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Y ¿qué tanto si nos morimos? Por Manuel Labra

Muchos hemos fantaseado con la idea de que esta pandemia -la más importante desde el VIH- podría hacer desaparecer la raza humana, o buena parte de ella. Con asombro vemos como animales se “toman” las ciudades y estas disminuyen sus niveles de contaminación. Fenómenos que algunos han leído como una suerte de justicia ecológica que nos pone frente a los ojos, como dijo el Agente Smith en Matrix, que el virus planetario seríamos nosotros.

Parece evidente que esta crisis no es meramente sanitaria, sino que la urgencia desatada por el virus supo revelar la crisis del neoliberalismo que ya hace tiempo se escondía debajo de la alfombra. Lo que esta pandemia nos ha dejado en claro es que estamos experimentando una alteración radical a nuestra vida cotidiana, un desarreglo, un golpe a nuestros hábitos que nos hace repensarnos, depurar nuestro diario vivir o, simplemente, preguntarnos para qué vivimos. La perturbación que nos ha traído el virus ha puesto en evidencia la falsa libertad prometida por el neoliberalismo. Ésta se cae a pedazos y nos posibilita fantasear con una nueva forma de relacionarnos con el mundo.

Si el VIH cambió nuestro comportamiento sexual para siempre y removió buena parte de las luchas culturales que se han vivido las últimas dos décadas, el COVID-19 podría modificar nuestra forma de consumo, nuestras formas de vida. La crisis abre la oportunidad de cuestionarnos realmente las formas de producción y autoexplotación que nos han regido hasta ahora.

Vivir en “una cotidianidad disciplinada”, en “el cautiverio del consumo”, como dice Pablo Oyarzún, es el acto menos político que hay: es vivir muerto, pero sin morir. La modernidad ha perseguido el anhelo de la extensión de la vida, más allá que apenas podamos con ella. El problema, y esto ya lo pensaba Spinoza, es que vivir no coincide necesariamente con la existencia biológica. Mark Fisher supo ver que, en esta sociedad, la falta de sentir agota la vida antes de la llegada de la muerte. Todo se trata de mantenerse vivo, sin importar la idea de que vivir es fundamentalmente sentir. ¿Vivimos realmente?

Y entonces, ¿qué tanto si nos morimos?

Los teólogos del instante atribuyen a la llegada de la muerte una extensión temporal que buscará acercarnos a la dimensión de la trascendencia. Otros argumentan que los muertos siguen en nosotros, en nuestros recuerdos, en nuestra propia vida. En otras palabras, ambas perspectivas son intentos ciegos por omitir la muerte como límite.

Alain nos dice que nuestro juicio hacia los muertos soslaya sus pequeñeces y, al mismo tiempo, su distancia nos permite pensarnos a través de ellos y los hace buenos consejeros. Alain -un ex pechoño- insiste que el valor de los muertos radica en su lejanía, en el hecho de que ya no existen. Epicuro escribió a Meneceo sobre la muerte. El ya no tan joven filósofo, amigo de los placeres y las sensaciones, dijo: “El peor de los males, la muerte, no significa nada para nosotros, porque mientras vivimos no existe, y cuando está presente nosotros no existimos. Así pues, la muerte no es real ni para los vivos ni para los muertos, ya que está lejos de los primeros y, cuando se acerca a los segundos, éstos han desaparecido ya”. Con estas palabras, Epicuro da vuelta la ecuación que nos rige, pues precisamente porque la vida es finita es que podemos disfrutarla. La perspectiva de la muerte nos permite vivir de mejor manera.

Ser mortal y asumir plenamente esa mortalidad implica satisfacerse de los límites de la vida. Querer rebelarse contra la muerte es pretender que no existen límites. Fantasear que es posible vivir infinitamente es una fuente de angustia también infinita. Si admitimos lo real, es decir, que la existencia tiene término, significa que estamos llamados a encontrar un momento para vivir. Volviendo a Epicuro, no se trata de la mera permanencia, sino de la intensidad de ésta: “Y así como de entre los alimentos (el sabio) no escoge los más abundantes, sino los más agradables, del mismo modo disfruta no del tiempo más largo, sino del más intenso placer”.

Con esto en mente, la vida que hoy se nos ofrece está ligada al consumo. Vivo en la medida que consumo. La medicina surge para mantenernos disciplinados en esta vida sin sentido a la que nos lleva lo que hemos llamado el cautiverio del consumo. Éste ha logrado que la vida sobreviva a la muerte mientras la máquina de producción siga funcionando. Al comienzo de este texto se habló sobre la crisis del neoliberalismo en nuestras vidas. Llegados a este punto, parece evidente que el neoliberalismo, comprendido como una forma de civilización, nos ata a una vida inerte.

¿Cuál es valor de estar vivo? Morir no es terrible, es necesario para vivir. Pasar por alto la importancia de la muerte es querer más vida, consumir vida, desear el infinito. Esta acumulación desenfrenada es precisamente la que nos tiene atemorizados frente al Covid-19.

Porque si en esta pasada nos morimos, nada cambia. Pero si vivimos con la muerte como fin, la transformación de nuestra vida y la sociedad es un anhelo a nuestro alcance.

Manuel Labra es Director Creativo Fundación Saber Futuro

Imagen de Hervé Priou

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