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Sobre el autor

Serge Halimi
Director de Le Monde Diplomatique.
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Página de inicio >> Marzo de 2013

La mala elección

por  Serge Halimi

Cuando es demasiado tarde, porque le hemos dado la espalda a las mejores opciones, nos vemos obligados a elegir el mal menor. Nueve días después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, el presidente George W. Bush amenazaba urbi et orbi: “O están con nosotros, o están con los terroristas”. Siguieron dos guerras, la primera en Afganistán y después en Irak, con los resultados que conocemos. Una vez más, en Malí, habría que optar, urgente, entre los dos términos de una alternativa execrable. ¿Pues cómo resignarse a que bandas armadas portadoras de una ideología y de prácticas oscurantistas puedan amenazar a las poblaciones del Sur después de haber aterrorizado a las del Norte? Pero al mismo tiempo, ¿cómo ignorar que la invocación de móviles humanitarios, la propensión a criminalizar a los enemigos políticos –los talibanes afganos fueron asociados al tráfico de opio; las FARC a la venta de cocaína o a la toma de rehenes–, sirven a menudo de pretexto para operaciones militares occidentales, que reavivan las sospechas de neocolonialismo y, en definitiva, terminan mal?

Veinte meses después del asesinato de Osama Ben Laden, el cuerpo de Al Qaeda aún se mueve. Los talibanes, por su parte, se encuentran mejor que nunca. Tal como lo señaló el ex primer ministro francés Dominique de Villepin, “los centros neurálgicos del terrorismo –Afganistán, Irak, Libia, Malí– tienden a ampliarse y a estrechar lazos unos con otros, unen sus fuerzas, conjugan algunas acciones” (1). Cada intervención occidental parece hacerle el juego a los grupos yihadistas más radicales, quienes conducen a sus adversarios a conflictos interminables en los que terminan agotados. Los arsenales libios alimentaron la guerra en Malí; el día de mañana, ésta puede equipar a los próximos frentes africanos con armas recuperadas y con ex combatientes.

Para justificar la intervención militar de su país, François Hollande anunció que “Francia estará siempre presente cuando se trate de los derechos de una población, la de Malí, que quiere vivir libre y en democracia”. Una hoja de ruta tan poco razonable no puede sino chocar con el hecho de que el problema no es tanto el de “reconquistar” el norte de Malí, sino de garantizar allí una seguridad duradera que tenga en cuenta las reivindicaciones legítimas de los tuaregs.

Y esto, sólo para empezar… Luego, en efecto, habrá que preocuparse por las alianzas militares tejidas en las sombras, por la disolución de las fronteras africanas. Habrá que reconocer que ésta fue (y sigue siendo) alentada por prescripciones neoliberales que arruinaron la confianza en los Estados, pauperizaron a sus agricultores y a sus soldados, y alentaron la sobrexplotación de las riquezas minerales del continente negro por empresas occidentales (o chinas). Después habrá que admitir también que el tráfico transnacional de drogas, armas y rehenes no existe, sino porque cuenta con proveedores y con consumidores no africanos. Por último, habrá que conceder que la caída de la cotización mundial del algodón arruinó a los campesinos malíes, y que la sequía del Sahel se acentúa con el calentamiento climático.

Muy parcial, este inventario de temas que en general no interesan a nadie sugiere que la “liberación” de Malí por ejércitos extranjeros dejaría intactas las causas del próximo conflicto. En ese momento, podemos apostar, se nos obligará a “elegir”, después de habernos explicado que ya no queda otra opción.

1. France Inter, 18-1-13.

*Director de Le Monde Diplomatique. Texto publicado en Francia, febrero de 2013. Traducción: Florencia Giménez Zapiola


Le mauvais choix

C’est quand il est trop tard, parce qu’on a tourné le dos à toutes les meilleures options, qu’on nous somme de choisir entre le mal et le pire. Neuf jours après les attentats du 11 septembre 2001, le président George W. Bush menaçait déjà urbi et orbi : « Ou bien vous êtes avec nous, ou bien vous êtes avec les terroristes. » Deux guerres ont suivi, en Afghanistan puis en Irak. Avec les résultats qu’on connaît. Au Mali, il faudrait à nouveau, d’urgence, trancher entre les deux termes d’une alternative exécrable. Car comment se résigner à ce que des bandes armées porteuses d’une idéologie et de pratiques obscurantistes puissent menacer les populations du Sud après avoir terrorisé celles du Nord ? Mais comment ignorer que l’invocation de mobiles humanitaires, la propension à criminaliser les ennemis politiques (les talibans afghans ont été associés à des trafics d’opium, les Forces armées révolutionnaires de Colombie (FARC) à des ventes de cocaïne ou à des prise d’otages) servent souvent de prétexte à des opérations militaires occidentales qui réactivent les soupçons de néocolonialisme – et qui se terminent mal ?

Vingt mois après l’assassinat d’Oussama Ben Laden, le corps d’Al-Qaida bouge encore. Les talibans, eux, se portent mieux que jamais. Ainsi que le souligne l’ancien premier ministre français Dominique de Villepin, « les abcès de fixation du terrorisme – Afghanistan, Irak, Libye, Mali – ont tendance à s’élargir et à tisser des liens les uns avec les autres, fédèrent leurs forces, conjuguent un certain nombre d’actions ». Chaque intervention occidentale semble ainsi faire le jeu des groupes djihadistes les plus radicaux, qui attirent leurs adversaires dans des conflits sans fin où ils s’épuisent. Les arsenaux libyens ont alimenté la guerre au Mali ; demain, celle-ci risque d’équiper en armes récupérées et en soldats perdus les prochains fronts africains.

Pour justifier l’engagement militaire de son pays, M. François Hollande a annoncé que « la France sera[it] toujours là lorsqu’il s’agit des droits d’une population, celle du Mali, qui veut vivre libre et en démocratie ». Une feuille de route aussi déraisonnable ne peut que buter sur le fait que le problème n’est pas tant de « reconquérir » le nord du Mali, mais d’y assurer durablement une sécurité tenant compte des revendications légitimes des Touaregs.

Et cela, rien que pour commencer… Ensuite, il faudra en effet se soucier des alliances militaires nouées dans la plus grande opacité, de la dissolution des frontières africaines. Reconnaître que celle-ci fut (et demeure) encouragée par des prescriptions néolibérales qui ont ruiné le crédit des Etats, clochardisé leurs agriculteurs, leurs soldats, encouragé la surexploitation par des sociétés occidentales (ou chinoises) des richesses minérales du continent noir. Puis admettre que le trafic transnational de drogue, d’armes et d’otages n’existe que parce qu’il peut compter sur des pourvoyeurs et sur des consommateurs non africains. Enfin, concéder que la chute des cours mondiaux du coton a ruiné les paysans maliens, et que la sécheresse du Sahel s’accentue avec le réchauffement climatique.

Très partiel, cet inventaire de sujets qui n’intéressent personne en temps ordinaire suggère qu’une « libération » du Mali par des armées étrangères laisserait intactes les causes du prochain conflit. Lors duquel, parions-le, on nous sommera à nouveau de « choisir » – après nous avoir expliqué que nous n’avons plus le choix.

 
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