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En este numero:

- Carta desde Madrid
- Presentación de Jorge Huenchullán, vocero de la comunidad mapuche de Temucuicui, en Naciones Unidas en el XVIII Consejo de Derechos Humanos
- La justicia internacional y su rol reparador en la despenalización de líderes mapuche indebidamente condenados en Chile. Por Patricia Viera Bravo y Ruth Vargas-Forman

- Sumario completo



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LA CEGUERA DEL PODER por Ángel Saldomando

Es célebre la pregunta con que se dice Luis XVI quiso informarse en 1789 de los ruidosos acontecimientos que llegaban hasta las ventanas de palacio. -¿Es otra revuelta? Interrogó despreocupado. No sir, es una revolución, fue la respuesta. Hay otras frases para el bronce, más recientes de la clase política y del gobierno, que ilustran no sólo la incomprensión de lo que está pasando, también dan la medida de la resistencia del poder para reconocer que su orden está siendo cuestionado.

El desajuste

La incapacidad para comprender la situación, es uno de los síntomas más graves del desajuste entre el poder y la sociedad. Lo grave es que entre más se profundiza el desajuste más se agudiza el enfrentamiento, el conflicto deja de ser sólo un revelador de lo que va mal en una sociedad, se convierte en el costo del ajuste entre una nueva lectura capaz de generar una salida y la resistencia a aceptarla.

De un lado se formó una nueva lectura del proceso político en el país. Este está determinado por la conciencia mayoritaria que hay que hacer cambios en el modelo político y económico. Del otro lado se manifiesta la resistencia a asumir esta nueva realidad. En medio de los dos quedó atrapado el gobierno y las coaliciones políticas dominantes en la institucionalidad que controlan.

El gobierno se quedó sin norte, el suyo era ser más eficiente en la administración del modelo y fundar una derecha popular que le diera base política más amplia. La derecha tiene poder pero nunca ha sido una mayoría política. Ahora la eficiencia se transformó en colusión inepta, sale por todos lados el conflicto de interés, y por otro lado es más minoritaria que nunca en la opinión.

Por su lado, las coaliciones de derecha y centro están en la incapacidad de representar la nueva lectura de la situación del país. Tienen recursos y control institucional pero la dinámica del proceso, las movilizaciones y las reivindicaciones pasan por la calle y por fuera del tinglado oficial, generando además sus propios liderazgos y sus propias orgánicas de representación.

Carente de respuestas el gobierno y su coalición lanzan frases vacías que revelan solo su pérdida de capacidad de leer la situación. “En 20 años no dijeron nada” (Manuel García diputado RN) “El gobierno no dialoga cuando no se cumple la ley” (A. Chadwick).

Es evidente que instalados cómodamente en las rutinas del modelo político y económico que funcionaba en su favor, no advirtieron el agotamiento de este y el paso a una nueva fase política. No reconocen tampoco que la ley está cuestionada en su legalidad (origen dictatorial) y en su legitimidad, (la gente sabe que los dados están cargados) es decir no se acepta la desigualdad que protege la ley a favor de los grupos económicos y sus operadores políticos. El gobierno quiere hacer prueba de autoridad, está en su de derecho, pero la autoridad con una legalidad cuestionada y sin legitimidad reconocida, sin negociación real, solo puede usar la fuerza y agregarse al costo del ajuste.

El uso de la fuerza para restablecer el “buen orden” que se quedó sin piso político, es simplemente leído por la sociedad como abuso de la fuerza. El drama de todo poder de baja calidad democrática es confundir la imposición con la aceptación ciudadana y la incapacidad de cuestionarlo con adhesión. Los 20 años de la concertación crearon en torno a esto una ficción de consenso, administrada a veces como chantaje y a veces como intimidación de la sociedad, ese repertorio se acabó.

Poderes en pugna

Lo que aparece ahora son tres poderes en pugna, cada uno presionando por un tipo de orden social diferente. No se trata de la nobleza, el clero y el bajo pueblo, felizmente estamos en 2012, cualquier parecido es solamente por la porfiada división en tres sectores.

El del poder fáctico que tiene capacidad de condicionamiento sobre la política pública y cuyos canales de llegada al gobierno tejen una red de relaciones personales empresariales, políticas y un pasado dictatorial común. Es el orden en la sombra, el del privilegio, el de la puerta giratoria entre empresas, políticos y gobierno.

El del poder político institucional basado en dos coaliciones, una de derecha y otra de centro, en la hegemonía forzada por la ley electoral binominal, los cerrojos constitucionales y una centralización absoluta del poder político en las cúpulas santiaguinas.

El del emergente poder ciudadano, basado en nuevas coaliciones con capacidad de movilización social, ocupación del territorio y alteración de las rutinas del modelo dominante exigiendo más democracia y cambios.

La cuestión es qué tipo de orden social saldrá de esta pugna.

¿Qué pide la gente?

No es un misterio para nadie. Más igualdad social, mejor democracia, mejor regulación pública y protección de los ciudadanos, descentralización que equilibre el territorio redistribuya el poder y la representación. Las demandas sectoriales por más específicas y acotadas que sean no son más que la puerta de entrada a las demandas generales.

¿Qué está dispuesto a negociar el poder factico y el político?

Ese si es un misterio. Pasa de un discurso a otro, tergiversan, disfrazan para al final no ceder en nada.

¿Cuál es la consecuencia? La convicción se confirma en los movimientos ciudadanos que se está frente a una autoridad irresponsable, atrincherada solo en la defensa del poder grupal y no en la búsqueda del bien común. Ello mina las condiciones de una negociación en lo particular y en lo general.

En una sociedad democrática las diferencias en cuestiones tan de fondo deberían dirimirse por medio del ejercicio de la soberanía de la nación. La constituyente es una forma de soberanía, el referéndum otra, las elecciones una tercera.

En el Chile de hoy la pugna entre poderes y proyectos de sociedad necesita ordenar tiempos, agenda y prioridades, pero se carece de un itinerario político que asuma el conflicto mayor y que proponga el nivel de soberanía necesario para decidirlo. Las elecciones que se avecinan en el marco actual son completamente insuficientes, son apenas un viejo engranaje de la mecánica del orden cuestionado.

Esto abre un escenario de incertidumbre y turbulencia. Si los tres poderes se acercan, por medio de un nuevo entendimiento, el poder y el orden social se unificarán y reducirán sus tensiones.

Si se busca una nueva subordinación jerárquica, la cuestión es distinta, interroga los medios para lograrlo.

En la primera parte de la ecuación está la política, la movilización social y más democracia, en la segunda solo la fuerza, la reducción de espacios políticos y menos democracia.

¿Es otra revuelta? …

 
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