“Aquí no hay horarios fijos ni destinos seguros.”
La reciente elección presidencial no cerró el viaje ni despejó la estación: movió las agujas. Y cuando las agujas se mueven, lo verdaderamente democrático no es confiar a ciegas en el guardaagujas, sino aprender a vigilarlas. Porque esta vez el cambio no activó solo expectativas, sino una alerta: el riesgo de que el tren avance en dirección contraria a derechos y garantías que el país creía consolidados.
En El Guardaagujas, Juan José Arreola construye una alegoría inquietante: un sistema ferroviario que funciona con eficiencia burocrática, aunque sus trenes no lleguen a destino. “El sistema funciona perfectamente”, insiste el funcionario, incluso cuando la experiencia del viajero demuestra lo contrario. Chile inicia hoy un nuevo ciclo político que se parece peligrosamente a ese escenario, con una diferencia clave: el guardaagujas elegido no promete confusión, sino orden. Y es precisamente ahí donde emerge el conflicto.
Durante la campaña, el eje decisivo no fue solo económico, sino profundamente democrático. El temor al retroceso —en derechos, libertades, reconocimiento, protección social y rol del Estado— fue el núcleo del debate. Para una parte significativa del país, el presidente electo y su sector encarnan la posibilidad de desandar avances logrados tras décadas de lucha social. Ese riesgo se expresa tanto en la relativización de derechos de las mujeres y diversidades como en una mirada que reduce el valor de lo público: menos Estado, menos función pública y menos derechos sociales entendidos como responsabilidades colectivas. Porque en todo retroceso, nunca todos pierden al mismo tiempo ni de la misma forma.
Arreola pone en boca del guardaagujas una frase inquietante: algunos trenes “retroceden para tomar impulso”. En la política chilena actual, esa lógica aparece una y otra vez. Se nos dirá que restringir derechos es una corrección técnica, que frenar avances en autonomía reproductiva es prudencia, que silenciar demandas de diversidades es sentido común. Del mismo modo, se presentará como modernización lo que implica debilitar el Estado, como eficiencia lo que supone precarizar la función pública, y como libertad lo que puede terminar erosionando las mejoras en pensiones, la salud o la seguridad social. El retroceso rara vez se anuncia como tal; suele presentarse como ajuste necesario.
Por eso esta elección no cerró el proceso democrático: lo trasladó a otro plano. A diferencia del viajero pasivo del cuento, hoy hay una ciudadanía que entiende que los derechos —civiles y sociales— no son irreversibles. Mujeres, disidencias, pueblos originarios, migrantes, personas mayores y trabajadores saben que el trayecto puede cambiar sin aviso. Y saben, también, que confiar sin vigilar tiene un costo histórico.
En este escenario, la oposición no puede limitarse a administrar la espera ni a apostar al desgaste natural del gobierno. Su rol será estructural, no táctico. No se trata solo de fiscalizar, sino de organizar un contrapeso democrático claro frente a cualquier intento de regresión. Defender los derechos de las mujeres cuando se relativicen. Proteger a las diversidades cuando se vuelvan prescindibles en el discurso oficial. Y resguardar el rol del Estado y de las políticas públicas cuando se intente reducirlos a obstáculos o gastos prescindibles.
En El Guardaagujas, el viajero comprende demasiado tarde que el sistema ferroviario no está diseñado para servirlo, sino para perpetuarse. Chile enfrenta hoy una versión más peligrosa de ese dilema: un sistema que puede funcionar con orden y eficacia mientras desmonta conquistas sociales logradas con esfuerzo colectivo. Frente a eso, la neutralidad no existe. La pasividad no es prudencia: es cesión.
El próximo período de gobierno no será evaluado solo por su capacidad de gestión, sino por su tentación de desandar. Cada señal hacia las mujeres, cada política hacia las diversidades, cada decisión sobre pensiones, salud o función pública será leída con atención. Y con razón. Porque cuando el guardaagujas mueve la aguja hacia atrás, no todos los vagones lo sienten igual.
En el cuento de Arreola, el funcionario tranquiliza al viajero: “El viaje es largo, pero eso no debe preocuparle”. Hoy, sí debe preocuparnos. Porque esta vez el riesgo no es no llegar, sino volver a lugares que el país había decidido dejar atrás. El tren ya está en marcha. Pero si algo enseñó esta elección es que confiar no basta. En tiempos de retroceso posible, vigilar las agujas no es desconfianza: es democracia en movimiento.
Rossana Carrasco Meza es Profesora de Castellano, PUC; Politóloga, PUC; Magíster en Gestión y Desarrollo Regional y Local, Universidad de Chile
