar y lo atribuyen casi únicamente a una causalidad bioquímica, cuestiones que podemos ir trabajando tendrían que ver con acercarnos a nuestra experiencia desde el cariño, la empatía y el cuidado, reconociendonos como personas complejas, integrales, afectadas por su contexto biográfico-estructural. Desde esa perspectiva también deberíamos practicar vincularnos con otrxs, desestabilizando las nociones de competitividad, comparación y de productividad que hemos aprehendido desde las narrativas hegemónicas que actualmente orientan nuestra existencia. Lo anterior, claramente, debe ir acompañado de poder reunir esfuerzos en términos de denunciar aquellas violencias y opresiones que nos provocan, o han provocado, sufrimiento, entendiendo que el “mal estar” está intrínsecamente relacionado con las condiciones en las que vivimos y/o hemos vivido.

También nos parece fundamental mencionar lo comunitario, entendido como aquel espacio en donde desarrollamos nuestra vida diaria, es probablemente uno de los lugares que más posibilidades nos habilita. Para explicar de mejor forma la idea que hemos intentado desarrollar nos preguntamos ¿De qué procesos comunitarios hemos sido parte o hemos alentado, sin acudir a la institucionalidad?. Nos preguntamos esto porque sostenemos la hipótesis de que la democracia delegada ha impactado en que pensemos que siempre debe haber un permiso o una autorización por lo que no la ejercemos sin la necesidad de consultar. En el espacio comunitario al que hacemos referencia hay un potencial importante: reunirnos con lxs vecinxs, decidir y actuar, asumir la capacidad de agencia colectiva.

En definitiva, hay una cuestión política que debemos asumir: tenemos la posibilidad de autodeterminarnos individual y colectivamente, no solo desde el gran relato de las luchas de masa sino, también desde nuestras vulnerabilidades y cotidianidades, y es desde esos lugares que surgen nuestros intereses reflexivos, los que hemos puesto en común.

Podríamos enunciar variadas otras prácticas que estimamos necesarias para caminar a una transformación social, pero nos es muy importante indicar que lo que buscamos con estas propuestas no es (o al menos no solo eso) ser “mejores personas” y reproducir la lógica de la satisfacción personal, propia del sistema moderno-colonial, y consecuentemente, la responsabilización de un otrx-externo de los problemas que nos afectan. Por el contrario, creemos que todas estas acciones propuestas deben tener una profunda convicción colectiva, para lo cual pensamos que es fundamental fortalecer el diálogo comunitario.

Una vida distinta, no será posible en la individualidad de nuestros hogares, pero sí desde la potenciación de nuestros vínculos, diálogos y relaciones con otrxs.

Susana Solis Gómez

Diego Lagos Garrido

Org. Disidencia Aquí y en la Quebrá del Ají

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