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En este numero:

- La agroecología como respuesta al modelo convencional de producción de alimentos en Chile. Por Rodrigo Mundaca
- Los generales René Schneider y Carlos Prats: un ejemplo que debe guiar a las Fuerzas Armadas. Por Enrique Villanueva
- Latinoamericanismos desde la novela social y las comunidades de público lector. Antonia Viu entrevistada por Alex Ibarra

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De esos relatos… Para no olvidar el tacto. Por Nelson Rodríguez Arratia

Un relato tan antiguo, como tan contemporáneo, nos envuelve a tal punto de nuestra historia, que es lo vivido y lo por vivir al mismo tiempo. Un relato, como un cuento o un poema nos desafía siempre a un diálogo, que nace al sentirnos interpelados sea por la misma obra, como por el autor al que leemos. Hoy, el paisaje, la naturaleza, la tierra, también nos hablan e interpelan nuestros sentidos y nuestro sentido. Se trata de aquellas palabras que vienen y que reunidas encienden en nuestra vida, el sentido de lo venidero; pero sobre todo, el sentido que viene desde el propio pasado respecto de la historia, que nos adviene y muchas veces nos sobre pasa.

Y claro, nuestro presente está ahí, en frente nuestro, como tiempo que brota en él mismo. Como si en un hervor, se consumieran los días. Así, el curso de nuestra vida avanza arrastrándose en el oleaje de las horas, en las que esperamos, padecemos o recordamos. Nuestro presente, sería algo así como el lugar donde sentimos, que la plenitud de la vida está jugada en el ir y venir de un tiempo que llega y se esfuma, pues es la condición del presente. Pero, lo que debiéramos entender por plenitud vital, es mirarla en el tiempo, no en la fragmentación del mismo presente, sino desde lo que nos viene como pasado, y lo que nos despierta el futuro.

Se requiere de un cierto tacto, por el que podamos dejarnos sentir por lo que nos viene de pasado, para poder comprender que puede ser de nuestra vida en un cierto grado de plenitud. Un cierto tacto, pues se trata de hacer un ejercicio tan antiguo, como olvidado; es despertar nuestra sensibilidad, por la que el conocimiento, no sólo es la descripción de una información o la adecuación de las cosas en nuestra pensar, sino por sobre todo, el tacto es aquel conocimiento por el que despertamos a un espíritu de libertad para apreciar aquella verdad, sentido o acción que nos hace considerar que una vida buena es también una bella vida. Pues, por tacto, desde la epidermis, no sólo es lo que conocemos por sensibilidad sino también, porque somos tocados por la misma realidad.

Entonces, el tacto es una sensación externa del mundo, propia de la epidermis, pero también es un relato que se construye desde el interior del cuerpo. De lo contrario, ¿cómo explicar que aquellos, que, sin ojos, no siempre pueden reconocerse sin luz? Así, el tacto está en el sentido del placer, del dolor, y nos permite sentir el mundo, más allá de su exclusiva textura. Y, también, por sobre todo, actúa como presión, temperatura, intensidad, entre otras sensaciones, por las que dimensionamos el espacio, la relación con los otros y la relación con la naturaleza. De este modo, el tacto es un sentido ineludible, impostergable e imposible de situarlo en el olvido. Es condición de nuestro existir.

A propósito de tacto, texto e historia, hay un relato muy antiguo, como nuevo tal vez. Se remonta al Chile de fines del siglo XIX. Cuenta el relato de una mujer migrante, que como muchos de aquellos que llegaban a los confines del sur de América, con el mito a cuestas de hacer dinero fácil, por la abundancia que existía en estos lares. Con el frío, que paralizaba el cuerpo de cualquiera, había que hacer esfuerzos para el fuego, la cocina y las chimeneas. Al calor del fogón, se cocinaba, se comía y, en definitiva, se convivía. Era el espacio, en que el calor encendía los encuentros y los relatos, que configuraban la existencia cotidiana. Así, era la austral Punta Arenas de 1895.

Fue en julio del mismo año, el mes que registra las temperaturas más gélidas del siglo -20° bajo cero- las bandas armadas y militarizadas de estancieros; De esos dueños de tierras ofrendadas por el fisco, (pues si había estado, era indiferente con lo que les ocurría a las tribus indígenas, o la sobre explotación de las tierras) De esos dueños, amos y señores formaron bandas armadas para organizar la matanza de los onas –Selknam en su idioma- pues ellos vivían de la caza de guanacos y entorpecían la crianza de ovejas en los pastizales y praderas, tan ricas en extensión y nutrientes. Fue en un falso encuentro de paz, en el que encerraron a hombres, mujeres y niños y les hicieron desfilar por las calles de Punta Arenas. Lo más terrible y horroroso vino cuando las milicias de estancieros comenzaron a arrebatar a los niños de todas las mujeres Selknam. Ellas embestidas de sangre gritaban por las calles: “pikinini…pikinini”, que en la voz selknam o como se entendía en el castellano de la época: chiquitos; hijo o hija.

El relato pertenece a uno de nuestros mejores narradores o cuentistas chilenos: José Miguel Varas[1] y el cuento, como el grito de las mujeres buscando a sus hijos: Pikinini. Un cuento, un relato, tan antiguo y tan contemporáneo a la vez. Y aún más. Con el dolor que significa asumir: tan propio de nuestra cultura. Tal vez. Si, tal vez, pues hoy en las mismas tierras australes descritas, se encuentran las mismas empresas salmoneras, cuyas prácticas dejaron a Chiloé en aguas moribundas, contaminadas al punto de no permitir la vida. Habrá cuestión más contradictoria, que el agua, se convierta en muerte. El grito Pikinini es un grito que tocamos a diario en el olvido de os otros. Es un grito que nos toca, por el vacío de lo que se nos arrebata y perdemos.

Y cómo no aludir a la cuestión del tacto, después de tan cruento relato. Tan antiguo y tan contemporáneo a la vez. El paisaje se vuelve inconmensurable a lo largo de este viaje, por el recorrido que va de la realidad a la palabra. La relación del hombre con la naturaleza, es más que una objetividad por la que hacen presencia el árbol, las llanuras, los ríos o las estepas. En medio, de esa misma geografía de curvas y colores: ¡somos tocados! Por esa profundidad que hace sentir que nuestra existencia es el balbuceo de los labios, nuestros labios y los del paisaje, por el que la vida no queda a la deriva, sino hace esfuerzos de grito por dar forma y corazón a los latidos en que confluyen el corazón del hombre y el palpitar de la tierra.

Se requiere de cierto tacto, para volvernos a la historia. Se necesita de un cierto tacto, por el que seamos historia. Un tacto, para dejarnos sentir por el grito de la tierra y asumir, que nuestro origen o eso que llamamos ser latinoamericanos tiene su principio en la relación del hombre con el paisaje, con la tierra, con los océanos. Es en esta relación estética, de tacto, por la que nos construimos en comunidad, dando inicio a ritualidades y ritmos, que nos constituyen en cercanos, próximos y hermanos. Pues, la naturaleza se vuelve un nosotros y el nosotros se convierte en un habitarnos. Necesitamos de un cierto tacto, que nos permita encontrarnos, que nos permita reconocernos, que nos permita tocarnos. Se trata de un nosotros.

Así es, necesitamos de un cierto tacto, por el que todo conocimiento signifique el despertar de un nosotros, signifique el despertar de la fraternidad por la que nos constituimos en hombres y mujeres de esta tierra. Se necesita de un cierto tacto, para entender que el conocimiento no significa la conveniencia económica de algunos, por sobre otros, ni por sobre los daños irreparables que causamos a los hombres y a la tierra. Un cierto tacto para entender que el daño a la tierra es el daño a nosotros. Y que la angustia de nuestro tiempo es justamente, por la falta de tacto, es decir, de encuentro entre los hombres, para encontrar ese saber vivir y convivir. Ese saber, por el que tocamos y nos dejamos tocar, para vivir.

El texto de José Miguel Varas termina con un relato estremecedor: “Nunca he podido olvidar esos gritos…a veces, cuando camino por las calles de Punta Arenas…me parece escuchar como un eco lejano: pikinini… pikinini…”. Será necesario insistir con la expresión, de necesitar cierto tacto, para no dejar pasar el tiempo y gritar por nuestros hijos o hijas por el daño causado a la tierra, a nosotros, a lo que somos. Por el irreparable daño, de no haber aprendido a mirarnos, a sentirnos, a tocarnos; ajenos todos, hasta el incesante grito de la tierra diciéndonos: Pikinini.

El grito ¡Pikinini…Pikinini! nos sumerge en una reflexión que requiere permanentemente ser actualizada. ¿Es posible hoy una vida, que prescinda del tacto?; ¿Puede la piel llevarnos a las profundidades del misterio que significa ser un nosotros?; Más aún hoy ¿qué perspectivas de encuentro, de diálogo y conversación nos sitúan en el hacernos cargo de la cuestión del tacto, para comprometernos con el hombre, la mujer, la tierra y el mundo?

Precisamente porque hoy vivimos en un mundo o en una sociedad, cada vez más dada a la frecuencia del olvido, de la indiferencia, de la indolencia y de la demolición de significados, se hace necesaria y por qué no urgente, en nuestras escuelas y en nuestras universidades, una educación y reflexión del y desde el tacto. Sean las artes, la literatura o la filosofía por las que podamos mirar y significar la vida, la de otros, la de la tierra, desde el tacto. Pues, será desde el tacto descubrir, que la profundidad de nuestros sentidos vitales, también se deben a una cuestión de piel.

[1] Varas, José Miguel. (2017) Pikinini. LOM, Stgo. Chile. (Cuento inspirado, según el mismo autor, del testimonio de Doña Clementina Fidre Bonard, en su casa en Punta Arenas, en el año 1958.

Dr. Nelson Rodríguez Arratia
Esc. Filosofía. UCSH

 
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