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- Haití... hay de ti. Por Miguel Lawner
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Inminente intervención en Siria. Por Philippe Leymarie

El plan de ataque rápido a Siria podría seguir en pie a pesar del rechazo del Parlamento británico de acompañar a Estados Unidos. Obama también encuentra resistencias en su país ante una operación militar basada más en incertidumbres que en certezas.

Traducido al lenguaje técnico militar, el “castigo” podría ser de geometría variable. Por más que Washington repita que no se trata de voltear al régimen de Bachar Al-Assad –para engañar acaso a los que se sintieron estafados en 2011 por la casi libre interpretación del mandato emitido por el Consejo de Seguridad acerca de Libia–, todas las opciones “sobre la mesa” apoyan esa alternativa:

-  En primer lugar, una campaña de golpes de misiles de crucero, expuesta como corta y rápida (unos pocos días), que podría ser llevada a cabo por los cuatro destructores y los submarinos estadounidenses actualmente en el Mediterráneo; por un submarino o por bombarderos británicos; o por una fragata y los cazas Rafale franceses.

-  Una infiltración, desde las fronteras de Jordania y Turquía, de comandos sirios entrenados por los estadounidenses en esos países.

-  Y como fuera anunciado por París, un refuerzo de la ayuda militar a los rebeldes en volumen, pero también en una mejora de los armamentos que se les proveen.

El diario ruso Kommersant del 27 de agosto, basándose en opiniones de expertos, cree saber que ciertos aliados europeos, Turquía y las monarquías del Golfo como Qatar y Arabia Saudita, presionan a Washington hacia un segundo escenario, que implicaría una guerra aérea más larga y bombardeos más intensivos. Un escenario que se parece más a la campaña libia de 2011, cuando la fuerza aérea de los países de la OTAN les aseguró un apoyo aéreo a los rebeldes que se oponían a Muamar Gadafi. Y entonces sí, el objetivo final de esta operación sería voltear al régimen de Bachar Al-Assad, tal como fue el de Gadafi en Libia.

Existiría, según este diario, un escenario intermedio. Durante cierto tiempo Estados Unidos, con sus aliados europeos, bombardearía Siria para debilitar el potencial militar de Damasco, antes de retirarse a un segundo plano para ejercer principalmente funciones auxiliares. Los países de la región que buscan voltear a Al-Assad tomarían entonces la posta, con Turquía a la cabeza, que cuenta con el ejército más poderoso de la región. La fuerza aérea turca podría garantizar un apoyo aéreo a la oposición siria en las zonas clave del frente gracias a las bases aéreas de Incirlik, Konya, Malatya y Diyarbakir. El ejército de tierra también podría participar en algunas operaciones. En menor medida, ciertas fuerzas de elite de los países árabes que forman parte de la coalición anti Al-Assad, como Qatar, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, podrían cumplir el mismo rol.

El saldo del “castigo”

El tema del “castigo” hace acordar mucho al bombardeo del palacio de Gadafi, y a algunos objetivos en Trípoli en abril de 1986, ya por entonces a cargo del ejército estadounidense. O incluso a algunas incursiones israelíes sobre tal o cual objetivo sirio. Pero el perímetro de los blancos previstos para los golpes parece esta vez mucho más vasto: baterías antiaéreas, aeropuertos, depósitos, centros de comando, cuarteles. Faltarían sólo la presidencia, los ministerios reales, las centrales eléctricas y los puertos y se habría ejecutado una limpieza total. Para ir no se sabe dónde. Y al precio acaso:

De un desorden más o menos incontrolable en la región medio-oriental; de un incremento de la militarización en el mar Mediterráneo; de mayores riesgos para Israel (donde de nuevo se lanzó la carrera de la máscara de gas); de amenazas sobre los intereses y los habitantes de los países más comprometidos con esta ofensiva punitiva (Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos); sin hablar de la nota económica mundial, con una explosión del petróleo como consecuencia; e incógnitas sobre el carácter del futuro régimen sirio, y la suerte que le deparará a sus minorías, etcétera.

Los aliados de la campaña

Esta indefinición en los objetivos bélicos es tanto más sensible en Europa dado que Londres y París –que se encuentran en primera línea en esta campaña de castigo– son de hecho militarmente dependientes de Washington, y se ven reducidos a esperar el “silbatazo inicial” estadounidense, sólo a la espera de garantizarle a su participación una visibilidad suficiente. Algo que le viene bien al presidente Obama, adepto del “leadership from behind” (liderazgo a distancia, desde la retaguardia), ya experimentado con éxito en Libia, que tiene que tener en cuenta a una opinión y una clase política cansadas de las aventuras en Irak y en Afganistán.

Pero esta indefinición también limita las ambiciones europeas: en dos días de golpes aéreos ciertamente se puede “castigar”; pero harían falta, militarmente, semanas de ofensiva para “arreglar el problema” y asegurarse la caída de Bachar Al-Assad –que los dirigentes franceses y británicos parecen desear desde hace ya algunos meses–.

De pasada, se puede advertir la paradoja que guía a los franceses: de ser hostiles a entrar en la guerra de Irak en 2003, a querer ponerse a la cabeza de la ofensiva en Siria en 2013, dentro de una operación punitiva occidental (porque así es como se va a presentar) que no cuenta con la tradicional bendición del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y que sin embargo es expuesta en París hasta ahora como una garantía de legitimidad, una condición necesaria y, por lo tanto, un paso obligado. Francia, que no duda en invocar el derecho internacional, del cual con frecuencia pretende ser la guardiana, preconiza hoy en día pasarlo por alto, como el amigo americano, y en nombre del precedente de Kosovo.

Experiencias pasadas

En marzo de 1999, en un contexto de masacres a gran escala (Ruanda 1994, Srebrenica 1995), los occidentales invocaron una situación de urgencia humanitaria para justificar la campaña de bombardeos de la OTAN sobre las fuerzas serbias de Kosovo. La secretaria de Estado estadounidense de aquel entonces, Madeleine Albright, defendió la idea de una intervención “ilegal pero legítima”, en el marco de una “situación única”. La cual se estaría repitiendo en este momento: ¿cómo, por lo tanto, darles lecciones de legalidad internacional a los regímenes ruso, chino y otros?

Ahora bien, cualquier conflicto, cualquier intervención de las Fuerzas Armadas, sólo tiene sentido si desemboca en un proyecto político. Las dolorosas experiencias de estos últimos años en Irak, en Afganistán, en Libia, deberían haber dejado alguna enseñanza: estos países están hoy en día a sangre y fuego, son presa de atentados, del extremismo, del desorden. Suprimir todas estas aventuras, “cuyos informes tras el regreso de las misiones” (llamados retex por los militares) no llegaron a buen puerto, conduce a comprometerse ciegamente en una nueva ofensiva armada, con finalidades y consecuencias que siguen siendo, por lo menos, oscuras.

Notemos que Francia tendió, estos últimos años, a enfilar una guerra atrás de otra: Chad 2008; Afganistán 2009; Costa de Marfil 2010; Libia 2011; Malí 2012… y ahora Siria. Como si el sistema político hexagonal, y también su ejército, su industria de defensa y hasta cierto punto su opinión, necesitaran una guerra por año para “andar” correctamente… o para olvidar el resto.

Señalemos finalmente que a John Kerry, Secretario de Estado estadounidense, le da la cara como para denunciar “a quienes utilizaron el arma más monstruosa del mundo contra la población más vulnerable”, olvidándose de lo que hizo su país en Hiroshima y Nagasaki en 1945. Y eso justo en el momento en que su patrón, Barack Obama, Premio Nobel de la Paz, se prepara para lanzar su guerra al día siguiente de la celebración, en Washington, del cincuentenario del “sueño” de Martin Luther King. Así está el mundo…

* Philippe Leymarie es periodista.

Traducción: Aldo Giacometti

Publicado en francés en: http://www.monde-diplomatique.fr/

 
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