Hay paisajes que pertenecen a la geografía y otros que surgen de las profundidades del alma. Las islas del cuento Las islas nuevas (1939), de María Luisa Bombal, pertenecen a estos últimos. Aparecen silenciosamente en medio de las aguas.
Emergen de estratificaciones desconocidas de la tierra y luego desaparecen sin explicación. Nadie sabe exactamente de dónde vienen ni hacia dónde regresan. Son presencias fugitivas, indómitas, ajenas a toda voluntad de dominio.
Como ocurre tantas veces en la obra de Bombal, la naturaleza deja de ser mero escenario para convertirse en el lenguaje mismo del alma. Las islas parecen hablarnos de algo que hemos olvidado: no de un lugar perdido, sino de una forma distinta de saber, de estar y de ser en el mundo. En el relato resuena una fragmentación, en la que persiste la nostalgia de una unidad más profunda.
Por eso, junto a las islas, aparece Yolanda, uno de los personajes más misteriosos de toda su obra. Mujer silenciosa y esquiva, su singularidad se manifiesta en un detalle apenas visible: un pequeño comienzo de ala que asoma en su hombro derecho. No es un ala capaz de elevarla por los cielos. Es apenas una huella, un vestigio. La memoria de algo que alguna vez perteneció a una totalidad más vasta.
Yolanda habita un territorio fronterizo donde los límites entre naturaleza y humanidad, sueño y vigilia, realidad y misterio se desdibujan. Su sola presencia recuerda que existen dimensiones de la experiencia que no pueden reducirse a la lógica ni someterse a la voluntad. Yolanda permanece allí, fiel a su misterio.
Es Juan Manuel quien se aleja.
En Bombal, el fracaso del encuentro no nace de la maldad ni de la crueldad, sino de una incapacidad más profunda: la de permanecer frente a aquello que desborda nuestras certezas. Juan Manuel vislumbra en Yolanda algo extraordinario: una forma distinta de habitar el mundo, una libertad que no comprende y una profundidad que lo atrae y, al mismo tiempo, lo inquieta. Pero allí donde podría comenzar el encuentro, surge el temor.
Como las islas que emergen de las profundidades para luego desaparecer, ella siente que no puede ser objeto de conquista. Su misterio no se entrega. Su diferencia no se corrige. Su ala permanece como un signo de aquello que no puede reducirse a las categorías conocidas.
Juan Manuel retrocede porque, quizás sin saberlo, intuye que hay realidades y saberes que no pueden poseerse. Y es entonces cuando el cuento adquiere una resonancia inesperadamente cercana. Quizás las islas no pertenezcan solo al paisaje de Bombal. Quizás también emerjan en nuestra propia vida. Aparecen como intuiciones fugaces, sueños, creatividad, llamados interiores, encuentros que nos conmueven sin que sepamos explicarlos. Son esas experiencias que parecen provenir de una región más profunda de nosotros mismos y que, sin embargo, solemos dejar pasar. Vivimos rodeados de urgencias y certezas. Aprendemos a confiar en lo que parece conocido y en lo adaptado a nuestra supuesta normalidad social. Pero hay dimensiones de la existencia que no responden a esa lógica. Permanecen allí, silenciosas, aguardando ser escuchadas. ¿Cuántas veces nos alejamos de aquello que podría transformarnos porque no logramos comprenderlo del todo? ¿Cuántas veces elegimos la seguridad de lo conocido antes que la incertidumbre de una verdad que nos llama desde lo más hondo de nuestro ser?
Al final, Yolanda permanece intacta en su singularidad, habitando el misterio que le pertenece. No necesita ser aceptada ni comprendida para ser quien es.
Es Juan Manuel quien pierde algo y lo lamenta al marcharse: la posibilidad de acercarse a una realidad más vasta, de convivir con lo diferente —y por ello inexplicable— sin intentar poseerlo; de reconocer en el otro aquello que también permanece olvidado dentro de sí mismo. Pierde, en definitiva, la oportunidad de vivir la integración de dos saberes que nos complementan en lo humano.
Mientras él se aleja, comprendemos que algunas presencias llegan a nuestra vida no para ser conquistadas, sino para recordarnos lo esencial. Que el amor, la belleza y el misterio solo se revelan plenamente a quien sabe acercarse con sabiduría, empatía y humanidad, sin afán de dominio. Que existen territorios interiores que ninguna conquista alcanza y que solo nosotros mismos podemos reconocer y saber cuándo y con quién compartirlos. Y que, como las islas que emergen y desaparecen sobre las aguas, hay verdades profundas que solo se dejan encontrar por quienes conservan la capacidad de asombro y de contemplación.
Verónica Millas
Psicóloga. Magíster en Literatura y Humanidades. Magíster en Mindfulness.
