Hoy, el director nacional del Servicio de Migraciones, Frank Sauerbaum, afirmó orgulloso: “Estuve en la zanja (…) si uno se cae ahí, no puede volver a salir”. Esto es preocupante, pues pasamos de un enfoque de derechos humanos (de migración segura y ordenada) a uno restrictivo. Más allá de lo problemático que es este enfoque en términos de costos estatal y aumento de la irregularidad existe algo más básico, la vida de los otros.
Dado el aumento de políticas migratorias restrictivas, hace años Daniel Loewe escribió respecto a la necesidad de repensar las fronteras. Las personas migran por muchos motivos. Para este escrito, el foco está en la necesidad de encontrar una vida mejor. Como ha planteado Loewe, la implicancia aquí es que hay quienes podrían arriesgar su vida con tal de tener la mera posibilidad o esperanza de mejorar sus condiciones. En los términos más básicos, si tu vida está en riesgo, te es irrelevante arriesgarla aún más por la posibilidad de mejorarla. Incluso si esto pudiese implicar irregularidad, trata de personas o hasta la muerte.
Con esa idea clara y ya visible vuelvo a lo dicho por el director Sauerbaum y me pregunto varias cosas, ¿Cómo la persona a cargo de la migración puede sentir indiferencia por quienes migran? ¿Por qué podría alguien sentir orgullo de que quien caiga en la zanja “no puede volver a salir”? ¿Realmente como nación nos importa tan poco la vida de las otras personas? No podría ser tan pretencioso para decir que tengo la respuesta a estas preguntas. Sin embargo, este tema me es lo suficientemente relevante como para querer salir de mi silencio y opinar al respecto. Quisiera pensar en esto más como un fluir de la conciencia que cualquier pensamiento tan elaborado y ordenado. Por ello mi invitación no es tanto a tratar de responder estas preguntas, sino más bien a reflexionar respecto a la vida de otras personas, su valor y nuestra crueldad. Y si el altruismo no nos es suficiente, entonces invito a pensar desde el egoísmo en nuestro propio futuro.
¿Qué nos asegura que un día no seremos quienes deban atravesar ríos con corriente terribles, campos minados o una zanja de la que no podamos salir? Es tan imposible como posible que algún día la calidad de vida de nuestra nación sea tan baja que debamos huir en busca de un mejor futuro. Y cuando estemos huyendo a una nación vecina, nos encontraremos un desierto, tal vez minado, y justo en la frontera habrá una zanja que nos impedirá el paso. Muchas personas perderán su vida intentando atravesar ese desierto y esa zanja.
Entonces, con nuestros cadáveres acumulados en la arena, o tal vez, los cuerpos desmembrados de algunos compatriotas. Llegará una autoridad y mirará con orgullo nuestro exterminio.
Para finalizar. Entonces, no invito solamente a reflexionar respecto al futuro que planteo. Invito a imaginar que somos víctimas de nuestras propias condenas. Porque el mal y la crueldad así funcionan. Cualquiera puede ser una víctima y cualquiera puede ser un victimario. Quiero que imaginen ese futuro en que somos la otredad, el indeseable. Ese futuro en que nuestros exterminadores miran satisfechos el mérito de acabar con nuestras vidas. Donde sufrimos y somos quienes anhelan una vida mejor, solo para acabar siendo otro migrante más en un montón de cuerpos apilados sin vida.
Fabrizzio Manni PhD(c) en Procesos e Instituciones Políticas Universidad Adolfo Ibáñez
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