Una de las frases más comunes cuando se habla sobre política es que se debe “escuchar a la calle”. En la última década en Chile, parte importante de la ciudadanía ha aceptado la idea de que “todos los políticos son iguales”. Más allá de la falsa equivalencia que expresa este pensamiento, esto muestra algo mucho más profundo. La desconfianza acumulada en las instituciones del Estado, los dos proyectos constitucionales fracasados y el malestar generado por la precarización de la vida nos ha dejado inmersos en una crisis política profunda, que parece no tener una salida próxima. Es por ello que la ciudadanía y la política en general han dejado de soñar un futuro diferente al actual, lo que termina legitimando la misma estructura política y económica generadora de los problemas. Al no haber un futuro próximo en el cual creer, la gente vuelve su atención al presente. Esto deriva en un “presentismo” que nos mantiene atados como sociedad.
Esta crisis es causada por tres niveles relacionados entre sí. El primero es la estructura histórica heredada de la dictadura y ajustada en democracia, que tiene su expresión en el sistema neoliberal imperante. El segundo es institucional, donde el sistema político no responde a las necesidades de la ciudadanía. El último es coyuntural, la incapacidad de la élite política para generar mayorías mediante un diálogo que resulte significativo y legítimo a la ciudadanía. Sin embargo, puede surgir la pregunta, ¿cómo esto se relaciona con el “presentismo” presente en nuestra sociedad? Esta es una de las expresiones más crudas de lo dicho anteriormente, que suele pasar desapercibida porque, a lo largo de nuestra vida, la hemos normalizado e interiorizado. Nos quedamos atrapados en el presente y nos cuesta proyectar un futuro colectivo.
En palabras sencillas y utilizando el trabajo del historiador François Hartog, el presentismo es cuando la gente queda en el aquí y el ahora, sin poder aprender de su pasado, ni tampoco proyectar un futuro cercano. Lo importante es sobrevivir al día a día. Ejemplo de ello son frases que uno escucha constantemente: “No importa quién gobierne, mañana tengo que trabajar”; “la política no me da que comer”; “mientras me paguen a fin de mes, no me importa quién mande”; “a mí no me ayuda ni la izquierda ni la derecha”. La despolitización es parte de ese “presentismo”, y la idea de que la política es inútil o ajena es un producto cultural fomentado durante la dictadura y mantenido en la democracia, puesto que lo más importante es trabajar, sobrevivir y resolver lo inmediato. La vida alcanza un tal grado de precarización que la gente no tiene tiempo para pensar en política. El modelo acelerado de vida lleva a que la gente se agote, trabaja 10 horas y viaja 2 más en el transporte. La despolitización más cruda es el resultado del cansancio de la gente, lo que imposibilita pensar en un colectivo y menos en una realidad diferente.
El sistema político responde a ese presentismo, aprende a convivir con él y lo normaliza. De esta forma, los gobiernos no están para presentar un proyecto futuro, están para administrar y dar soluciones rápidas a la gente (bonos, discursos sin contenido, gestos simbólicos, eslóganes vacíos, medidas rápidas, etc.). Asimismo, se gobierna desde las encuestas. El miedo al rechazo al implementar una nueva política termina frenando cualquier avance. En la ciudadanía está presente el problema de pensiones, “trabajo toda una vida para jubilarme con miseria”, pero no hay una presión mayor debido al cansancio de los fracasos políticos. ¿Cómo responde el sistema político? Con el aumento del Pilar Solidario y la creación de la PGU. También ocurrió con los retiros del 10% en 2020-2021 derivados de la precariedad que vivían las familias chilenas durante la pandemia. La lógica era “la pensión es problema del futuro, ahora necesito llegar a fin de mes”.
Los medios de comunicación y los políticos también se suman a la lógica coyuntural. La delincuencia, una frase política o una polémica terminan teniendo una cobertura obsesiva por parte de los medios. Mientras que la desigualdad estructural, la educación, la crisis climática o la crisis en la salud quedan marginados a un segundo plano. Los debates presidenciales de este 2025 han estado marcados por frases de tipo: “¿Tú dijiste esto?”; “Este país necesita orden”; “Recuperaremos el país”. Debates cargados de emoción, pero sin un diálogo racional que se debería esperar en estas instancias.
En conclusión, nuestro contexto político está marcado por un presentismo donde predomina el aquí y el ahora. No aprendemos de nuestro pasado, ni proyectamos un futuro distinto. Solo queremos que la vulnerabilidad en la que vivimos mejore en poco tiempo. En este sentido, el miedo al cambio no solo se fundamenta en que normalizamos discursos y prácticas en nuestra vida, muchas personas temen perder la poca estabilidad que han logrado. El futuro aparece como sinónimo de incertidumbre y difícil de imaginar. Todo esto distrae a la ciudadanía de problemas estructurales profundos, que son originados por un modelo impuesto y mantenido en democracia. El modelo de vida y trabajo impuesto ha llevado a que la gente se despolitice, lo más importante es sobrevivir al día a día y la política pasa a segundo plano.
Para muchos, tener una idea de futuro “justo y mejor, donde la vida no sea una carrera cuesta arriba” es un idealismo que no lleva a nada. El idealismo bien dirigido puede orientar el camino hacia algo distinto. El simple proceso de crear algo diferente invita a reflexionar sobre la propia realidad. ¿Qué futuro piensan ustedes para las próximas generaciones? ¿Piensan en algo distinto al presente?
Sebastián Rubio Salazar
Licenciado en Historia de la Universidad Diego Portales
