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“Violeta versus Fondart/posteatro”: una narrativa conmemorativa y crítica. Por Paquita Rivera y Alex Ibarra Peña

Asistir a un estreno de obra teatral es un acontecimiento significativo en cuanto se produce un instante prístino en ese primer encuentro entre los artistas abandonando la intimidad de un ensayo se presentan frente al público para abrir un diálogo que adquiere sentido cuando es coherente con el tiempo en que sucede. Este año es un tiempo necesario de conmemoración de los 50 años de la catástrofe que significó un duro golpe al desarrollo cultural chileno marcado por una dolorosa pérdida humana causada desde una ideología violenta que avaló el genocidio por el cual el dictador Pinochet fue condenado jurídicamente en Londres.

La metralla que atenta en contra de su propio pueblo aún no ha sido olvidada, ese pasado es parte de la constitución de nuestro presente y desde ahí participa del futuro. Los balazos que aparecen en escena resisten al olvido de los muertos asesinados por la Dictadura que instaló un modelo económico que empobreció nuestra cultura. Norma-Norma Ortíz interpretando a Violeta Parra, que se hace presente desde un espacio atemporal, sentencia al final de la obra un manifiesto artístico que reclama por la importancia de que las instituciones no limiten la creación del artista y sean instancias que posibiliten que el arte de todos los creadores llegue a todos los ciudadanos. El título de la obra evidencia con claridad la situación de crítica a la institución pública que “gestiona” el arte en Chile. La palabra “versus” nos habla de lucha, de batalla entre fuerzas oponentes. Esta es la que presenciamos hacia el final de la obra en un momento altamente emotivo en donde la violencia de los elementos, a los cuales la propia Violeta hace alusión en su descripción del Gavilán; nos hace partícipes de un final abierto o más bien incierto, muy similar a lo que hoy, tal vez desde una perspectiva más pesimista que real, podríamos percibir como el futuro próximo de las artes en Chile.

El cuadro general provoca esa reflexión sobre la violencia. La violencia sufrida por un pueblo, la violencia sufrida por los artistas, la violencia provocada por la escases de racionalidad y de sensibilidad, carencia de lo humano que debe soportar las formas de vida social. Lo popular es siempre lo que se lleva la peor parte de la violencia en las sociedades regidas por el orden de las élites dominadoras. En esto la biografía de Violeta Parra es paradigmática, tanto así que se le violenta después de muerta, clara muestra es el atentado destructivo que sufrió el museo, su casa museo, en la llamada zona cero en que se desarrolló parte de la insurgencia popular del 2019.

El arte no sólo produce la belleza, el arte también nos puede hacer pensar y desde ahí remecer nuestra condición espiritual. Esta concepción del arte es pertinente para una interpretación posible de esta obra creada y dirigida por Abel Carrizo-Muñoz como parte de un proyecto del Laboratorio de Investigación y Creación Escénica de la Universidad de Chile que curiosamente está financiado por el mismo Fondart.

Con la figura de Violeta Parra de fondo es ineludible la música y el canto, es central el tema de la composición del ballet “El Gavilán” y el debate controversial sobre la pertenencia de género artístico de esta obra. La música es el hilo conductor de toda la representación y los ambiciosos y bien logrados juegos polirítmicos, los arreglos vocales y los recursos malabarísticos, se convierten en simbolismo de una complejidad que desde lo escénico nos parece tipificar el ambivalente actual discurso social y político que paradójicamente muestra un rostro progresista a la vez que impone marañas burocráticas tales que han terminado por encerrar el arte dentro de pseudo cárceles de forma que sólo terminan por aprisionar la libertad inherente a toda creación que provenga del alma de un ser humano sensible. Es así como somos testigos de la formación de una estrella de cinco puntas, históricamente parte de los símbolos del estado nación Chileno, la cual es resignificada ante nuestros ojos, como una prisión. Aquella que, aunque bella, deja tras las rejas al creador y a su creación.

Es preciso destacar que en este trabajo se visualiza en el elenco una mezcla que hace dialogar la experiencia de largas trayectorias en escenarios y la juventud, apuesta que en ocasiones es un riesgo, sin embargo este equipo sortea el peligro de presentarse en un espacio respetado como es el Teatro Camino, que junto a una cartelera de alta calidad, acostumbra a colaborar con las nuevas generaciones. La obra tiene varias funciones aseguradas en este mismo lugar que con este estreno celebró el Día del Teatro Nacional con emotivo recuerdo a la figura de Andrés Pérez, otro símbolo de la resistencia que permanece en la memoria colectiva.

Paquita Rivera.
Músico.

Alex Ibarra Peña.
Filósofo.

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