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En este numero:

- En torno al secuestro y desaparición de mi hermano, el matemático ruso-estadounidense Boris Weisfeiler, ocurrida en enero de 1985 en las cercanías de Colonia Dignidad. Por Olga Weisfeiler
- Del ruido de sables al ruido de botas. Por Higinio Espergue
- Macroincendio: ambición política y guerra sicológica. Por Enrique Villanueva

- Sumario completo



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El discurso y la práctica violenta del capitalismo. Por Alex Ibarra Peña y Nora Merlin

(JPEG) (Agradecimientos por la pintura “Periferia” 2007, Serie: “UNA OBRA POR CADA OBRA DE MILAGRO” de Helena Bellevogel. Foto de Claudia Bonicelli)

En estos días, a causa del mega incendio que afecta a Chile, hay en sus ciudadanos un profundo penar y una sensación de impotencia. El país acostumbrado a las grandes catástrofes al unísono declaró la rabia. Los grandes medios de comunicación concentrados, defendiendo intereses neoliberales, utilizan el entretenimiento, las cortinas de humo y la producción de un enemigo externo, un chivo expiatorio al cual demonizan y sobre los que recaen todas las culpas, alimentando conductas sociales xenófobas y racistas. Esos medios de comunicación, que en poco tiempo ya sólo nos hablarán de las estrellas de no sé qué versión del Festival de Viña del Mar dado porque el poder neoliberal precisa una cultura de masas con una subjetividad hipnotizada carente de pensamiento crítico.

Como se puede advertir acudimos ya hace un tiempo a la instalación de un discurso ideológico que patrocina la invención del violentismo de los mapuches y de la intervención terrorista, culpando a las FARC, al EZLN, la ETA, sólo faltó que culparan al CHE y a Fidel. La otra “tesis” valiéndonos de este concepto que les gusta utilizar a los cientistas sociales, pero que parece más propio del lenguaje de las investigaciones criminales, culpa a las grandes Corporaciones mercantiles que invierten en el negocio forestal que causa daño a la tierra. Hay otros discursos mucho más místicos que se pueden resumir en la idea de que todo este daño es manifestación de la ira de la tierra que está enojada.

Un elemento común en este debate es la violencia. No hay duda de que el neoliberalismo acentúo la generación de violencia que provoca el capitalismo, en su lógica de la tierra como propiedad privada útil para la brutal explotación que genera riqueza desmedida y desregulada, es decir bastante alejada de lo ético y lo justo. Es concebible otra lógica alternativa al capitalismo desregulado, aquella que es defensora de la tierra como propiedad colectiva. El choque entre estas dos concepciones en torno a la propiedad de la tierra, en lugar de producir un fértil debate orientado hacia el bien común, trae un enfrentamiento también violento.

Tenemos un grave problema de violencia, no sólo en estos acontecimientos sino en cualquier oposición al capitalismo desmedido, concepción que está fuertemente arraigada en Chile, y que se expande a otros países de la región. Parece que la violencia es inmanente al capitalismo.

Este problema se expande. Los vecinos argentinos comienzan a sufrir las consecuencias del gobierno de derecha electo en sus últimas elecciones. Pero, como se sabe, van por más, no tienen límites y querrán gobernar en toda América Latina. Inescrupulosamente harán uso de todos sus medios para instalar el crudo modelo que subyuga al pueblo y que reduce las posibilidades de la democracia.

Parte fundamental de la lucha política es dar la batalla cultural y lograr un pensamiento emancipado de los sentidos comunes que el poder intenta imponer. El pueblo hará bien en apagar los televisores, o en asumir la responsabilidad en tanto espectador y aprender a deconstruir la información de los mensajes comunicacionales que producen los medios hegemónicos. Es posible hacer uso de un pensamiento crítico y comenzar a reflexionar sobre estos hechos de gravedad, que no sólo permiten la generación de ganancias económicas desmedidas, a partir de la usurpación de la tierra y de nuestros bienes, sino que además traen consigo muerte, ya que este capitalismo renovado e intensificado en brutalidad no le teme al genocidio.

Los medios de comunicación concentrados son los encargados de manipular la información e instalar sentidos comunes en la cultura. Podemos establecer lo que denominamos la “cadena identificatoria del ecosistema racista-capitalista”:

1. Los que gobiernan, neoliberales de la región, por la ideología que tienen, sin ningún escrúpulo, dan rienda suelta al racismo contra los inmigrantes, los pueblos originarios, los dirigentes sociales y militantes del campo popular.

2. Los periodistas obsecuentes, que trabajan para las corporaciones, despotrican y demonizan a esos sectores que se necesita ubicar como agentes del mal.

3. El medio pelo, medio estúpido, también obsecuente, compra y consume esos mensajes comunicacionales y termina pensando que los culpables de la violencia y el desastre neoliberal, producido por un mercado desregulado y Estado débiles, son los paraguayos que laburan en la construcción, los manteros peruanos o comerciantes ambulantes que tiran su lona en la vereda, los estudiantes de los países vecinos condenados al exilio educativo, o los pueblos originarios que defienden sus derechos.

El Grupo de Trabajo “Surandino” asume el desafío reflexivo frente a los acontecimientos locales que forman parte de un ámbito más amplio determinado por un proyecto organizado de expansión neoliberal sin límites éticos, que afecta a la región latinoamericana. Nuestros pueblos comienzan a asumir una práctica militante hacia la construcción de nuevos horizontes que fortalezcan la vida democrática y las estructuras sociopolíticas en pos del buen vivir para las mayorías. Sobre todo a favor de las víctimas históricas que padecen las peores consecuencias del imperativo antihumanista de quienes pretenden adueñarse de todo. A estos operadores les decimos: Nuestra América no les pertenece, no insistan.

Alex Ibarra Peña y Nora Merlin.
Grupo de Trabajo “Surandino”.

 
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