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Warnken y la sutura. Por Javier Agüero

Warnken y la decretación de los duelos; Warnken y su bastardización de los colores; Warnken y sus polifacéticas “formas” de desplegar lo ominoso… Warnken y su afelpado anillo de poderes a los que tiene acceso por herencia y por habitus y desde donde aplica el abyecto privilegio de inseminar influencia, monitorear procesos políticos y gestionar la crueldad.

Porque ha sabido corromper desde dentro, y con su valija diplomática repleta de alquimias amargas ha propuesto para las víctimas el fetiche de la “resiliencia”. Como si fuera posible una mañana despertarse y decir “bueno, se acabó, seré resiliente y ya no insistiré con el ‘dónde están’. Se acaba mi duelo. No importa que no sepa el paradero ni donde están los huesos de mi hija/o madre, padre, en fin… hoy es un nuevo día”.

Y todo de cara al imperativo categórico de no buscar más, de no llorar más, de que no duela más y que dejemos ir a los espectros porque, para él, ya es hora; tuvieron su fantasmal y etéreo momento, pero es tiempo de que no ronden más, que la “fiesta” de la tristeza se termine porque ya se hizo de madrugada para los muertos y es hora de volver al consenso de la clausura que remplazaría la tumba, la ubicación, el hogar de los restos.

Warnken, en su frenética búsqueda de figuración histórica pretende, justo, suturar la historia, medicarla, drogarla y, entonces, favorecer el desplazamiento hacia un país donde la memoria se tecnifique y planifique; una zona donde la memoria misma tenga un tope y, desde ya, abortar cualquier asomo de disidencia respecto de la democracia en su versión higienizada. Y digo higienizada en el sentido que una democracia como con la que sueña Warnken es enemiga mortal de la memoria; sueño de democracia timocrática que, al final, lo que persigue es construir una narrativa del pasado donde lo que prime sea lo sintético, lo desechable; un pasado sin densidad que se autoimprima legitimidad en la medida que progresivamente haga de la memoria de las víctimas un puro éter, un puro vapor, nada más que niebla en la tiniebla.

Warnken y la sutura; Warnken y los puntos en la herida; Warnken y su determinación alucinante de representar lo irrepresentable.

La tragedia chilena, como la de tantos otros pueblos que han sufrido las orgías monstruosas del odio es, tal cual, irrepresentable. En este sentido, por ejemplo, en su libro La representación prohibida (2007) el filósofo Jean-Luc Nancy propone la idea del “significante sagrado”. Este par de palabras es inquietante y nos conduce a pensar que cuando la representación se sacraliza, se hace canon e incluso se institucionaliza, pierde su excepcional indeterminación. Entonces, cuando significamos intensamente algo, cuando lo arrebatamos de sentido, pues quienes pierden todos los sentidos son los que encaran a la representación misma. Así, en el momento que se persigue representar el horror de un acontecimiento como la barbarie de la dictadura de Pinochet y su círculo civil proclive, siempre estará presente el riesgo de fijar la interpretación y consolidar una hermenéutica invariable o, de otro modo, arrinconarlas en retóricas armadas desde palabras tan cobardes como “resiliencia”.

Pues bien, Warnken pretende representar el duelo, cosificar el dolor y ponerle una trama, novelarlo, es decir enchufarle temporalidad, principio y fin, pero ¿es posible que el duelo tenga un fin? ¿no es solamente en su inalcanzable punto final que el duelo es promesa política de justicia –o al menos de un “tipo” de justicia– que sea reflejo una “justa memoria” (Ricoeur)? ¿hay duelo sin restos? ¿acaso el duelo es el monumento vacío, la tumba sin cuerpo (Abraham y Torok), un recuerdo en la zona de la resignación que nada más opera como cruel consuelo?

Warnken y su “fundamento místico de la autoridad” (Derrida), Warnken y su miasma amarillo, Warnken y su travesía omnívora… Warnken y “la historia universal de la infamia” (Borges). Río de janeiro, 19 de julio, 2023

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