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En este numero:

- El concepto “política” desde el cristianismo. Por Juan Pablo Espinosa
- Globalizar las organizaciones sindicales. Por Nelson Soto
- Dinero + poder = oligarquía. Por Pablo Salvat

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Movimientos sociales: los indignados ocupando la calle. Por Alex Ibarra

(JPEG) Este domingo se marcó un nuevo hito en la múltiples manifestaciones que dan cuenta del agotamiento del sistema neoliberal que no sólo es posible por la Constitución existente sino que también por la defensa que han hecho de éste los representantes de la clase política inescrupulosa en torno a cuestiones concernientes a la ética cuando se trata de enriquecerse. De ahí que los defensores del “modelito” de mercado han guardado un rotundo silencio, sobre todo los fieles delfines que operan en el sistema político vigente, seguro no le conviene aparecer en estos momentos en que ya sacan cuentas sobre las elecciones que se aproximan. Tal vez sería bueno pedirles un pronunciamiento en las campañas sobre acciones concretas en estos temas como los del fraude de las AFP que afectan a toda la ciudadanía.

Lo que me parece interesante de las protestas que se dieron en varias ciudades de Chile es que se agruparon en torno a la consigna de “indignados”, es decir personas que se movilizan por recuperar una dignidad perdida. Esta vez el ciudadano no hizo el típico reclamo a voz baja, salió a la calle dio la cara y gritó en contra de algo que le parece injusto. Esta actitud tiene un valor político relevante, ya que es la aparición del ciudadano que ya no confía en los acuerdos a puerta cerrada que realizan sus “representantes”. Leo en este salir a la calle una manifestación de desacuerdo en el modo en que han actuado los políticos, de ahí que cada uno de los manifestantes haya decidido estar presente.

Este cansancio con la clase política también queda evidenciado debido a que la movilización no surge por la convocatoria de los partidos políticos, sabemos que éstos ya no convocan a la ciudadanía, su actuar los ha deslegitimado. De hecho los partidos políticos fueron estériles hasta para convocar a sus militantes en las primarias. La crisis política es de un daño profundo, no existen grandes estrategas en los partidos políticos para comprender estos hechos. La culpa de esta incapacidad es responsabilidad de ellos mismos desde que abandonaron sus escuelas formativas de líderes políticos optando por formar operadores y lobbystas.

El pueblo “indignado” no espera una solución mesiánica proveniente de la clase política. De ahí que algunos de los clásicos defensores de este “modelito” político-económico de haya ido del país y anuncie que es algo que varios deberían hacer. El mejor favor que nos podría hacer Buchi se daría si es que varios políticos activos lo siguieran.

Vimos a un pueblo que no se encapuchó, salió a dar la cara, era el rostro de las víctimas de un sistema que vemos cada vez más indefendible. Los protagonistas eran los trabajadores, es decir aquellos que producen la economía de nuestro país, porque hay que decirlo la economía no la hacen los economistas ni menos los políticos. La economía es posible mediante el trabajo, de ahí que el beneficiario directo debería ser el trabajador. Un país de sueldos tan bajos y con excesiva precariedad laboral como el nuestro es un país que no reconoce la fuente que sostiene la economía, razón por la cual los podemos responsabilizar de cualquier atisbo de inestabilidad económica. El trabajador aguanta mucho y nuestra economía depende del fruto de su trabajo, de ahí el peligro de no reconocerle su dignidad. Como decía un graffiti las AFP quieren decir Aquí se Fabrican Pobres, de ahí que se las perciba como un mal.

Aunque el pueblo no se encapuchó vimos que sobre todo en Valparaíso las Fuerzas Especiales reprimieron con gases. En columnas anteriores hemos advertido que estas prácticas son las que colaboran al aumento de la violencia y que por esta razón son desacertadas sus aplicaciones. Frente a la injusticia el único sentimiento no sólo emotivo sino que también más racional es la indignación. Por suerte, este tipo de acciones irresponsables políticamente no lograron causar reacciones más violentas de defensa.

La ocupación de la calle como medio de protesta es una vía de defensa de la soberanía popular, eso que tantas veces la clase política quiere negar. La ocupación del espacio público no es un hecho violento sino que es el ejercicio de un derecho y para eso no se requiere llenar formularios solicitando permiso. El filósofo mendocino Arturo Roig, como lo ha hecho notar el filósofo chileno del Elqui Sergio Romero, es uno de los principales representantes contemporáneos del pensamiento crítico latinoamericano. Roig en sus escritos ha dado algunas lecciones sobre la moralidad que contiene la protesta. La protesta surge de la urgencia por la transformación de un orden dado que agobia a la ciudadanía.

Protestas de este tipo que recuperan la calle y que pierden el temor a la represión instalada en estos años de posdictadura por la clase política defensora extrema del neoliberalismo que ha caído en altos niveles de corrupción, nos hacen pensar que “el fin de la historia” no es más que una mala frase ideológica que llega a su ocaso. La aspiración a mejores condiciones de vida es una posibilidad humana latente, la búsqueda de la igualdad de derechos no es la instalación de una tiranía, dicha idea sólo puede fermentar en actores ideológicos de escasa inteligencia, que tienden a creer que el pueblo es estúpido y fácil de engañar. Como dice el dicho no hay mal que dure cien años.

No basta con un día de protesta para transformar un sistema, menos si este tiene como sus principales pilares a una Constitución y a una clase política consensuada a su favor. La lección debe tomar la ciudadanía es que puede salir a la calle y de que no necesita la representación política de alguien que ya lo traicionó. Recuerdo las palabras del líder del Podemos español: “si no nos dejan soñar no los dejaremos dormir”.

Finalmente, es necesario señalar que lo que se viene promocionando como cambio constitucional, y esto no hay que cansarse de repetirlo, es un engaño, ya que el pueblo no es reconocido como soberano, la clase política le teme a la soberanía. Siguiendo al filósofo porteño Osvaldo Fernández el pueblo soberano, en cuanto se le teme, puede ser visto como el Leviatán. Sólo tendremos una Constitución democrática cuando se realicen cabildos vinculantes, cuando las decisiones no sean tomadas por políticos traidores o vendidos y sean tomadas realmente por el pueblo ciudadano. El pueblo soberano es el que tiene todo el derecho a ocupar la calle para manifestarse, pero también es el pueblo que tiene todo el poder para exigir los cambios que permitan el cumplimiento de sus anhelos de mayor dignidad y que permitan una liberación de las actuales condiciones de injusticia. Estamos hoy frente a una posibilidad política histórica que demanda nuestra responsabilidad ciudadana.

Alex Ibarra Peña.
Colectivo de Pensamiento Crítico palabra encapuchada. Docente Universidad Católica Silva Henríquez.

 
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