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¿Y ahora? por Claudio A. Faúndez

El triunfo del apruebo fue rotundo. Lo mismo ocurrió con la convención constitucional. El rumbo fue señalado de manera clara y precisa: una nueva Constitución en la que no participe ninguno de los actuales parlamentarios. Sin embargo, apenas un par de horas después de tenerse certeza del resultado fue posible observar que el mensaje no fue escuchado cabalmente. “Nos pondremos a trabajar para tener los mejores constituyentes”, dijeron prácticamente todos los dirigentes políticos consultados. Tal propósito, de llegar a puerto, afectará profundamente la legitimidad del proceso constituyente, pues la ciudadanía, aun cuando sea solo la mitad de los que tenían derecho a voto, ha expresado un camino que no involucra la compañía de los que han sido denominados, de manera algo nebulosa, como “los mismos de siempre”. Tal nebulosa permite a algunos afirmar, hoy, que no forman parte de esa denominación y pretenden desmarcarse. Heraldo Muñoz declara, con desparpajo, que no es un político tradicional, no obstante su presidencia partidaria y cargos ministeriales; y quiere ser presidente del país ¿En cuántas cocinas habrá participado? Qué decir de Lavín, Jadue, Kast o Vidal. Rotundo error el de los políticos, rotundo como el triunfo del apruebo y la convención constitucional.

Claramente se pierde de vista la circunstancia de que el plebiscito de salida se realizará con voto obligatorio y que se pronunciará aproximadamente el 50% del padrón que no lo hizo el 25 de octubre, cuyo parecer, hoy, es desconocido. Siendo optimista, en ese plebiscito de salida votará algo más del 90% del padrón. Es decir, las consecuencias de tal plebiscito estarán íntimamente vinculadas al proceso que se desarrolle para alcanzar un nuevo texto fundamental. Perfectamente puede ocurrir que, habiendo sido desoída la voz de la ciudadanía, todo el proceso termine en el punto de partida: la Constitución del dictador. Y esto será lo que ocurra si en la elección del 11 de abril de 2021, la oferta de candidatos está constituida por los mismos de siempre o por personajes asociados a los mismos de siempre; en otras palabras, si tal oferta es deficiente, la participación en esa elección volverá a los niveles históricos y paupérrimos de elecciones anteriores. Así, si la convención se compone de los mismos de siempre o es controlada por estos, cualquier texto que se emita como proyecto de constitución, estará deslegitimado.

Entonces, el primer y esencial paso, es que los partidos se esmeren en mantenerse al margen, esto es, sin intervención directa. Debe abrirse un amplio espacio para los independientes, entendiendo que la oferta para integrar la convención debe incluir a académicos de todas las áreas, dirigentes sociales, empresarios, trabajadores, entre otros. Claramente, la convención, como conjunto, debe contar con las asesorías técnicas necesarias para la adecuada redacción del texto. No se puede olvidar que la Constitución representa un acuerdo político que se plasma en un texto jurídico, lo que exige contar con el apoyo apropiado.

José Maza lo dijo certeramente; mejor no meterse en cosas que uno no entiende. Y este caballero es premio nacional de Ciencias Exactas... Y como hemos constatado reiteradamente, “los mismos de siempre” desconocen la realidad que afecta a diario a miles de chilenos, por lo que no entienden cuál es la verdadera necesidad de estos, así como no han entendido que la opción en la que ellos podrían haber participado, fue derrotada ampliamente. Sin embargo, insisten en acomodarse y procurarse cargos, casi vitalicios algunos, sin contar con la experiencia específica y necesaria para cumplirlos cabalmente; esta es la forma tradicional de socavar y corromper las instituciones.

¿Y ahora? Se debe avanzar en asegurar la participación de independientes, con escaños para las primeras naciones, con la idea de paridad como eje central y con la descentralización como objetivo estratégico primordial. Se debe insistir en la importancia de participar, de votar y de presentar candidaturas que estén a la altura de las circunstancias. Se debe avanzar, sin duda alguna, en la renovación casi total de la clase política que ha huido de su deber de conducirnos hacia un país justo y con menos desigualdades, una clase que ya no cuenta -ni contará- con el apoyo ciudadano. Como dice Sabina, los fugitivos del deber no tienen más amor que el que han perdido.

Claudio A. Faúndez Becerra Abogado.

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