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En este numero:

- V CONCURSO NACIONAL DE POESÍA VATE FRANCISCO CONTRERAALENZUELA
- El mundo según Trump: y al séptimo día prohibió el ingreso a los refugiados... ¡Santuario! por Gustavo Gac-Artigas
- La derecha vuelve al gobierno en Argentina. Por Emir Sader

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Jorge Coulón: Más allá del mármol, una guitarra que tiene sentido y razón. Por Rony Núñez Mesquida

1.- Utopía, victoria y duelo de poetas

4 de septiembre de 1970, sin duda no era un día común ni lo será en el devenir de la historia de Chile. No se trataba de una elección más donde la elite criolla se disputaba la sucesión del sillón presidencial entre posiciones más o menos reaccionarias. “Porque esta vez no se trata de cambiar un presidente, será el pueblo quien construya un Chile bien diferente”, sonaba en las gargantas de una muchedumbre conmovida, estupefacta, abrazada por la voz de un hombre, Salvador Allende, en cuyos hombros se depositaba la posibilidad de convertir la utopía en realidad, el sueño colectivo en un cambio cultural y político inédito en la historia de la humanidad: La vía chilena al Socialismo.

Entre aquella constelación de ojos absortos en los balcones del edificio de la Federación de Estudiantes de Chile, la voz del presidente electo resonaba entre hombres, mujeres y niños congregados: “Este triunfo debemos dárselo en homenaje a los que cayeron en las luchas sociales y regaron con su sangre la fértil semilla de la revolución chilena que vamos a realizar”. La re- significación de los movimientos sociales como motores del cambio político, social y cultural necesario ante un sistema de reproducción de desigualdades que sumía al país en un continuo subdesarrollo.

Testigos privilegiados de aquellos derroteros, fueron sin duda un grupo de estudiantes de la Universidad Técnica que, desde los faldeos altiplánicos del Illimani, trajeron consigo el enorme acervo de los pueblos originarios de nuestra América Latina, de sus luchas, de sus lágrimas y amores desgarrados, cual matriz fértil de generosidad y cobijo en pos de un futuro de construcción colectiva, más allá de los intereses de clase de las burguesías hegemónicas dominantes con olor a sudor y pólvora. Le otorgaron una identidad, color y música al proceso político en curso, grabándolo a fuego en la conciencia colectiva de miles y miles de ciudadanos del mundo, que perdura hasta el día de hoy, a pesar de los enormes esfuerzos de la dictadura de borrar esas sonrisas, esas miradas de esperanza acalladas, pero que titilan sobre nuestras cabezas, más allá del tiempo, del éter, del suspiro, del oleaje escabroso de nuestras costas, de las casas de detención, campos de concentración y sus alaridos circunspectos.

Estaban ahí sin saber que tres años después se asistiría al magnicidio de los cobardes… Se me viene a la memoria aquel poema maravilloso de Luis Rogelio Nogueras (enorme revelación sacada del muro del enorme poeta chileno y amigo José María Memet), titulado “El Entierro del Poeta”, que reza de la siguiente manera:

“Dijo de los enterradores cosas

francamente

impublicables.

Blasfemaba como un condenado

y a sus pies un par de águilas lloraban

pensando

en las derrotas.

En el entierro estaba Lautréamont,

yo lo vi desde mi puesto de cola:

dejaba el sombrero al borde de la tumba

y cantaba algo triste y oscuro

(lloraba honradamente, ya lo creo, y los

caballos devoraban higos en silencio).

Hubo discursos,

sonrisitas de Rimbaud junto a la cruz,

paraguas abiertos a la lluvia como

a él le hubiera gustado.

Hubo más:

hubo viernes y

canciones funerarias,

palomas que volaban sin sentido, como

niños,

versos oscuros,

la hermosa voz de Aragón,

suicidios deportivos de Georgette y nunca

más

y hasta siempre.

A la hora más triste del asunto

no quería bajar porque decía allí

estaba

oscuro.

Pero estaba muerto y hubo que bajarlo.

Los sombreros abandonaron las

cabezas,

se alzaron copas, adioses, letreros de

nunca te

olvidamos.

(Un joven poeta a mi derecha le mesaba

las

rodillas a la muerte).

Lo bajaron.

Se aplaudió en forma delirante;

la gente corría como loca asumiendo lo

grave

del momento.

Lo bajaban.

Las mujeres lloraban en silencio

porque bajaban las águilas, los sueños,

países

enteros en la tierra.

Se intentó una última sentencia:

Nerval se acercó con una tiza y escribió

con

letra temblorosa:

su cadáver estaba lleno de mundo.

Desde el fondo, Vallejo sonreía sin

descanso

pensando en el futuro,

mientras una piedra inmensa le tapaba el

corazón y los papeles”.

Si bien fue una generación que soñó y dio la vida, su réquiem lo honran poetas en un suelo regado de poesía, que dan cuenta no de una resignación, sino, por el contrario, de una elegía al valor de lo humano en tiempos de vacíos fenicios. Que el ejemplo que la generación de los 60 y 70 prodigaron a nuestras generaciones, no es ni será en vano y bien valen hoy las letras de tantos y tantas que recorren los confines del planeta con tristeza, pero con orgullo, así como la memoria de tantas y tantos que preservamos, como un necesario ejercicio de memoria colectiva, necesario para cicatrizar heridas.

2.- Cincuenta años más tarde

Me encuentro frente al teatro en Valparaíso, ciudad simbólica, cuna de letras, guitarras, tangos dolidos, cerros escarpados. Ingreso al encuentro de uno de esos poetas-músicos que han resistido la dignidad del paso del tiempo. Se celebran los 50 años de Inti Illimani, del cual Jorge Coulón es miembro desde sus inicios.

Reflexiona frente a estos cincuenta años de lucha, luego de una pausa nos dice: “Uno vive sin pensar el tiempo, las experiencias de esta intensidad, tanto desde el punto de vista personal, familiar, del grupo, de las vivencias del país”. “Vivimos todo este tiempo como arriba de una tabla de surf”, para concluir sobre este primer aspecto: “Me resigné, en el sentido de hacer un balance, para revisar sus conclusiones, la vorágine sigue”. De lo anterior denota claramente que lo azaroso de los destinos del grupo, Jorge incluido, los ha llevado por derroteros infatigables, desde la defensa del gobierno popular, el rescate de las raíces de nuestro continente, para luego en el exilio asumir la denuncia de la gravedad de los crímenes que acontecían en Chile después del golpe de estado, pero que encomiablemente no han borrado una sonrisa de sus rostros de hombres curtidos por el rigor de una historia de vida al límite. El compromiso del artista con la realidad que lo rodea es el contexto en que han desarrollado tan brillante carrera, que les ha valido tal reconocimiento nacional e internacional, convirtiéndose Inti Illimani, qué duda cabe, en patrimonio inmaterial del país. Consultado luego sobre su visión del país sentencia con claridad: “Chile sigue en una crisis que no se resuelve” … “El mundo, incluido Chile, no avanza en el contexto del triunfo de las ideas conquistadas de manera colectiva”.

3.- Más allá del mármol, una guitarra que tiene sentido y razón

La vida del artista comprometido, lo ha llevado a deambular entre el paraíso y el anteparaíso, utilizando el título del gran texto del recientemente homenajeado Raúl Zurita. Ronald Christ precisamente sobre este texto del poeta chileno nos dice: “El milagro es que finalmente, liberándolo todo, Anteparaíso es un triunfo sobre la angustia”.

Es precisamente esta liberación lo que ha conducido a Jorge Coulón nuevamente a la primera línea de la política contingente, consciente de su responsabilidad y compromiso, asumiendo una candidatura al congreso por el distrito que abarca desde Concón, incluyendo Viña del Mar, Valparaíso, San Antonio y hasta Santo Domingo. En dicho contexto, su diagnóstico sobre el puerto principal es: “El puerto es una metáfora del reemplazo de la tecnología en perjuicio de los trabajadores organizados”, de esta forma “En la práctica el puerto se ha segregado completamente de la ciudad”. En esta línea continua: “Si el puerto significara una actividad económica inclusiva de la ciudad, la discusión sería diferente de una intervención tan brutal de su territorio, no compensando los beneficios a sus trabajadores”, luego asevera: “Puede traer beneficios para el país, pero no acarrea en similar medida una mejora en las condiciones de vida de los porteños”.

En virtud de este análisis crítico, su rol propuesto en función de los objetivos, es emplear su acervo como artista visualizándolo como una herramienta para promover políticas públicas, “mirar la política desde la cultura”, su ubicación es desde la cultura de modo tal que, desde este prisma, “la política es parte de la cultura y no en sentido inverso, en términos que la política utiliza a la cultura en determinados momentos paras su provecho”. De esta forma, la utilización de los espacios públicos es primordial para el desarrollo de los artistas, la difusión y ejercicio de la cultura como un bien público, en suma, como manifiesta no con cierta ironía Jorge Coulón: “Si hay una sociedad que juega su futuro en las loterías, algo en la realidad no funciona”.

No deja de ser altamente simbólico que, en el año del centenario de Violeta Parra, otro de los actores decisivos del Canto Nuevo, vuelva su vista hacia el Congreso, donde tanta falta hace que, sobre el frío mármol de su edificio, volvieran a sonar las cuerdas de una guitarra con sentido y razón. Espero que así sea. Qué mejor para la cultura y su desarrollo, que uno de sus hijos pródigos como promotor y escudero.

Rony Núñez Mesquida: Escritor, analista y observador internacional

 
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