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En este numero:

- Carta de solidaridad con la nacionalización de YPF de Argentina
- Un homenaje pendiente: mujeres y familiares de detenidos desaparecidos. Por Enrique Villanueva
- Respuesta sobre extradición de Ricardo Palma Salamanca. Por Galvarino Orellana (Freddy Cancino S.)

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El fantasma de la clase media. Apuntes de lectura. Por Luis Nitrihual Valdebenito

A Ana Segovia, por el libro

Milton Friedman vive en el sur (…) Tres peones se pasan el día sacándole brillo a su Premio Nóbel. Los domingos los libera. Y se van a trabajar uno como Secretario General, otro a Mideplan, el otro Economía. Sorpresas de la vida. De vuelta en estas viñas.

Fother Muckers

Publicado originalmente en 2011 con el título Chavs. The Demonization of the Working Class[1], este libro del columnista inglés Owen Jones, es un trabajo que desde una matriz, si se quiere periodística pues utiliza fuentes tales como entrevistas a especialistas, trabajo de campo del propio autor en su labor como periodista, material hemerográfico, etc., logra dar en el clavo con una de las cuestiones más interesante sobre la actual estructuración social bajo el régimen neoliberal. Se trata de un doble proceso de estructuración. Por un lado, la ampliación de lo que conocemos como clase media, creando una cierta representación de lo que es “ser” o “sentirse” perteneciente a la clase media y, por otro lado, el debilitamiento y demonización de la clase trabajadora. Pocos son los que se adscriben a la clase obrera hoy. Una mezcla de vergüenza y arribismo recorre los caminos de la composición social. Donde antes existió conciencia de pertenecer a una determinada clase social hoy no queda más que un olor a chanel, comprado en cuotas en un mall de cualquier ciudad de Chile.

Uno de los mayores triunfos del neoliberalismo y por qué no decirlo, de las élites político/militares/tecnocráticas, fue evitar que pensaramos en términos de clase. Hoy hay muchos intelectuales excesivamente preocupados por lo étnico, lo colonial, el género, etc., y muy pocos preocupados de ese anclaje estructurante que es la clase social. No quiero decir, por supuestos, qué estudiar los problemas de la discriminación étnica, de género y otros, esté mal. En absoluto. Es sólo que muchos de estos problemas se transforman en modas académicas que rentabilizan muy bien en los circuitos de consumo académico produciendo una sobrepoblación de lo mismo, dicho miles de veces. Otro problema de estas investigaciones es que muchas veces están absolutamente disociadas de la realidad que sufren las mismas “minorías” a las cuales tienen como objeto de investigación.

Pues bien, el problema más serio de esto es que aunque nosotros olvidemos el concepto de clase, marginado como uno de aquellos conceptos “comunistas” que buscan dividir al mundo, las élites tienen una perfecta conciencia de pertenecer a a quienes, como explican Aldredo Joignant y Pedro Guell[2], dirigen el destino de nuestros paises. Tal vez este olvido se deba, como señalan los propios autores, a la cercanía que tienen los propios investigadores con quienes serían objeto de estos estudios o, en el caso chileno, se deba a que los propios investigadores y académicos son parte de este grupo social.

Regresemos a Chavs, el libro de Jones. Se trata de un trabajo que no sólo logra su alcance en el estudio del comportamiento cotidiano y mediático de los ingleses, donde el autor demuestra con éxito como se construye, por parte de las élites políticas, una cierta representación de las clases trabajadoras. El texto comienza con Jones en medio de una conversación cotidiana, de esas que tenemos con amigos ya profesionales, y que son parte (o se sienten, al menos) de lo que se conoce como clase media. De pronto surge la burla hacia aquellos sujetos pobres que viven en la periferia, tienen muchos hijos y se mantienen gracias a lo que les entrega el Estado de Bienestar, o lo que queda de él. Este comienzo es acertado pues en las conversaciones cotidianas es donde realmente aparece el sujeto desnudo. Son esas burlas cotidianas que pasan por chiste, pero que en realidad revelan toda una concepción del mundo, las que deben preocuparnos. Basta entrar a redes sociales como Facebook o, una cuestión que me ha interesado desde hace un tiempo, leer los comentarios que los lectores dejan como registro en los periódicos online, para percatarse de la violencia con la cual se vive la cotidianidad. En Chile, este odio cotidianio, se observa cuando justamente aquellos que se imaginan de clase media, se quejan de los beneficios que tienen los pobres. Los flaites, los pungas, los piojentos, etc., son las demoninaciones más comunes para nombrar a ese conjunto heterogéneo de sujetos peligrosos y favorecidos por el Estado. Mientras, “la clase media está a su suerte” Este argumento es recogido en cada elección por políticos de todos los colores. Esta aspiración se cataliza entonces en demagogia electoral nunca satisfecha, pero ampliamente manoseada.

Hace unos meses publiqué una columna en un diario de mi ciudad donde mostraba como la discusión sobre las reformas educativas que propone el gobierno de Bachelet, tenía dentro de sus aristas más interesantes, la virulencia de clase con la cual se la vive. Más allá de toda esa puesta en escena pseudo intelectual de la clase política y de uno que otro experto, la verdadera sensación con la cual uno se queda, es de una profunda división de clase en la sociedad chilena. Hay una película que puede retratar muy bien esta cuestión, Machuca. En este film se muestran las propuestas llevadas a cabo por algunos colegios religiosos (la izquierda cristiana, por supuesto) donde mezclaron a pobres y ricos. La idea, obviamente, era cruzar esas barreras que dividen a la clases sociales para darnos cuenta que todos somos iguales y podemos vivir en armonía. Pues bien, una de la escenas más interesantes de la película es cuando una de las apoderadas de clase media señala frente a padres y profesores que no es posible, ni necesario, mezclar peras con manzanas. A pesar de tener una posición bastante moderada, esta mujer muestra que en realidad pocos quieren mezclarse con otros que sean de una condición social menos favorecida.

Vistas así las cosas no resulta extraño que exista una defensa corporativa de la estructuración de clase llevada a cabo por las reformas educacionales de los años ochenta de la dictadura. La educación ha sido un lucrativo negocio donde muchos no sólo han ganado dinero si no que han logrado lo que resulta más interesante de toda la discusión actual: la defensa que muchos sectores que gustan hacerse llamar de clase media, pero que en realidad son una clase concretada en el consumo y en las deudas que este genera, han realizado blandiendo las banderas de “su libertad”. Esta libertad se reduciría para muchos a la posibilidad de pagar por tener a su hijo apartado de los pobres que estudian en colegios públicos.

Hay un argumento reciente que demuele esta ilusión profundamente ideológica. Los resultados de la Prueba de Selección Universitaria (PSU) del 2014 muestran que 9 de los 10 colegios con mejores resultados son privados. Eliminando al Instituto Nacional, que en realidad es un oasis en medio del desierto, la educación privada, a la cual la gran mayoría no puede ni podrá acceder, reproduce a la élite dirigente del país. La resiliencia en este ámbito es sólo un accidente, no puede considerarse la norma sobre la cual asentar las posibilidades de movilidad social.

Tal como sugiere el libro de Owen Jones, uno de los mayores triunfos de la dictadura fue la instalación de los valores individualistas que indican que si usted se esfuerza, por ejemplo, pagando un colegio subvencionado a su hijo, este tendrá mayores posibilidades en la vida. No cabe duda que se trata de un fin nada reprochable. Lo cierto, no obstante, es que la reproducción de las élites se produce en esos 9 o 10 colegios y en esas 4 o 5 universidades donde llegan las mismas familias. Si usted se esfuerza puede que le vaya bien, el resto; es decir, el éxito, es materia de otros. La continua aspiración de las difusas clases medias de convertirse en élite, es una quimera equivalente a ganarse la lotería.

El libro de Owen Jones nos señala de manera enfática que en el caso inglés Margaret Thatcher tenía un claro objetivo: evitar que pensáramos en términos de clase. La Dama de Hierro quería acabar con la idea de que la gente podía mejorar su vida mediante la acción colectiva. La gente puede salir adelante mediante el enriquecimiento personal. Esta sería la máxima ideológica que subyace al proyecto inglés de la aliada de Pinochet. Esto ha recorrido un largo camino hasta nuestros días para llegar en la forma mistificada de cultura del emprendimiento. Un nuevo fetiche ideológico del neoliberalismo y que poco tiene que ver con desarrollo científico o industrial. Se trata más bien de hacer creer que mediante su esfuerzo e imaginación personal usted será capaz de vencer los miles de obstáculos que un sistema segregador como el el actual le imponen. Entonces armas tu pequeño negocio y pasas trabajando 10 horas al día en precarias condiciones y con escaso apoyo estatal. O te conviertes en profesional free lance y trabajas 10 horas diarias a honorarios, viviendo la precariedad del mes a mes o del año a año. Esa es la realidad del emprendimiento en Chile. Se trata de una construcción ideológica que busca asentar el individualismo estructural de la sociedad construida por Friedman y la Escuela de Chicago.

Una tarde bajaba en autobús por Madrid y en un puente había un grupo de indigentes. Junto a mi asiento iba un matrimonio, los dos ya pasados los 60 años con largueza. El hombre le muestra a su esposa, apuntando con el dedo, un grupo de indigentes que estaban tendidos sobre sus improvisadas camas compuestas por ropas viejas, cartones, diarios. –Mira las botellas- Le dice el hombre a su mujer Yo lógicamente miré, pero no logré divisar botellas. –La policía no los detiene- continúo. –No los pueden detener- Le dice ella. –Ahí está, ese es el problema- Luego, los dos se quedaron callados durante todo lo que duró el viaje. Se puede colegir de esta conversación cotidiana que para el hombre el problema de los indigentes era una cuestión de orden público. No se trataba de un problema siquiera humano. Es decir; pobre gente, deberían llevarlos a un albergue a pasar la noche. No. Él mezclaba dos cosas muy fáciles de juntar: alcohol y delincuencia. La solución, llevarlos a la carcel. Pues bien, esto puede resultar incluso poco humano, pero es bastante más común de lo que parece. En un país tan segregado como Chile esto se soluciona viviendo en guetos donde los ricos y las clases altas tienen sus propias escuelas, universidades y circuitos de consumo. El resto, debe conformarse con pequeñas viviendas uniformes donde viven varias familias o, en el peor de los casos, en campamentos donde no hay agua potable y las calles son polvorientos pasajes y crueles lodazales en invierno.

¿Pero cómo se forjó la demonización de la clase trabajadora de la cual habla Owen Jones? Para el autor la demonización constituye parte del experimento thatcherista de los años ochenta donde se forjó la actual sociedad inglesa. Al igual que en Chile, el proyecto de los años ochenta no fue sólo un experimento económico si también cultural. Se barrió con comunidades, industrias, valores e instituciones que eran vistas como parte del proyecto comunista de los setenta. En este marco, pertenecer a la clase trabajadora no es algo de lo cual estar orgulloso. Es algo de lo cual debe escaparse. Esta visión, según leemos en Jones para el caso inglés, no surgió de la nada. Fue la culminación de una lucha de clases declarada a intervalos por los conservadores durante más de dos siglos.

El autor inglés también tiene palabras para el caso chileno:

Keith Joseph y su camarilla librecambista eran partidarios del gurú estadounidense del libre mercado Milton Friedman. Cuando, en 1974, el Partido Laborista volvió a Downing Street con la promesa de "provocar un cambio irreversible en el equilibrio de poder y riqueza a favor de la gente trabajadora y de sus familias" las ideas de Friedman todavía estaban en buena medida confinadas a los libros de texto. La excepción era Chile, donde en 1973 el general Augusto Pinochet, con el respaldo de Estados Unidos, había derrocado al presidente socialista Salvador Allende en uno de los golpes de Estado más brutales de la torturada historia latinoamericana. Pinochet compartía uno de los principales objetivos de sus correligionarios británicos: borrar a la clases trabajadora como concepto. Se meta, declaró, era hacer de Chile no una nación de proletarios, sino de emprendedores[3]

Owen Jones nos muestra, en definitiva, el resultado de esa tensión permanente que estructura el comportamiento cotidiano, de los medios de comunicación y de las instituciones. Nos muestra el proyecto de largo aliento llevado a cabo por las élites políticas que de norte a sur han recorrido el mundo con su canción que habla del crecimiento económico y libre mercado. La demonización de la clase trabajadora es el resultado de un sistemático proceso ideológico que tiene su correlato en la exaltación de la clase media. Esa clase que sirve para alimentar la aspiración permanente de quienes se imaginan lejos de los trabajadores y cerca de los que nunca alcanzarán.

Luis Nitrihual Valdebenito
Director Centro de Investigación Comunicación, Discurso y Poder Universidad de La Frontera

www.comunicacionypoder.cl

Madrid, 2014

[1] Jones, Owen (2013). Chavs. La demonización de la clase obrera. Madrid: Capitán Sweing.

[2]Joignant, Alfredo y Guell, Pedro (Editores) (2011). Notables, Tecnócratas y Mandarines. Elementos de sociología de las elites en Chile (1990-2010). Santiago de Chile: Ediciones Diego Portales.

[3] Jones, Owen (2013). Chavs. La demonización de la clase obrera. Madrid: Capitán Sweing. p. 63.

 
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