En kioscos: Enero 2026
Suscripción Comprar
es | fr | en | +
Accéder au menu

Una victoria sin país propio. Por Rossana Carrasco Meza

Los resultados electorales definen gobiernos, no necesariamente consensos.

Chile amaneció hoy con José Antonio Kast como presidente electo. Los resultados oficiales de anoche confirmaron su triunfo y despejaron la incertidumbre electoral, pero no cerraron el debate político. Porque si bien Kast ganó, más de cinco millones de personas votaron por la alianza de la izquierda, una cifra que no es menor y que obliga a una lectura menos triunfalista y más compleja del momento que vive el país.

El resultado revela un doble movimiento. Por un lado, un respaldo suficiente para que la derecha dura llegue a La Moneda; por otro, una masa electoral significativa que optó por la izquierda no solo por adhesión programática, sino también —en parte— como voto reactivo frente a un candidato percibido como de derecha extrema. Ambas fuerzas conviven hoy en el mismo mapa político y condicionan el ciclo que comienza.

Kast obtiene la presidencia con una mayoría clara, pero no arrolladora. La diferencia le entrega legitimidad institucional y un margen inicial de acción, especialmente en su agenda prioritaria de seguridad y orden. Sin embargo, el volumen de votos de la izquierda demuestra que Chile no giró en bloque, ni cerró filas en torno a un solo proyecto de país.

Esa falta de homogeneidad no es una anomalía democrática, sino una condición estructural de una sociedad plural, donde las mayorías electorales no eliminan la persistencia del desacuerdo.

Los números importan. Cinco millones de votos no son un residuo ni una anécdota: constituyen un bloque social y político que seguirá presente en el Congreso, en las calles y en el debate público. Ignorar esa magnitud sería el primer error del nuevo ciclo político.

Para la izquierda, el resultado es duro, pero no terminal. La derrota de Jeannette Jara no borra el hecho de que una parte sustantiva del país sigue respaldando una agenda de derechos sociales, mayor rol del Estado y protección laboral. El problema no fue únicamente el contenido de esa propuesta, sino la forma, el ritmo y la credibilidad con que fue presentada ante un electorado marcado por la inseguridad y la incertidumbre económica.

Aquí aparece un dato clave: no todos los votos de la izquierda fueron entusiastas. Una fracción relevante fue defensiva, motivada por el temor a retrocesos en derechos, libertades y convivencia democrática ante la llegada de Kast. Ese voto reactivo sostuvo el caudal electoral, pero no alcanzó para construir mayoría.

El desafío que se abre ahora es enorme y exige honestidad política.

Primero, distinguir apoyo de adhesión. Cinco millones de votos no equivalen a cinco millones de militantes convencidos. La izquierda deberá preguntarse cuántos votaron a favor de su proyecto y cuántos lo hicieron principalmente en contra del adversario. Esa diferencia será decisiva para cualquier intento de reconstrucción.

Segundo, salir de la lógica defensiva. No se puede construir futuro político solo desde el miedo al otro. Si la izquierda aspira a volver a ser mayoría, deberá ofrecer certezas propias, diagnósticos actualizados y respuestas concretas a las preocupaciones cotidianas, más allá de la denuncia.

Tercero, reordenar liderazgo y relato. El resultado obliga a revisar lenguajes, prioridades y énfasis. Seguridad, crecimiento y orden cotidiano ya no pueden seguir siendo temas secundarios o incómodos dentro del mundo progresista.

Y cuarto, definir el tipo de oposición. Con un respaldo electoral de este tamaño, la izquierda puede optar por ser una oposición democrática, firme y propositiva, o refugiarse en la resistencia simbólica. Lo primero abre futuro; lo segundo consolida la condición de minoría.

Para Kast, el mensaje también es claro. Ganó, sí, pero no gobierna sobre un país homogéneo. El tamaño del voto opositor es una advertencia temprana: cualquier intento de imponer una agenda sin diálogo, o de gobernar desde la confrontación cultural, puede reactivar tensiones que el país arrastra desde hace años.

La estabilidad de su gobierno dependerá tanto de su capacidad para cumplir promesas de orden como de su disposición a no desconocer a ese otro Chile que no lo eligió, pero que existe, vota y se moviliza.

El día después no clausura nada.

El 15 de diciembre no cierra un ciclo; lo abre.

Ganó Kast, pero cinco millones de votos recuerdan que el país sigue siendo políticamente plural, sin una mayoría social unificada y con desacuerdos persistentes que deberán ser procesados institucionalmente. El próximo gobierno enfrentará, por lo mismo, un escenario exigente, con poco margen para errores y una ciudadanía de paciencia corta.

Para la izquierda, comienza hoy el trabajo más difícil: convertir una derrota electoral en una reconstrucción política real, sin negación, sin consuelo moral y sin atajos identitarios.

Y para Chile, empieza —otra vez— el desafío de procesar democráticamente sus diferencias, sin pretender resolverlas por la vía de la imposición ni del repliegue, sino reconociéndolas como parte constitutiva de su vida democrática.

Rossana Carrasco Meza es Profesora de Castellano, PUC; Politóloga, PUC; Magíster en Gestión y Desarrollo Regional y Local, Universidad de Chile

Compartir este artículo