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Yo dormí con Alejandra Pizarnik en Lisboa. Por Rony Núñez

A Liliana Isabel

1.- “Janelas Verdes’ Dream”

Llegué a Lisboa un viernes por la tarde, con poco más de equipaje que unos libros y algo de guardarropa. Para mí la capital lusitana, como tantas otras ciudades antes de conocerla, de percibirla, de saborearla, fue una construcción literaria. Es decir la literatura construye en mí, como en muchos otros escritores, una escenografía que nos envuelve y fascina, nos muestra el camino, nos habla de calles y edificios, nos transporta a ellos como el rocío conduce por la tenue brisa la fragancia de las flores silvestres, en definitiva construye nuestras palabras. Pues bien, como este no podía ser la excepción, llevaba entre mis libros un texto de aquellos en que no sólo el autor te enseña sus recursos, sino que te muestra el camino mismo de la literatura, me refiero a “Una vida absolutamente maravillosa” de Enrique Vila-Matas (Editorial Random House, año 2011).

Siguiendo el derrotero del texto, en el avión había devorado uno en especial, cual antesala de la Lisboa que me esperaba: Janelas Verdes’ Dream. En él, el gran escritor catalán comienza su relato de la siguiente manera: “Llegué a Lisboa en septiembre del año pasado recordando que en mi anterior visita había estado varias horas en el Museo de Arte Antiguo sin enterarme de que en la planta baja, al fondo del fondo del fondo de unos corredores y escaleras interminables, había una puerta casi secreta que daba a un alegre bar con jardín y estatuas y una vista excepcional sobre el Tajo. Me había enterado de la existencia de éste leyendo Réquiem, la novela de Antonio Tabucchi: “Mire (dijo el barman del Museo de Arte Antiguo), no es exactamente un cóctel ni tampoco un long-drink, digamos que es una cosa que queda entre los dos, una bebida de mi invención, se llama Janelas Verdes’ Dream”.

“Había preguntado a Manela y Herminio, mis amigos portugueses, y me habían dicho que en efecto el museo -más conocido por el museo de las Janelas Verdes, de las Ventanas Verdes, por ser éste el nombre de la encantadora calle donde se encuentra – tenía un bar con jardín, pero ni había barman ni se servían cócteles.

Cuando en septiembre del año pasado llegué a Lisboa no tardé nada en volver al museo de las Janelas Verdes. Recorrí sus salas apresuradamente, sin prestar atención a cuadros ya vistos. En realidad, lo único que me interesaba ver era ese bar con jardín y estatuas. Había regresado yo a Lisboa convertido en la sombra de Antonio Tabucchi, del que había oído decir que, tanto en lo físico como en lo mental, se había convertido en la sombra de Fernando Pessoa. Yo me decía: si él persigue a Pessoa, ¿por qué no puedo perseguirle a él?”. (Cit. páginas 43 y 44).

Con esos primeros párrafos, era absolutamente imposible resistir la tentación, no sólo de conocer el bar del que hablaba Tabucchi, sino de entregarme al juego literario de encontrarlo y entrar en él siendo la sombra de Vila-Matas, quien a su vez se convirtió en la sombra de Tabucchi, quien a su vez, escribió Réquiem quizás en una especie de transe siendo la sombra de Pessoa.

Por tal motivo ineludible, encendí el notebook tan pronto aterricé en Lisboa, buscando más información del museo, el que, desde hace horas, había decidido que sería mi primer destino. Como guía previa apunté en mi libreta la presentación magnífica del lugar, cuyas notas rezan de la siguiente manera: “El Museu Nacional de Arte Antiga (MNAA) (en español, Museo Nacional de Arte Antiguo) está localizado en Lisboa, capital de Portugal. Alberga unas 2200 pinturas y extensas colecciones de dibujo y grabado, escultura y artes decorativas, tanto nacionales como extranjeras. Sobresalen dos pinturas capitales de El Bosco y Durero junto a otras de maestros europeos entre los siglos XV y XIX como Memling, Piero della Francesca, Carpaccio, Rafael, Cranach y Joshua Reynolds. Cuenta también con una escultura de Rodin, más de 5.000 dibujos (Perugino, Poussin, Géricault), valiosas piezas de orfebrería rococó y testimonios del pasado colonial de Portugal”. Salí del aeropuerto y me dirigí al museo. Cuando el taxi tomó rua Presidente Arriaga y llegó al Jardín Nove de abril, mi excitación por llegar al lugar objeto de mi deseo literario era enorme. Efectivamente, tal como lo consigna Vila-Matas en su texto, la rua dos Janelas Verdes es impresionante, encantadora, como si la ciudad permitiera al viajante tomarse una pausa, un respiro, un instante para pensar que estas calles, inmortalizadas por Tabucchi, donde alguna vez paseó Pessoa, tal cual como yo ahora, un poco antes de aquel estremecedor ocaso sobre el Tajo, quizás como nunca vi otro ocaso en mi vida, a la sombra de Vila-Matas, siendo Tabucchi, el cual lleva consigo el abrigo de Pessoa. Es literatura de la más pura que se pudiera vivir, donde la palabra de-construye la realidad circundante, le otorga otra perspectiva.

Entré pues al museo el que, espléndido, devela sus secretos tras cada cuadro, grabado y columna. Por la hora, al igual que lo narra Vila-Matas, no había nadie, salvo un par de guardias custodiando los lienzos de los maestros depositados en sus paredes. En ese instante, saqué el libro de mi bolso. Leí en voz baja aquellas líneas del relato a que ya he hecho mención, unos instantes antes de entrar al bar: “Volví, así pues, al Museo de Arte Antiguo convertido en la sombra de Pessoa. Como un fantasma errante, crucé todas las salas de recuerdos del museo y busqué la puerta casi secreta. La encontré, accedí al bar con jardín y estatuas (“Otra vez vuelvo a verte, Lisboa, Tajo y todo”) y no había cóctel ni barman pero sí dos sonrientes jóvenes camareras angoleñas. Una de ellas, justo en el momento en que me disponía yo, por puro juego, a pedir el cóctel Janelas Verdes’ Dream, me dijo: -te están buscando”.(Cit, página 44).

Con el mismo estupor y sorpresa con que Vila-Matas reacciona ante esta afirmación, pues al igual que yo, nadie sabía de su presencia en Lisboa, recorrí aquel sitio mágico y secreto. Como todo lugar inmortalizado por la literatura, me senté a divisar la conmovedora vista del río Tajo, de una forma distinta. Mientras esperaba mi café y degustar algún platillo local, de mi libreta extraje aquel hermoso poema “El Tajo” escrito por Alberto Caeiro, heterónomo de Fernando Pessoa. Ahí, en la hasta ese momento absoluta soledad, leí esta vez en voz alta, quizás para saludar los colores de aquel ocaso que ya se insinuaba a lo lejos, sobre la mansedumbre del río inmortal, el poema con la voz más suave que pude lograr, como si se tratara de la verdadera voz de Pessoa:

“El Tajo es más bello que el río que corre por mi pueblo
Pero el Tajo no es más bello que el río que corre por mi pueblo
Porque el Tajo no es el río que corre por mi pueblo.
El Tajo tiene grandes barcos
Y navega en él todavía,
Para aquellos que ven en todo lo que allá no está,
La memoria de las naves.
El Tajo desciende de España
Y el Tajo entra en el mar en Portugal.
Eso todos lo sabemos.
Pero pocos saben cuál es el río de mi pueblo
Y hacia a dónde va
Y de dónde viene.
Y por eso, porque pertenece a menos gente,
Es más libre y más ancho el río de mi pueblo.
Por el Tajo se va al Mundo.
Más allá del Tajo está América
Y la fortuna para los que la encuentran.
Nadie pensó nunca en lo que hay más allá
Del río de mi pueblo.
El río de mi pueblo no hace pensar en nada.
Quien está a su orilla sólo está a su orilla”.

2.- Mi encuentro con Alejandra Pizarnik.

Tan pronto terminé la lectura de los versos de Pessoa disfrazado de Alberto Caeiro, la vi entrar en el bar, de modos suaves y un deambular casi imperceptible. Llevaba consigo un libro (“La Tierra más ajena”) de una autora tan enigmática quizá como las pisadas que daba entre las estatuas del bar: Alejandra Pizarnik.

De inmediato vinieron a mi mente aquellos versos de la gran poeta argentina:

“Apenas aparezco todo se vuelve una
imagen lejana que está en un lugar al
que accedo si me destruyo y me
desmorono”.

Se sentó cerca de mi mesa, como quizás queriendo que la invite a sentarse conmigo. Después de todo, somos los únicos en el bar, extasiados viendo el horizonte de colores intensos (como sus mejillas le hubiere dicho), pero no lo hago, la timidez me gana esta apuesta. De todos modos la invité y, juntos, seguimos viendo el ocaso. Hasta que ella se presenta. Se llama Liliana, para mí sorpresa es también chilena. Se encuentra en Lisboa por unos días de descanso y estudia literatura en Barcelona, en especial la obra de Alejandra Pizarnik. Cuando le consulto sobre el texto que lee, me mira con esos ojos que percibo de inmediato, pizarnianos. De una intensidad y a la vez lejanía, de una profunda oscuridad como su cabellera. Suspira y me comenta que, la lectura de la obra de Pizarnik para explicar lo que ha significado en su vida, cita palabras que la misma poeta argentina pronunció cuando descubre la obra de Huidobro: “Es bellísimo. La profusión de imágenes me ha dejado cansada y débil. ¡Qué pureza! ¡Eso es desflorar el papel en el sentido más dramático! Cierro los ojos. Tristeza profunda dentro de mi alegría. Sí. Alegría de haber encontrado en Huidobro, otro agonizante. Otro amante compañero de mi soledad.”

Luego giró y me miró detenidamente, como estudiando mi gesto, quizás buscando ese asombro ante la cita erudita (que por cierto había logrado). Luego me consultó por qué había llegado a ese museo en específico y a ese bar tan secreto. Le expliqué mis lecturas de Vila-Matas, de Tabucchi y Pessoa. Mi impostación simbólica de sus voces y las horas gozosísimas de su lectura. Vió la sinceridad de mis palabras, para luego contraatacar. Sacó un fajo de papales de su bolso, fotocopias de un descubrimiento, de esos hallazgos que te da la literatura. Me extendió parte de un texto de Pablo Pérez López titulado “Pessoa, Paz, Pizarnik: fragmentos de un diálogo”. El escrito pretende adentrarse en las páginas de una Antología de Fernando Pessoa (publicada en 1962 en la Universidad Autónoma de México), traducida y prologada por Octavio Paz, cuyo ejemplar, dedicado por Paz a Pizarnik en 1963, se encuentra en la Biblioteca Nacional de Maestros de Buenos Aires. De esos papeles anoté un párrafo que comparto en este texto escrito al calor de la acumulación tumultuosa de sucesos de esos días: “Toda la literatura no es sino una inmensa prueba de imprenta y nosotros los escritores últimos o póstumos somos tan solo correctores de prueba, ha escrito Leopoldo María Panero (1993:12). En toda gran literatura la intertextualidad es esencial y fundadora, inauguradora de un diálogo pluridimensional donde somos realmente múltiples y verdaderos. Una buena muestra de esto es el ejemplar de la Antología de Fernando Pessoa (México, Universidad Autónoma de México, 1962) que Octavio Paz, quien seleccionó, tradujo y prologó los poemas, le ofreció a Alejandra Pizarnik. Se trata de un diálogo triple, entre el poeta portugués “revisitado” por Paz; el traductor mexicano redescubierto por Pizarnik; y la poeta argentina que indaga por sí misma y por los otros. Un diálogo que sugiere todos los matices esenciales del pensar poético”(Cit. pág 252).

El texto me dejó un momento pensativo. La intertextualidad siempre ha sido una de las herramientas que he intentado aplicar en mi escritura. Por ese entonces la escritura de mi primer libro “Testigo Presencial” (Crann editores, año 2018) estaba muy avanzada y todos los autores ya aludidos en este texto, eran parte del diálogo permanente, cual terreno fértil donde buscaba desarrollarse. Un libro, sobre todo uno debutante como era el mío, es siempre diálogo y caja de resonancia de otros libros, de otras voces que son tus lecturas donde cada escritor se refleja, como múltiples cristales donde se reflejan, donde dialogan fluidamente. Le comenté estos pensamientos a Liliana, quien junto con asentir con su cabeza bañada por el sol tras suyo, develaba la rápida complicidad entre nosotros, a la cual agregó una breve frase que daba cuenta de dicha complicidad: “Si tú eres la sombra de Vila-Matas, yo soy Alejandra Pizarnik y ambos buscaremos a Pessoa por las calles de Lisboa”.

3.- Caminando bajo la sombra de Pessoa.

Salimos del Museo de las Janelas Verdes sin rumbo fijo, después del éxtasis de la literatura, la poesía y la compañía de Liliana estrechando mi mano, fuimos hacia el centro histórico tutelado por las colinas de esta querida Lisboa que solloza fado desde sus entrañas. “Sabio es el que se contenta/ con el espectáculo del mundo”, nos susurraba al oído Ricardo Reis, otro de los heterónimos de Pessoa, al tiempo que la agitada bohemia de Lisboa se nos mostraba en cada esquina, donde los cafés y restaurantes nos invitaban a pasar, con la hospitalidad casi legendaria de sus habitantes. Queríamos, pues, explorar parte de la sabiduría que daba este “espectáculo del mundo”. Pasamos enfrente de un café cuyo nombre parecía pronunciarse parecido a “Royal”. En ese momento recordé un pasaje del inicio de mi libro favorito del gran escritor José Saramago: “El año de la muerte de Ricardo Reis” (publicada en España en 1985). La fachada e interior del café se parecía a aquel narrado en tan memorable texto, quizás el más hermoso homenaje literario a Pessoa. Con esa prosa cuyo tempo es sello de los grandes de la literatura, Saramago nos dice: “El pasajero salió, miró fugazmente hacia el café, Royal de nombre, ejemplo comercial de añoranzas monárquicas en tiempo de república o reminiscencia del último reinado, aquí disfrazado de inglés o francés, curioso caso este, se lee y no sabe uno cómo decir la palabra, si royal o ruaiale, tuvo tiempo de debatir la cuestión porque ya no llovía…” Por supuesto que el pasajero es Ricardo Reis. En palabras de Basilio Losada, al referirse al libro de Saramago, sentencia: “Lisboa es una ciudad en la que todo se distancia, incluso ella misma. Quizás por ese distanciamiento, capaz de articular en torno a ella una sugestión de misterio, la Lisboa de Saramago, reinventando la de Pessoa, nos parece más real que la misma ciudad vivida, habitada”. Por tanto la pregunta que nos hacemos Liliana y yo es si estamos viviendo en la Lisboa literaria, que se transforma en el prisma de nuestra mirada, que supera la realidad de los sentidos. Pareciera que la Lisboa de Saramago, que a su vez reinventa la Lisboa de Pessoa, es con cada palabra rebautizada. Con cada verso o prosa la ciudad no sólo es inmortalizada, sino construye una identidad, una memoria colectiva que se configura con cada lectura o relectura. Prueba de ello estas vívidas palabras de otro de los heterónimos de Fernando Pessoa, Bernardo Soares que sobre Lisboa nos dice: “Amo estas plazuelas solitarias, intercaladas entre calles de poco tránsito, y sin más tránsito, ellas mismas, que las calles. Son claros inútiles, cosas que esperan, entre tumultos distantes. Son de aldea en la ciudad. Paso por ellas, subo a cualquiera de las calles que confluyen en ellas, después bajo de nuevo esa calle, para regresar a ellas. Vista desde el otro lado es diferente, pero la misma paz deja dorarse de añoranza súbita -sol en el ocaso- el lado que no había visto a la ida”. Tomamos nuestro café y un sándwich mientras comentamos esta nueva cita que leo a Liliana, mientras nos damos cuenta que, sobre nuestras cabezas, se encuentra enmarcada una foto de Fernando Pessoa caminado por Lisboa. Según se consigna en la parte inferior del cuadro, “Pessoa bajando por el Chiado, delante de la librería Bertrand, en 1928”. Es decir, antes que nosotros encontráramos a Pessoa o su sombra caminando por Lisboa, como Ricardo Reis en la novela de Saramago, él desde un cuadro en el primer café que encontramos ya nos da el saludo desde el omnisciente sitial desde donde nos observa. Retorno a Vila-Matas, esta vez a su texto “En Lisboa ya estuvimos allí antes de estar jamás”, otra de las joyas de su libro “Una vida absolutamente maravillosa”. Será la última cita del día, uno largo que había comenzado temprano, muchas horas antes saliendo de Madrid, volviendo de Barcelona. Tomo el libro en mis manos y leo: “A Lisboa hay que verla en el tiempo exacto de un sollozo. Verla toda entera con la primera luz del amanecer, por ejemplo. O verla bien completa con el último reflejo del sol sobre la rua da Prata. Y después llorar. Porque uno, aunque sea la primera vez que la ve, tiene la impresión de haber vivido antes allí, todo tipo de amores truncados, desenlaces violentos, ilusiones perdidas y suicidios ejemplares. Caminas por primera vez por las calles de Lisboa y, como le ocurriera al poeta Valente, sientes en cada esquina la memoria difusa de haberla ya doblado. ¿Cuándo? No sabemos. Pero ya habíamos estado aquí antes de haber venido nunca”.

Nos levantamos de la mesa y salimos nuevamente a la calle. Liliana me había invitado a la casa donde se estaba quedando con unos amigos. Tomamos un taxi y nos dirigimos hacia rua Coelho da Rocha, en Campo de Ourique. Increíblemente nuestro destino quedaba a pocos metros del número 16 de la misma calle, precisamente el último domicilio de Pessoa hasta su muerte en 1935. Es absolutamente evidente desde que aterricé en Lisboa, que la figura de Pessoa dominó nuestro derrotero y andanzas por esta increíble ciudad.

El taxi se detuvo frente a la dirección en rua Coelho da Rocha, entramos en la casa y sólo nos invadió el silencio y la oscuridad. Claramente sus moradores habituales no estaban en casa. Tal vez habían ido al Café Aurea Peninsular en la rua do Arco do Bandeira, me dice Liliana, lugar habitual que frecuentaba Pessoa. Mañana es 13 de junio agrega (fecha que conmemora el natalicio de Pessoa) y todos los poetas y escritores se congregan en lugares en torno a su figura, cual homenaje de aquellos que se reconocen sus tributarios, hijos de su poesía. Avanzamos a su circunstancial habitación y ahí nos miramos. Su mirada se devela nuevamente pizarniana. Antes que nuestros cuerpos se estrechen desnudos, se acerca a mi oído y me susurra unos versos de Alejandra, como si susurrara el último fado:
“Mi amor se amplía.
Es un paracaídas perfecto.
Es un clic que se exhala y
su pecho se hace inmenso.
Mi amor no ruge
no clama
no ruega
no ríe.
Su cuerpo es un ojo.
Su piel es un mapamundi.
Mis palabras perforan la
Última señal de su nombre”.

Tomó mi mano y nos recostamos sobre su lecho. Me miró por un breve silencio con esos ojos color de noche y antes de besarnos por primera vez me dice: “Hoy dormirás con Alejandra Pizarnik”

Rony Núñez Mesquida es escritor, autor de “Testigo Presencial” (Crann Editores, 2018).

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