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Sobre el feminismo universitario. Por Camilo Carrasco Medina

Estaba revisando una declaración de principios que escribí hace unos meses respecto de mi posición frente al capitalismo neoliberalista, y me creí cayendo en obviedades. Creo, bastante se ha dicho contra el modelo económico Chileno y sus efectos en la precarización de la calidad de vida de les habitantes del territorio. Sin embargo, y principalmente movido por el texto de Naira Martínez Salgado en la edición de Agosto de 2018 de Le Monde Diplomatique, creo que hay otras definiciones que responden mejor a las necesidades de la coyuntura.

La estudiante de la Universidad de Chile se aventura en declarar que el feminismo universitario también es, además de una lucha contra el sexismo, una lucha contra el neoliberalismo, el clasismo y el racismo. Y lejos de parecerme obvio, me parece pertinente.

Un movimiento de corte revolucionario, como se ha planteado el de este año, no puede darse el lujo de no contener también críticas al modelo de producción, a las formas relacionales y a la propia estructura social de la realidad que busca transformar. Sin embargo, mi preocupación viene de otra situación.

Mi madre, Educadora de Párvulos, me comentó de un encuentro que tuvo con jóvenes universitarias feministas, y desde su indignación curiosa relata una situación que también he visto, y que me ha mantenido en un letargo de acción política por “respeto a la coyuntura”. Al abrir diálogo con el único varón presente en la reunión, y preguntarle si era él feminista, su compañera, su pareja se adelanta para responder que no, que no lo era, pues era varón.

Discúlpeme si considera que ésta declaración busca apropiarse de algo, que busco protagonizar la valiosa explosión sociocultural de los últimos meses, me excuso de antemano. No es protagonismo lo que busco, es inclusión, es respeto, es participación, es voz.

Desde mi tribuna como hombre (género del cual, incluso, he renegado en discusiones y foros públicos) no puedo permitir que se me niegue mi carta valórica por mi genitalidad. No creo aceptable tal violencia, y me permito a continuación comentarles porqué, creo, ésta revolución debe ser de todes.

Debo partir contextualizando-me. Fuí estudiante de Pedagogía en la Universidad de Concepción hasta que decidí dejar de exponerme a la contradicción que me suponía responder en certámenes de alternativas que la pedagogía era, en principio, emancipadora. La falta de evolución didáctica expresada en sus aulas me pudo, y las falacias políticas presentes en la organización universitaria tampoco ayudaron en retenerme. Fuí espectador, respetuoso, de la Toma Separatista de mi ex- facultad éste año. Con críticas, observaciones y desacuerdos, de los cuales me permito exponer aquí un par.

Puede ser, igual que el íntimo texto que guardo escrito a mano respecto al neoliberalismo, una obviedad postular que la dignidad de las personas está consagrada en mi constructo ideológico con la misma fuerza que en la declaración de Derechos Humanos, y me aventuro en defender que ésta no está sujeta al sexo de lxs sujetxs que ejercen la dignidad. En principio, y desde la bibliografía feminista, mi idea es feminista. No establezco, ni podría establecer, jerarquías respecto de lxs cuerpxs ni de los roles que ejercen en sociedad, y desde ahí rechazo el establecimiento de los llamados “roles de género” y todos los vejámenes que éstos conllevan.

Ahora, no es el sexismo la única forma de opresión que identifico en nuestra sociedad, y en ésto coincido con la escritora citada al inicio. También existen el racismo, el clasismo, y elijo añadir el adultocentrismo y el especismo.

No se me hace posible, hoy, con la información disponible y la memoria de las atrocidades que hemos cometido como especie en nombre de la “raza”, no condenar éste tipo de discriminación. Tampoco normalizar que hayan “países del primer mundo” y el resto, puesto que ni por antigüedad, ni por ilusiones de superioridad, se me hace justo jerarquizar territorios, pueblos ni comunidades.

En cambio propongo valorizar los saberes que cada una de las comunidades ha aportado al interminable cúmulo de conocimiento que hemos producido. Independiente de su PIB, cada territorio tiene una historia compuesta por personas.

Chile es un país de castas. No tan explícitas como otras sociedades, tal vez la India, pero presentes. Vivimos al alero y merced de un puñado de familias, otrora terratenientes, hoy acumuladores de capital, cuyos intereses se han defendido históricamente en los espacios de poder. Somos una sociedad, en principio, capitalista, modelo per se injusto, no corresponde encima suponer que aquellxs que lograron acumular mayor riqueza (sin discutir sus métodos, cómo han dispuesto de las milicias y la administración pública) gocen de mayor dignidad que aquellxs que han tenido que sobrevivir destinadxs a servir como fuerza de trabajo a éstos grandes capitales. La valoración de las personas, en nuestro país, depende de cuanto “esfuerzo” hayan puesto, bajo la lógica “meritocrática”, en la acumulación de capital, incluso cuando ha sido probado que las grandes riquezas de nuestra oligarquía económica se han construido a través del engaño, el asesinato, el robo y la explotación.

Del sexismo poco puedo decir que nuestras compañeras no hayan dicho, sin embargo, desde mi cuerpo puedo hablar de los vejámenes del sexismo contra los hombres “no tan hombres”, que no cumplimos con sus estándares de agresividad. Aquellos que nos inclinamos por carreras “femeninas”, que adoramos los saberes “menos masculinos” como las artes y la belleza. Aquellos que no nos creímos el modelo del patriarcado no somos menos feministas. O tal vez si, y tengamos que escapar al Queer cuando las puertas del palacio de la revolución se nos cierren en las narices.

Sobre las otras formas de opresión que la compañera omite, tal vez porque no estén presentes en su construcción ideológica, o porque simplemente no consideró pertinente mencionar en su análisis, me permitiré mayor extensión.

En el artículo “Retorno al Jardín del Edén” se cita al filósofo Jean Baptiste Jeangène Vilmer para probar que las construcciones que creíamos exclusivamente humanas también están presentes en el reino animal (si decidiésemos excluirnos de él), lo cual no puede sino demostrar que les animales debiesen contar con dignidad consagrada, así como nosotrxs, lxs otrxs animales, lxs pensantes. O más bien lxs hablantes que pudimos explicitar, documentar y comunicar nuestras intenciones, deseos, temores y afectos. Y así como Evelyne Piellier, muy acertadamente, describe que la dignidad le ha sido históricamente negada a lxs cuerpxs que no son considerados “humanos” (mujeres, esclavos, niñxs y minorías), hoy nos permitimos maltratar, en ocasiones deliberadamente y por el mero placer de maltratar, a lxs otrxs seres sintientes.

No olvidemos cuantos grupos defienden el Rodeo como una institución republicana, parte de la identidad de éste país carente de identidad. Parece obvio, desde postulados como los de la propia Piellier o de Peter Singer, que la evolución lógica del pensamiento consiste en irse despojando de prácticas opresoras, sin embargo, nuestra élite que en otros momentos se divirtiera apaleando “rotos” insiste en que el estado, y la sociedad cómplice, garantice su derecho de maltratar a otrxs.

Y no es sólo lo lúdico, existe una estructura global orientada en fomentar las formas de explotación animal en pos de la supervivencia de la especie humana basada en el consumo del resultado de esa explotación. Por ello, si bien el debate hoy, creo, debe enfocarse en descavernizar las prácticas recreativas de nuestra élite, pronto debiésemos estarnos cuestionando nuestra propia existencia sostenida en depredar a otrxs habitantes del planeta.

Ahora, cuando hablamos de “adultocentrismo” hablamos de la primacía de los intereses y saberes del mundo adulto por sobre lxs no adultxs.

Una estructura curricular rígida no permite el desarrollo integral de lxs sujetxs escolarizadxs, pues en prepararles para la rendición de pruebas estandarizadas se nos van sus vidas. Sin mencionar lo destructivo de la frustración académica, las limitaciones a la exploración, a la formación autónoma regulada, el modelo educativo chileno es violento. Y lo es principalmente por la sobrevaloración de los intereses adultos sobre los infantiles. El “bien superior de lxs menores” está dificilmente garantizado si lxs académicxs se encierran a decidir qué cifra debiese responder cada niñx, y el análisis de éstas medidas se hace sobre cifras que otrxs adultxs devuelven a la academia, totalemente adulta.

La deshumanización que ha significado la burocratización y tecnocratización de la educación no responde sino a intereses de perpetuación de un modelo que requiere sujetxs acríticos, no creativxs.

¿A quienes puede interesar ésta reproducción, sino a lxs adultxs beneficiarixs de éste modelo?

La respuesta, parece ser, desde las pedagogas movilizadas, una educación no sexista, una educación feminista. Sin embargo, si en éste feminismo no cabemos todxs, si en éste feminismo la genitalidad es la única credencial, no educaremos para la libertad. Podemos caer en una contradicción histórica, crear una nueva forma de educación sexista, negacionista de cuerpos masculinos.

Claramente una educación no sexista si es la respuesta al sexismo, pero no es el sexismo el único vicio que, ustedes compañeras, han identificado. Más allá aún, no son ustedes las únicas que han considerado el clasismo, racismo y el neoliberalismo inaceptables. Muchos cuerpos masculinos también nos indignamos con ésto, y plantear que no tenemos cabida en la discusión respecto de cómo rearticular la sociedad en pos de intereses realmente colectivos no es sino contradictorio.

Cuando se plantearon espacios separatistas, excluyentes, no pude sino sentirlos pertinentes. Claro que la clase oprimida debía articularse para la rebelión, pero ¿son sólo las cuerpas femeninas las victimizadas por el ejercicio del patriarcado? ¿no serán todxs lxs cuerpxs que habitan bajo el yugo del patriarcado víctimas de su violencia? Indiscutiblemente las expresiones más visibles y explícitas de ésta violencia se ejercen sobre las cuerpas femeninas, no puede haber otro resultado de la desvalorización de ellas en pos de nosotros. Y no es sino necesario evidenciar éstas prácticas violentas enarbolando un “nunca más”, pero es un estadio del proceso. No podemos permitirnos otro 2015, otra movilización universitaria que, satisfecha en el ego político, abandone la lucha con victorias mínimas (necesarias, pero cosméticas en naturaleza, sin grandes atentados a los constructos valóricos en los que se sostienen).

Hace mucho tiempo ya no basta con la praxis individual, y se nos convoca a la construcción desde la tribuna de “generación en ascenso al poder”. Esa construcción no puede tener calendarios académicos, no puede perecer en las aulas. No pueden, no podemos, conformarnos con otro petitorio aceptado a medias. Es una superestructura la que debemos derribar, y mientras más puños le golpeen más probable es su caída. Negar apoyos, cerrar la puerta a la militancia por genitalidad no es sino sexismo.

 
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