… para mi querido Nelson Vásquez Lara
Tuve la suerte de escuchar el programa de gobierno que presentó Nelson Vásquez Lara para el período de 2026 a 2030 de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, en la Casa Central de dicha Universidad. Y a raíz de lo que aconteció en una mañana muy bella de Valparaíso, surge esta reflexión sobre las universidades desde Chile al planeta, en estos tiempos tan complejos en los que vivimos.
Pero no hablaré del programa propiamente dicho del candidato a rector, que es el actual rector de la universidad, sino de algo que motivó su presentación junto a otros seis académicos que lo acompañaban. Y veo que allí está lo medular de la presentación, no solamente en lo que se dijo explícitamente respecto a la docencia, a la investigación, a la vinculación con el medio, a lo financiero, etc., sino a algo que al parecer es menor, pero en el fondo es muy importante y se vuelve determinante en la medida que entendemos que es una universidad y qué es lo que hace durante tantos años, no solo la PUCV, sino también una universidad chilena, una de un mundo globalizado para estos tiempos.
Ese elemento que estaba en el discurso del candidato a rector y en los académicos que lo acompañaban ante mucha gente era un cierto estilo “jovial”. Hablemos de la “Jovialidad” de la propuesta, de las personas, de las universidades, de nuestro propio pasado que se nos actualiza día a día y que se debe reflejar en una institución como es la Universidad, la PUCV y cualquier otra.
La jovialidad en alemán se dice Heiterkeit y era uno de los rasgos más importantes que daba el joven filólogo-pensador Nietzsche, en la Universidad de Basilea, para hablar de un cierto temple, estado de ánimo, de la cultura en su momento inaugural, inicial, en los griegos de los siglos VI y V a.C. Ese temple era un rasgo luminoso, abierto, de cielo sin nubes, afirmativo que nos cubre y nos da aire fresco desde el cual podemos respirar y retomar fuerzas para seguir: era lo propio de los griegos, por ejemplo, en la tragedia. Sófocles fue un dramaturgo, escenógrafo, escritor, pensador de tragedias; ganó muchas veces en las Grandes Dionisiacas, como con Antígona, y lo que generaba con ellas, en esa Atenas esplendente, era que lo griego fuera jovial. Y, de esta forma, con esta jovialidad, podía acontecer el pueblo, uno que tenía una construcción valórica sólida que atraviesa los tiempos hasta nuestros días.
Los griegos fueron grandes porque eran joviales y con esa jovialidad que los volvía ligeros, fueron creando todas las instituciones que hoy constituyen lo que es Occidente y, a lo mejor, del planeta entero. Esa jovialidad ligera implica un modo de construir con el otro, en tanto que otro, en toda su diferencia, y que, desde esa diferencia en alteridad, se dé un tipo de NosOtros que nos posibilita e impele a crear, con entusiasmo, comunidad. Los griegos, en sus tragedias, construían un pueblo en tanto NosOtros; y, de este modo, ese NosOtros se echaba a andar como un barco que navegaba por diversos lugares y con fuerza para vencer los tiempos oscuros y los mares embravecidos y tempestuosos; de este modo, estas barcas han llegado hasta nuestros días. Y una de las barcas más bellas e importantes jamás realizadas en la jovialidad, en el temple de ánimo de la jovialidad, es la Barca de la Universidad. Y esto es así porque es una barca que navega durante los años, la PUCV cumplirá un siglo en el 2028, generando a su vez otras barcas de humanos que saben hacer lo que tienen que hacer, siempre con el otro, desde sus disciplinas, saberes, oficios, artes; y siempre con un talante democrático y alegre por el bien del otro. Y así, el temple de la jovialidad ha generado en distintos lugares, como Valparaíso, una embarcación que es una aventura que se echa a andar no solo cuando hay elecciones, sino en el día a día de la propia jovialidad en la que vivimos.
El discurso de Vásquez era jovial; se notaban esos elementos propios del temple de la jovialidad, ligereza, liviandad, dinamicidad, alegría, a saber, el otro en sentido pleno con todo su movimiento que le constituye y ante lo cual nada debemos temer. El temple de la jovialidad debe ser por excelencia el temple de toda institución universitaria, porque nos permite mirarnos a la cara y de este modo nos ponemos a bailar para construir ese NosOtros desde las distintas caras de este poliedro que se llama Valparaíso y Chile.
Si hay jovialidad en la universidad, tenemos realmente ganado nuestra embarcación e iremos navegando de modo más confiado entre todos; iremos alegres, ligeros, sin pesadez ni malas caras ni culpas, menos con odios o malas ondas. Y todos esos sentimientos y pasiones bajas que hunden las universidades y a las personas, porque dejan de ser otros y se vuelven meros engranajes del sistema. Todas las formas de pasiones bajas desde el enfado, la mala onda sostenida en el tiempo por medio del rencor y, en especial, las formas del resentimiento en que todo se vuelve rígido y neurotizado destruyen al humano y la institución universitaria fracasa. Ese es el camino que lleva al abismo a las instituciones y, en especial, a las universitarias
Hoy en estos tiempos de odio al otro es necesaria más que nunca la jovialidad para saber moverse con y por el otro y eso es lo propio de una universidad. Estamos al servicio de ese otro, de esa ciudad, región, país y planeta para que florezca, y esto se hace siempre con otros; no hay otra receta, y eso no es por un decreto, sino por un modo de ser, por un temple anímico, por saber estar ante el mundo siendo lo que se es de modo ligero. Una universidad jovial que nos ilumina, que nos cuida, que nos hace crecer, que nos mira, sonríe, que nos forma, enseña, que nos entrega valores democráticos, que nos da claridad, que nunca castiga en ninguna de sus formas clásicas, sino que confía en el otro y le dice: ¡Sí, tú puedes! ¡Y puedes una y otra vez!
Por esto que les cuento, a Ustedes, mis lectores, creo que salí tan contento después de escuchar esa presentación, pues no era habitual lo que aconteció, nos fuimos todos alegres a almorzar con una sonrisa dibujada en nuestros rostros.
¡Gracias!
