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Vigencia del Dependentismo. Por Mario Vega

Hace casi medio siglo, se constituía en Chile, un activo núcleo intelectual que a partir de los debates en torno al problema del subdesarrollo, fue capaz de elaborar un significativo legado teórico planteando alternativas de fondo sobre las dificultades de carácter estructural que afectaban a la economía de América Latina, que por esos años exhibía todas las contradicciones propias de su retraso en esta materia.

Los trascendentales procesos de transformación política y social que el país experimentó en el tránsito de las décadas del sesenta y setenta, sumados al ambiente de pluralismo característico de la antigua democracia chilena, favoreció la presencia en nuestro país destacados especialistas latinoamericanos que realizan un significativo aporte en las instituciones a las que se incorporaron: “transformando a Santiago de Chile en uno de los centros más importantes de producción de ciencias sociales en América del Sur”.[1]

Lo anterior, se explica en buena medida gracias a la actividad que desarrolla en nuestra capital la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) donde trabajaron Fernando Enrique Cardoso y Enzo Faletto, publicando en 1969 “Dependencia y desarrollo en América Latina” cuyos planteamientos serán motivo de intensas controversias. Esta fue la época en que Paulo Freire publicó “Pedagogía del oprimido” mientras colabora en procesos de alfabetización en el marco del proceso de Reforma Agraria. Por su parte, a este interés por la realidad social, se suma la creación del Centro de Estudios de la Realidad Nacional (CEREN) de la Universidad Católica.

De este modo, luego del golpe de Estado ocurrido en 1964, se incorporó un grupo de intelectuales brasileños que posteriormente serán denominados como “dependentistas”; Ruy Mauro Marini, Teothônio dos Santos y Vania Bambirra, quienes junto al académico alemán André Gunder Frank, se integraron al Centro de Estudios Socioeconómicos (CESO) de la Universidad de Chile para iniciar un activo rol de investigación y de docencia dedicados a generar perspectivas de interpretación de las problemáticas que afectan a las llamadas “economías capitalistas dependientes” en la particular coyuntura de aquellos años.

Estas condiciones fueron propicias para el surgimiento de un pensamiento alternativo frente a los enfoques que hasta ese momento habían intentado promover procesos de superación del subdesarrollo en la región. Estos esfuerzos tuvieron su punto culminante durante los años sesenta, momento en que la región exhibe con claridad, el estancamiento del modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI).

En un análisis realizado por Gunder Frank en aquella época, este señalaba que: “En Chile, el programa económico a corto plazo de redistribución del ingreso, empleo y consumo popular ha sido muy exitoso en sí, pero se ha aproximado a sus limitaciones inherentes”[2]. Lo anterior, pone en cuestión a las políticas desarrollistas impulsadas desde 1939 y modernizadoras de la década de 1960, estas últimas, iniciativas que buscaron equilibrar el desajuste productivo estructural entre el sector urbano y rural.

Los intelectuales dependentistas, se plantean de modo especialmente crítico, incluso hacia los precursores de su propia corriente y observan en la realidad histórica del capitalismo implantada en el continente, las causas del subdesarrollo dada la articulación entre el extractivismo sobre los recursos naturales, la superexplotación de la mano de obra, que limita la potencialidad del mercado interno y los crecientemente desiguales, términos del intercambio a nivel internacional.

Por lo anterior, la maduración de esta línea de interpretación logró establecer como ideas centrales de su enfoque que: “el subdesarrollo está directamente ligado a la expansión de los países industrializados”[3] y que, por lo tanto; “desarrollo y subdesarrollo son dos aspectos diferentes del mismo proceso”[4]. En tal sentido, el dependentismo se levantó para impugnar la tesis de la dualidad económica expresada en los supuestos resabios feudales en el mundo rural versus economías industriales en los núcleos urbanos, para más bien plantear que, el segundo explica al primero.

Esta condición fue agudamente observada por Gunder Frank quien juzgó de forma categórica los fallidos procesos de industrialización pues, en su visión, la responsabilidad del fracaso de esta iniciativa recaería en: “las burguesías nacionales intentaron frustradamente, romper la condición satelital de nuestros países, inhabilitando procesos de desarrollo y haciendo más complejas diversas problemáticas sociales”[5].

Hoy, por el contrario, las décadas del Neoliberalismo, los ciclos de expansión y crisis ligados a la demanda de la economía china y las fluctuaciones de los commodities, han dejado a nuestro continente sin un libreto sobre como guiar su desarrollo, más allá del enfoque de las ventajas comparativas aunque no tengamos mucho a nuestro haber tras décadas perseverando en esta perspectiva.

No solo ello, además nuevas amenazas se ciernen casi en un plano de realidad sobre nuestro sistema productivo, no solo por su sistemática desindustrialización, que en el caso de Chile adquiere dimensiones preocupantes, sino también por las evidentes expresiones que el fenómeno del Cambio Climático representa para el desarrollo de su sector primario, alerta que hoy hace forzoso el establecimiento de estrategias de sustentabilidad, particularmente, en el área de la minería y energética.

Como se ha mencionado reiteradamente, la Globalización supone el establecimiento de vínculos económicos de interdependencia a escala planetaria, posibilidad que para ser equitativa en sus efectos, supondría una previa experiencia de homologación de las capacidades productivas. De lo contrario, sus efectos radicalizan las manifestaciones que los dependentistas señalaron en su momento, pero ahora, en el marco de núcleos metropolitanos en constante deslocación dada la propia naturaleza de este fenómeno, como de periferias en constante expectativa de inserción.

La aspiración de los intelectuales latinoamericanos, que a través de diversas generaciones, maduraron perspectivas epistemológicas para comprender los fenómenos socioeconómicos que configuraban la realidad de nuestra región, pero sobre todo, aspirando a construir nuevas perspectivas en donde, las dramáticas desigualdades fueran gradualmente abrogadas. Este legado representa una tradición que no solo merece hoy nuestro reconocimiento, sino el ambicioso desafío de recrearla recuperando su sentido crítico, descubriendo la nueva vigencia del Dependentismo.

[1] Marchesi, A. (2019). Hacer la revolución. Guerrillas latinoamericanas de los años sesenta a la caída del Muro, Siglo XXI de Argentina Editores, p. 120.

[2] Frank, A.G., “Las cartas sobre la mesa” en Punto Final, N°159, 06 de junio de 1972, p.10.

[3] Spicker, P. et al. (Eds.)(2009). Pobreza. Un glosario internacional. CLACSO, Buenos Aires, p.279.

[4] Ibídem.

[5] Cfr. Frank, A.G, (1967). “El desarrollo del subdesarrollo”, Revista Pensamiento Crítico, N°7, La Habana. Disponible en: http://www.filosofia.org/rev/pch/1967/n07p159.htm

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