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Vidas que contamos, vidas que cuentan. Por Fabienne Brugere et Gillaume Le Blanc

Estamos en la era de las cuentas. A veces parece que es todo lo que queda de la política: contar el número de enfermos, de muertos en el mundo, en Europa, en Francia, comparar las cifras, comentar los pedidos de máscaras que llegarán, decir cuántos TGV sanitarios fueron fletados, el número de infectados, el número de curados. Es como si la política y los medios, en tiempos de confinamiento, se limitarán a llevar las cuentas. Cada noche, el director general de la salud, Jerome Salomón, realiza una rueda de prensa que se ajusta a un balance contable de la epidemia. Las cifras tienen una función taumatúrgica: conjuran el trauma singular, lo ponen a distancia para el establecimiento de una lista que reenvía aún a la organización de un mundo humano. El imperio de los números nos reinscribe paradójicamente en una humanización del mundo, en la posibilidad de explicarlo y así mantener a distancia la violencia del acontecimiento, y sobre todo el miedo. La restitución de las cifras nos ubica en la función neurótica de la repetición de la muerte y en su aceptación. Todos estamos tomados en el frenesí de las cifras. ¿No se suma mentalmente cada día de confinamiento al número de días que ya hemos pasado confinados? Y las salidas a correr ¿no están sometidas al imperativo de no alejarse más de un kilómetro y de no durar más de una hora? ¿Y qué sucede si salimos dos veces en lugar de una? Hoy estar confinado significa estar gobernado por el número. Llevar las cuentas es todo lo que resta de una vida en singular pero también el gobierno de las vidas.

¿De qué es signo esta obsesión de las cifras? En tiempos de pandemia, la política no es más el arte de vivir juntos sino más bien el arte de sobrevivir juntos. Ella no está guiada por la razón de Estado que circunscribe el conjunto de cálculos para alcanzar los fines legítimos, el buen vivir, sino por el pánico de Estado que reacciona al tamaño de las pérdidas y a la incertidumbre de la situación. No es tampoco la biopolítica en el sentido que Foucault daba ese término: un conjunto de mecanismos por los cuales los trazos biológicos de la especie humana son objeto de preocupación de la política. La biopolítica implica otro modo de cifrado que el actual: ella determina por cálculos estadísticos el riesgo normal de enfermedades según el grupo etario, la tasa media de natalidad, de mortalidad, etcétera. Nuestras cuentas no tienen ese espesor. Traducen más bien la incertidumbre de los gobernantes. El pánico de Estado más que la razón de Estado.

En la lengua francesa, como también en la lengua inglesa, contar tiene dos sentidos. El verbo significa calcular, pero también “tener importancia”. La paradoja de las cuentas de la vida es que nadie puede calcular el valor de la vida, incalculable por definición. Al no cesar de contar día tras día, la cuestión que se plantea es saber si las cifras no terminan por mezclar la importancia qué le acordamos a la vida. Primeramente, el cálculo de víctimas del coronavirus no da lugar a ninguna rememoración colectiva puesto que las celebraciones de duelo se han tornado imposibles. Las vidas desaparecen entonces una segunda vez en el conteo que hacemos: su singularidad no solamente es negada, es la humanidad de la muerte que es borrada por la ausencia de todo ceremonial.

¿Podemos mantenernos en una tal sociedad de cuentas en tiempos de epidemia? Evidentemente no. La profundidad humana de las vidas reaparece en los relatos de los enfermos y de los enfermeros. Las narraciones vuelven a situarnos en el drama de la vulnerabilidad de las vidas en singular. ¿El “ciudado” entonces como antídoto a las cifras? Seguramente sí. El riesgo, sin embargo, es que el mundo tecno-médico se constituye a sus expensas en pantalla frente a la emergencia de una sociedad del cuidado, requerida por la variedad de temores que plantean la necesidad de todo tipo de sostenes, relacionales, institucionales, psicológicos y médicos. La medicina de urgencia no puede ser, sin embargo, el único relato de la humanidad al borde del abismo. La angustia es vital, pero es también psíquica debido al confinamiento, de la enfermedad, del miedo y de la incertidumbre socioeconómica frente al porvenir. Nuestra sociedad está enferma por un virus: el “tener cuidado” reclamado urgentemente por la epidemia es asimismo la ocasión de imaginar una política del cuidado. Pensar en qué podría ser hoy un gran servicio de movilización de psicólogos, de psiquiatras, de trabajadores sociales. Que pensemos también en todas esas prácticas del cuidado que hacen posible la sobrevivencia: la de los cajeros y cajeras de los supermercados, de los recolectores de basura, de las ayudas a domicilio, etc. y que pueden sentirse abandonados.

Si las cifras desgranadas cotidianamente nos recuerdan nuestra común mortalidad, también nos recuerdan que ellas solas no pueden dar respuesta a nuestra vulnerabilidad. Cómo, en la lengua de la cifra, podríamos tener aún el sentimiento de contar.

Fabienne Brugere et Gillaume Le Blanc, filósofos.
(Libération, 2 de abril 2020)
Traducción de Susana Villavicencio. Publicado con autorización de los autores.

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