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Memorias en disputa. Por Ángel Saldomando

Entre el 1 y el 3 de noviembre de este año que expira se realizó en Buenos Aires el seminario Neoliberalismo, Crisis y Disputa por la Memoria, el VI Encuentro de la Red Interdisciplinaria de Estudios de la Memoria. El anfitrión fue la Universidad Nacional Tres de Febrero y tres programas centrados en la temática de la memoria. Como en todo seminario con enfoque interdisciplinario (estética, literatura, audiovisual, sicoanálisis, género, política; etc.) se hace difícil rendir cuenta de la riqueza de los aportes, en parte constituida por su propia diversidad. Una próxima publicación rendirá cuenta de ello.

Por lo pronto señalemos la pertinencia del lugar y del tema. Argentina está viviendo un proceso muy tenso por la tentativa de restauración de un modelo conservador neoliberal, liderado por el actual gobierno del presidente Macri y su alianza Cambiemos. Frente a ello intenta resistir otro modelo, de tipo desarrollista, con apoyo en el mercado interno e integración social, abierto políticamente a posiciones progresistas. Este es el nuevo contexto en que se debate una de las experiencias más importante en América Latina de valoración de los derechos humanos como sustento político de la democracia y de rescate de la memoria de las víctimas y de las violaciones de lesa humanidad realizadas por la dictadura que asoló el país hasta 1983. El país anfitrión dispuso entonces de sobradas razones para acoger un encuentro con el tema enunciado.

¿Por qué relacionar estos temas?

En primer lugar porque el neoliberalismo es más que un modo de organizar la economía nacional y los intercambios internacionales, es un formato social que modifica identidades y referencias para hacerlas funcionales a su legitimación.

La disputa por la memoria se constituye entonces en un amplio campo donde se debaten diferentes construcciones de sentido, de referencias, de identidad, que leen la historia otorgando o negando legitimidad para posicionamientos políticos, valores sociales, ética de lo público.

Es sobre esta base que se construye la historia, lo aceptable o lo inaceptable, cuestión que cruza todas las sociedades y que nos interpela en todas las dimensiones de la cultura y de la vida. Los materiales que concurren a esa construcción lo aportan los historiadores y sus fuentes, pero el campo es más amplio, interactúan con los medios de transmisión y sus soportes estéticos y culturales, con los contextos políticos y las dinámicas sociales. Es reconocido que el dialogo con la historia es una dialéctica constante con el presente, en el que la memoria sufre transfiguraciones, ocultamientos y revelaciones nuevas.

Hay un espacio para la perspectiva científica, como objetividad historiográfica, pero su politización y su contexto son acompañantes inevitables. Que de allí emerja un consenso, aceptado como verdad oficial, que se impone y se ritualiza, depende de hegemonías sociales que deben lidiar con otras versiones, subalternas, dominadas e incluso negadas. Esto es sabido y no cabe abundar mucho en ello.

Por ello, en cada segmento de la cadena que articula la memoria, podemos interrogarnos que tan vigentes están, que tan sólidos son y que disputas se desarrollan en torno a ellos. Y eso es lo que hemos hecho.

Trayectorias de memoria

Es sabido que las comunidades humanas no pueden vivir sin un sistema de referencias compartido, de una memoria que lo transmita, sin lo cual la idea misma de comunidad y sociedad no son posibles.

Surgen muchas interrogantes al intentar determinar el o los contenidos de la memoria. ¿Qué tan compartida es? ¿Cuál es su temporalidad? ¿De qué está hecha? Un cierto vértigo atraviesa estas preguntas, como si todo fuera difícil de aprehender. El zócalo de la “Historia” parece ser el único punto de apoyo, sin embargo, todos sabemos que este es también controvertido. Nuestras historias oficiales, me refiero a América Latina aunque no sea la excepción, han sido articuladas como relatos constitutivos de la Nación y el Estado, en todos sus aspectos clásicos. Pero las memorias son diversas y contradictorias, a veces se conectan con las historias oficiales, si estas se amplían e integran “las otras historias” o por el contrario permanecen distantes o sumergidas si son negadas.

De allí que en los intersticios sobreviven, y a veces crecen, memorias distantes: indígenas, inmigrantes, generacionales, sociales.

Hay que reconocer que ha habido poca apertura en la historia oficial, en una región históricamente dividida entre sus imaginarios coloniales, occidentales y modernizadores y sus realidades sociales, criollas, mestizas, indígenas, negras y postergadas.

En las últimas dos décadas las “otras memorias” han irrumpido en la disputa por el relato histórico, particularmente en el caso de pueblos indígenas. Pero ha sido la historia vivida durante los regímenes dictatoriales, con la violencia, la represión y la violación a los derechos humanos que las caracterizaron, la que ha sido un poderoso estimulante para la construcción de memoria en torno a una historia silenciada y negada. Ello ha abierto senderos insospechados y profundos hacia el cuestionamiento de las historias oficiales y de las referencias sociales e individuales con que actuamos y/o simplemente con las que nos justificamos. Más que las venas abiertas se trata de las heridas abiertas que recorren el continente.

Todas las sociedades que han vivido acontecimientos traumáticos que implicaron enfrentamientos internos, cambios drásticos en el poder y en las bases de la sociedad, con muerte, represión y exilio, heredan a sus contemporáneos y a las generaciones futuras el problema de enfrentar su historia. No sólo porque ello encierra polémica y polarización. El problema radica en algo más de fondo, esa historia encierra responsabilidades y culpas, que han tenido, por un lado, consecuencias específicas para individuos, y por otro, colectivas en términos de una evolución social condicionada que favorece a unos y castiga a otros.

Así, hay vencedores y vencidos, responsabilidades y culpas, que se deben establecer. Pero en qué medida y en qué dirección depende justamente de cómo se aborde ese pasado y cómo se relacione con el presente.

A modo de ilustración. Los alemanes e italianos tuvieron que lidiar con su pasado fascista, los rusos con el estalinismo, los españoles con la guerra civil y el franquismo, los franceses con la colaboración con los nazis y la guerra colonial, Sudáfrica con el apartheid, los latinoamericanos lidiamos con nuestras dictaduras y nuestras violencias endémicas. La manera en cómo se avanza en asumir la historia, en su doble carga de responsabilidades y consecuencias, no es un debate de salón ni académico, es una constante lucha entre grupos sociales y sus representaciones, con interés de ocultar o revelar, conservar o modificar, legitimar o desacreditar, la historia en la que han jugado un papel.

El dilema de lo bueno y lo malo, de lo mejor o lo peor que ocurrió, incluirá dosis de relativismo que ponderará las cosas con el tiempo pero nunca debe diluirse al punto de hacer de la historia un pantano donde se hundan los valores de una sociedad en torno a la justicia, la democracia, la libertad, los derechos, la autonomía y la dignidad de las personas. Ninguna sociedad puede progresar haciendo el impase sobre su historia. El indicio que esa lucha comienza a disminuir es cuando se fundan nuevos consensos como referencias aceptadas y dominantes en la sociedad. Pero ese consenso puede ser apologético y cerrado, o abierto y crítico. Podemos decidir que recordar y que olvidar, también se puede imponer el relato.

El conjunto de referencias significativas, que estructuran la conciencia de una sociedad sobre su pasado y de lo que ha llegado a ser, tendrá que establecer juicios y parte aguas y eso es lo que siempre estará en juego. Y no solo ya en relación a las dictaduras, sino que en relación con todos los aspectos determinantes en la construcción de una referencia compartida, por lo tanto de una memoria.

Las condiciones en que se elabora la visión de la historia y de la memoria es quizá una de las cuestiones más críticas. Es aquí donde los efectos del neoliberalismo son letales. No da lo mismo si existen o se carece de proyectos colectivos en los que pueda reconocerse, estructurar sus valores y canalizar de manera constructiva las diferencias sociales. No da lo mismo si la sociedad se encuentra fragmentada y si las expectativas de proyectos colectivos de integración y progreso social son minoritarias, con grados de escepticismo importantes. No da lo mismo si la confianza interpersonal ha disminuido, junto con la cultura, la educación y la organización social. Todo ello dice relación con procesos políticos, económicos y sociales que hasta hace algunos años imaginábamos cómo nacional. Existían los capitalismos nacionales, los desarrollismo nacionales, las independencias nacionales, las culturas nacionales, como contexto de esos procesos y por lo tanto de nuestros imaginarios y referencias. Lo siguen siendo, en parte, pero ha habido un cambio fundamental. Un nuevo formato social, progresivamente implantado por la globalización neoliberal, ha venido a condicionar de otra manera nuestra disputa por la historia, las referencias y la memoria.

El contexto neoliberal

El neoliberalismo como nuevo formato de prácticas, de valores, de imaginarios que acompaña una nueva configuración económica y social, horada todas las experiencias de vida. La nueva variable, que se volvió hegemónica en los años 80 del siglo pasado, establece nuevas coordenadas que agreden la expresión de referencias territoriales y culturales en sus más recónditas especificidades. La eterna búsqueda de identidad se asemeja cada vez más a una casa perdida.

El neoliberalismo ha pretendido convertirse en el país único: como “lugar donde se lleva la re-historización de símbolos culturales que son el producto de otro tiempo y otro espacio”. Es la nueva frontera que destruye las anteriores, pero también tiene que crear las condiciones.

El neoliberalismo fue analizado esencialmente como una gran transformación del régimen económico. Atacaba el estado providencia, allí donde existía o pretendía existir, mercantiliza la sociedad al extremo, niega los equilibrios sociales y fuerza una desregulación a gran escala de las economías nacionales y de los intercambios internacionales.

En nuestra región con estados nacionales incompletos, menos resistentes, derivas dictatoriales y grandes rezagos sociales, las reformas neoliberales generaron concentración de la riqueza, pobreza, corrupción y una suerte de guerra social interna que destruyó estados, mercados internos, localidades, regiones y forzó grandes movimientos migratorios.

En el plano social, se expandió la mercantilización de la sociedad, la pérdida de derechos y la transformación de los ciudadanos en clientes consumidores. El balance del neoliberalismo fue catastrófico luego de años de experimento, entre 1980 y 2005, aunque según los países esto ha sido más o menos extendido.

En medio de esta devastación una nueva configuración social emergió, acompañada de una profunda desestructuración social destinada a facilitar esa nueva configuración. Esa desestructuración fue interna y externa, pobreza por un lado, emigración por otro.

Las tasas de pobreza fueron altísimas, incluso para países con un largo pasivo en este campo y traumatizantes para otros como en la Argentina. La emigración por su lado se incrementó a niveles nunca vistos a partir de los años 80 y 90 del siglo pasado, hasta llegar casi a los 30 millones de latinoamericanos en la actualidad, por no mencionar otras zonas del mundo.

Esa nueva configuración, bajo forma de globalización neoliberal, se alejó de toda idea de raíces, identidades nacionales y forzó las fronteras a través de la globalización desregulada, la uniformización planetaria por medio de los objetos, y por las formas de consumo junto con los imaginarios que contrabandea.

Nuevo contexto

El neoliberalismo, con su imaginario de mercado global sin fronteras, ha pretendido convertirse y plantearse como un mundo único: un país-planeta. Entrar o salir de ese “país”, al que se ingresa por consumo y sin pasaporte, se convirtió en la nueva frontera, a la vera del cual quedan los pobres, los migrantes, los pueblos originarios y todas las categorías que imaginen siquiera vivir de otra manera.

El soporte tecnológico, las nuevas estrategias de las multinacionales, la concentración económica son los grandes pilares de esta nueva configuración.

La descomposición social y el vaciamiento cultural se expresa en la anomia generada por la desestructuración de sociedades, de solidaridades y movimientos colectivos. Con ello se produce la ruptura de los soportes de la memoria.

Han adquirido el poder o pretenden tenerlo de decretar que es nuevo o viejo, obsoleto o vigente, que se debe recordar o no. La sociedad no existe (frase célebre de Margaret Tatcher) y lo demás es manipulable al infinito. Como nunca antes un formato social ha hecho de la uniformidad maleable algo funcional a su contenido.

La gran disputa cultural se plantea en torno a la naturalización “de este país neoliberal”, pretendido cómo el único “normal”, en relación al cual “no hay alternativa” y que pretende ser sentido común: “siempre fue así”. La disputa se tensiona en las fronteras sociales internas frente a los que quedan afuera, y en la pretensión agresiva de borrar la memoria de movimientos, luchas y de personas asociados a proyectos colectivos. Solo deberían permanecer individuos, consumidores, desconectados, pasivos y aislados.

La disputa se expresa entre dar por sentado como única fuerza motriz a la globalización o considerar la recuperación de espacios, identidades y diversidad, que pueden ejercer la posibilidad del intercambio plural pero no al precio de su disolución. Eso expresa la contradicción entre la uniformización forzada y la producción diversa de sentidos y culturas que intentan resistir.

La disputa

De estas contradicciones surgen problemas relacionados con las convivencias posibles, la diversidad cultural y el respeto de las diversas construcciones de memoria. Pero una convivencia solo será posible si los códigos de civilidad ética, tolerancia y equidad logran sostenerse o quizá fundarse contra la exclusión, la violencia y el “país único”. Nos enfrentamos a territorios más complejos que aquellos que elaboramos en su momento en torno al exilio, el desplazamiento, el desarraigo. Las experiencias y las memorias que pueden inspirar los relatos se enfrentan a vidas transcurridas bajo la bandera sin colores de la nada. En esta suerte de tierra de nadie, a la que le somete el neoliberalismo y su modelo de sociedad, nuevos tipos humanos desarraigados están surgiendo.

Amplios grupos sociales y en muchos casos de la juventud; aparecen prácticamente descerebrados. Carentes de referencias culturales, históricas y colectivas. Un campo de disputa y conflicto está desplegado. El formato social neoliberal requiere de la amnesia colectiva y presiona constantemente para instalarla como un espacio de manipulación constante según sus necesidades.

Mucha o poca memoria

No pudo ser más oportuna la discusión final, sobre si optar por un olvido pacificador, una memoria congelada en el pasado cómo un cuadro o un exceso de memoria constantemente alimentada que nos interpela.

Hay ejemplos para cada una de esas opciones. El olvido pacificador tiene antecedentes de larga data, la paz con olvido luego de la guerra de religión en Europa, el olvido decretado por los antiguos griegos para supera la guerra entre ellos, o más reciente, la amnesia dirigida de la transición española para salir del franquismo. O simplemente el impase cómo en Brasil, o Uruguay hasta hace poco. La memoria congelada por el pragmatismo, cómo ocurrió en Alemania, Italia o Francia luego de la segunda guerra y más cercano, el caso de Chile. Por últimos los casos en que la memoria interpela como lo recuerdan justamente las comisiones de la verdad, lo sitios de memoria y diversas manifestaciones culturales en diversos países.

Entre olvido y memoria no hay un camino recto y único, la transfiguración es la constante. Sin embargo, también hay otra: el pasado siempre vuelve a manifestarse porque es lo único que realmente poseemos como trayectoria humana y es de lo único que podemos aprender. Hay aquí implícita una apuesta con la que nos debatimos, esta es: si la memoria contra el olvido nos ayudará a no repetir hechos dramáticos, a ser mejores y si quizá nos ayudará a construir algo; en lo que nos reconozcamos sin tener que ocultarlo, negarlo u olvidarlo porque nos avergüenza.

 
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