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Visos autocráticos. Por Eduardo Leiva Pinto

A un mes de iniciado el gobierno de José Antonio Kast, comienza a perfilarse algo más que un estilo. Se configura una forma de conducción del Estado marcada por la precariedad política, la simplificación discursiva y una preocupante distancia entre diagnóstico y realidad. No se trata únicamente de diferencias ideológicas, sino de un problema más profundo, la incapacidad de traducir promesas de campaña en gobierno efectivo.

Uno de los ejes discursivos reiterados ha sido el de la estrechez de la “caja”. El argumento es conocido: el país estaría prácticamente quebrado, con recursos insuficientes para sostener políticas públicas. Sin embargo, esta narrativa, además de discutible en términos técnicos, resulta políticamente irresponsable cuando se instala como verdad absoluta. Gobernar no es administrar una billetera doméstica. El Estado no opera bajo la lógica lineal de ingresos y gastos inmediatos, sino bajo una arquitectura compleja de deuda, inversión, proyección y redistribución. Reducir la conducción de la hacienda pública a la metáfora de la “caja vacía” no solo empobrece el debate, sino que habilita decisiones regresivas bajo el amparo de una austeridad presentada como destino inevitable.

Más grave aún es cuando esta simplificación se sostiene en información falsa o, en el mejor de los casos, incompleta. La política económica no puede construirse sobre percepciones erróneas sin erosionar la confianza pública. En este punto, la impericia no es solo técnica es ética. La instalación de diagnósticos distorsionados no es solo un error de cálculo, es una forma de gobernar que privilegia la eficacia comunicacional por sobre la responsabilidad institucional.

A ello se suma una dimensión igualmente crítica: el problema del liderazgo. Resulta paradójico que un proyecto que ha invocado insistentemente el orden, la autoridad y la conducción firme, exhiba déficits en la construcción de un liderazgo capaz de articular, persuadir y convocar más allá de su base de apoyo. El liderazgo carismático —entendido no como espectáculo, sino como capacidad de generar sentido compartido— no se decreta ni se impone; se construye en la relación con la ciudadanía y en la coherencia entre discurso y acción. En este primer mes, esa articulación aparece fragmentada, débil, más cercana a la imposición que a la conducción.

El riesgo, en este escenario, es que el pragmatismo degrade en un decisionismo sin horizonte estratégico; en populismo que sustituye soluciones por consignas; y en mesianismo como clausura de la autocrítica que inmuniza al poder frente a sus propios errores. Cuando estas dimensiones convergen, lo que surge es una forma de gobierno con visos autocráticos, reactivo, errático, marcado por la improvisación, y, en última instancia, frágil.

Gobernar exige algo más que convicciones. Supone capacidad de leer la complejidad, de reconocer límites, de aunar voluntades y de fundamentar decisiones en evidencia verificable. La política no es un ejercicio unilateral, al contrario, es una práctica situada en la vida social, que se materializa en organizaciones, instituciones, normas y realidades que no pueden ser ignoradas sin costo.

A un mes de iniciado este gobierno, la pregunta que se abre no es solo si habrá correcciones de rumbo, sino si existe la disposición y la capacidad para realizarlas. Porque cuando la impericia se instala como método, el problema deja de ser coyuntural y se vuelve estructural. Y en ese tránsito, lo que está en juego no es solo la eficacia de un gobierno, sino la calidad misma de la democracia.

Eduardo Leiva Pinto, antropólogo.

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