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A propósito del fascismo y de sus resurgimientos contemporáneos. Por Jean-Yves Mollier

“Aún es fecundo el vientre del que surge la bestia inmunda” escribía Bertolt Brecht en el epílogo que cierra La resistible ascensión de Arturo Ui en 1941. Pensando en el fascismo y, más especialmente en el nazismo, el dramaturgo no podía imaginar que setenta años más tarde el totalitarismo se cubrería con la máscara de la religión para renacer de manera fulminante amenazando nuevamente las poblaciones sometidas a su dominación. Al ver los hombres y mujeres jóvenes partir de Francia a Siria, algunos no han dudado en proponer una comparación con la guerra civil española y la formación de las Brigadas internacionales. Es olvidar demasiado rápidamente que quienes abandonaron su familia, su trabajo y sus amigos para arriesgar su vida en el frente del Ebro lo hicieron para ayudar a una República, la del Frente Popular, amenazada por una sublevación nacionalista y militarmente alentada por la Italia mussoliniana y la Alemania nazi. Si se quiere esbozar un paralelo histórico con esta época y esta guerra, cuyo horror fuera representado por Picasso en su cuadro Guernica, es más bien en las tropas extranjeras que se unieron a la Falange que habría que pensar. En los dos casos en efecto, es en nombre de valores inspirados de una lectura religiosa extremista – ayer el catolicismo intransigente exacerbado por la fobia del marxismo, hoy el fundamentalismo islamista que rechaza toda otra concepción del Islam, incluso el chiismo – que los combatientes extranjeros aceptaron matar a todos los que no pensaban como ellos. Como por añadidura, en la España de 1939, tanto en Madrid como en Barcelona, el ejército franquista practicó quemas de libros para hacer desaparecer todas las huellas de pensamiento heterodoxo, se comprende que, aunque comparación no sea razón, es legítimo preguntarse sobre el posible parentesco entre el fundamentalismo del siglo XXI y el fascismo o el totalitarismo que ensangrentaron el siglo anterior. Si se acepta que el fascismo instauró el partido único en el corazón de su concepción del Estado asignándole poderes policiales y militares considerables, que suprimió toda oposición para imponer su visión del mundo, que adoctrinó la juventud y las mujeres de manera a forjar un hombre nuevo y llevó la guerra fuera de sus fronteras para extender su imperio, entonces la mayoría de estos ingredientes se encuentran de nuevo en 2014 en Medio Oriente, Magreb y África, de manera casi idéntica. Por cierto el Estado islámico de Siria y Irak no se apoya sobre un partido único, pero su organización es parecida, tal como el absoluto adoctrinamiento de las conciencias o la imposición de una ley a la cual nadie puede escapar sino muriéndose, a saber, la charia, desviada del contexto que la vio nacer y transformada de ese modo en atemporal. Mientras que desde el siglo XVIII las Luces intentaron liberar al hombre y a la mujer de las servidumbres que les encerraban y les oprimían – monarquías absolutas, religión del príncipe extendida a sus sujetos, supersticiones y dogmas – y aunque Emmanuel Kant se exclamaba en su ilustre texto intitulado Was ist Aufklärung? (¿Qué es la Ilustración?): “Sapere Aude!” (No duden en pensar), la humanidad parece ya sin tener más ánimo para “llamar un gato un gato” (según la expresión de Louis Aragon cuando el Ejército Rojo intervino en Praga durante el mes de agosto de 1968). Si queremos disuadir algunos cientos de candidatos al yihad de dejar Francia para perder su alma en Siria, tenemos que decirles en primer lugar que esta opción corresponde a la del fascismo, del totalitarismo, de la barbarie, y que la libertad no está del lado del Estado islámico que afirma querer imponer su Islam personal al mundo entero restableciendo un califato, del cual sus miembros se olvidaron de todo salvo que reinaba sobre un inmenso territorio que se extendía hasta el Sur de España. Olvidando las verdaderas condiciones de su extensión, y principalmente la tolerancia filosófica y religiosa que estaban vigentes en Granada o Córdoba como en Marruecos o Alger, los que pretenden hacer vivir de nuevo el califato no son sus herederos sino los hijos de Hitler y de Mussolini.

Decir eso no consiste en lanzar el anatema y cerrar los ojos sobre las condiciones objetivas que podrían explicar sus gestos, sino más bien invitar a aquellos que les son próximos a salir de su mutismo o de su prudencia y, tal como en los años 1930, a tomar conciencia que sólo un movimiento masivo de la juventud y de los adultos contra estos avatares del fascismo que constituyen todos los fundamentalismos, sean ellos católicos, musulmanes o incluso hinduístas, permitirá reducirlos. En nombre del respeto debido a las religiones, se prohíbe hoy en día a los artistas ponerlas en escena y cada distanciamiento con ellas se asocia con la blasfemia, término cómodo para rechazar toda discusión. En nombre de una extraña concepción de la libertad humana, en algunos países se prende castigar con la pena de muerte la denominada apostasía, o sea, el derecho fundamental del ser humano de renunciar de manera plenamente consciente a una religión que se impone al nacer en beneficio de otra, o de un agnosticismo o ateísmo, que parecen haberse transformado en vergonzosas enfermedades. Si nadie piensa ya prohibir las religiones, no se puede evitar el espanto que produce constatar estos resurgimientos de una intolerancia que creíamos patrimonio exclusivo del pasado y de los totalitarismos que no aceptaban precisamente ni las diferencias entre los seres humanos ni las concepciones filosóficas opuestas a las suyas. Recordar esas evidencias nos parece indispensable en este fin de año 2014, durante el cual Francia vio a los oponentes al “matrimonio para todos” pretender conservar para ellos solos el beneficio de una ley que no suprime ninguno de los privilegios a los heterosexuales, que han sido hasta hoy los únicos a quienes se les podía aplicar. Si no somos capaces de entender que la tolerancia fue el principal aporte del espíritu de la Ilustración que sopló en Europa durante la segunda mitad del siglo XVIII y que el nazismo alemán, el fascismo italiano, el franquismo o las varias dictaduras que surgieron en el siglo XX en Portugal, Hungría o Rumania, buscaron romper con todo lo que tenía vínculo con la ideología de los Derechos Humanos y los grandes principios de Libertad, Igualdad y de Fraternidad impulsados por la Revolución francesa, entonces no podremos oponernos al fundamentalismo defendido por el Estado islámico de Irak y Siria.

Sí, el fascismo golpea a nuestra puerta; está incluso dentro de nuestras ciudades y nos puede tener ninguna complacencia frente a las tentativas destinadas a obligar a un ciudadano, cualquiera sea su edad, a adoptar una vestimenta, un régimen alimenticio o a rezar en un templo, una sinagoga, una iglesia o una mezquita, si no lo ha decidido él mismo. Es preciso declarar firmemente que estas prácticas no son sólo delitos sino también crímenes contra el espíritu, significa volver a colocar las religiones en su exacto lugar, el de la intimidad del fuero interno que, en democracia, no debería instalarse en el espacio público y menos saturarlo. Es también reafirmar que el espíritu crítico y la capacidad a introducir la duda en su razonamiento son virtudes que fortalecen la actividad científica y que éstas no pueden desaparecer, si no queremos sufrir una regresión que volvería la humanidad varios siglos atrás. La hermosa película de Ettore Scola Un día muy particular nos recuerda el peligro secretado por los regímenes, políticos o religiosos, que hacen de la uniformidad la regla y que envían al exilio o matan a los que no caminan al mismo ritmo que la masa. El libro de Jonathan Littell, Las Benévolas (premio Goncourt en 2006), ficción en la cual el protagonista es un intelectual nazi, barre la idea según la cual sólo los brutos o los espíritus débiles pudieron adherir a esta ideología que pretendía excluir toda forma de heterodoxia. En Italia, se utilizó el aceite de ricino y el garrote contra los oponentes, la tortura sistemática y luego en Alemania los campos de exterminación. En Siria y en Irak, los yazidis son perseguidos y eliminados tal como lo fueron los judíos y los gitanos durante la IIa Guerra mundial, los armenios de Turquía en 1915 o todavía los tutsis de Ruanda en 1994. En otros lugares, en Nigeria o en Afganistán, se queman escuelas para asegurarse de que las niñas no rasgaran algún día el velo de la ignorancia que permite la dominación de sus padres sobre sus madres o de sus hermanos sobre sus hermanas. Ya es hora de reafirmar estas pocas verdades y decir otra vez con fuerza que el fascismo no pasará si los ciudadanos se oponen decididamente y si cada uno consiente en llamar a un gato un gato y a un yihadista tipo Al Qaeda o del Estado islámico un asesino de la libertad y un fascista del siglo XXI.

Jean-Yves Mollier
Profesor de historia contemporánea
Universidad de Versailles-Saint-Quentin-en-Yvelines
Escrito para Le Monde, diciembre de 2014 (publicado solamente en parte en la edición del 31 de diciembre de 2014).

Traducción por Viera Rebolledo-Dhuin

 
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