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AD10S por Jorge Vidal Bueno

Ha muerto Diego, y con ello un símbolo que desde el fútbol traspasó muchas fronteras. Podía ser celebridad, político, actor, cantante, imputado, DT y futbolista al mismo tiempo. Es un caso único, porque Maradona hace muchos años dejó de ser un futbolista, devino en símbolo viviente y parlante de una nación, que mientras él brillo, vivía sucesivas crisis: inflación, Malvinas, desaparecidos y un largo etc. Si Maradona estaba en la cancha y tenía el balón, todo ello pasaba a un segundo plano, porque con el balón en la zurda del Pelusa, todo parecía posible.

Maradona, quiérase o no, integra el panteón de la “Comunidad Imaginada” argentina, y por ello, la ceremonia del adiós, sólo podrá ser comparable a la de Perón o Eva. Es probable que una muchedumbre se rebele a las medidas que impone el Covid-19, veamos imágenes de hinchas haciendo procesión a su tumba, porque al ser símbolo de la nación, se requiere de un rito de despedida. Diego, desde la historia del fútbol se insertó en la historia de Argentina.

Es muy difícil señalar las razones que transformaron a Diego en una deidad profana. Quizás porque nuestras expectativas sobre los dioses no están atravesadas por las contradicciones internas que el futbolista enfrentó. ¿Puede ser una divinidad, un astro con la pelota, drogarse, ser defensor de los derechos de los futbolistas, amar los autos de lujo y admirar Fidel Castro, ser machista y al mismo tiempo representar al mundo popular subalterno? Los teólogos nos dirán que ello es imposible, pero los dioses y divinidades, como símbolos, no existen fuera de las sociedades, sino que ellas los construyen a partir de su propia tradición e historia, con sus propias tensiones.

Diego es parte del imaginario nacional-peronista, construido desde la industria cultural que es el fútbol. La pelota y sus logros lo elevaron a que su muerte signifique tres días de duelo nacional; pero el símbolo traspaso las canchas, para insertarse en escenarios que no siempre fueron confortables para quien se supone que debe concitar consensos. Maradona-divinidad es una expresión cultural y adquiere su fisonomía si se observa la tradición cultural peronista: nacionalismo, cristianismo y reivindicación de lo popular. Desde ahí se puede observar lo que podríamos denominar el “culto maradoniano”.

Pero este es un culto especial, ya que reviste características de lo que Alabarces ha denominado “nacionalismo plebeyo”, en el sentido que proviene desde abajo. A diferencia de otros cultos a la personalidad, típicos del siglo xx, Maradona podía enfrentarse a los medios, a políticos, a quien se le pusiera por delante; pero no tenía control sobre los medios que construyeron su figura en símbolo de la argentinidad. Maradona no estaba en condiciones de tener su Goebbels, que manejara la industria cultural a su antojo, aunque ésta estaba predispuesta a construir un “pionero criollo”, según la acertada acepción de Benedict Anderson.

Como símbolo hablante podía seleccionar por quién ser entrevistado, a que medio promocionar, a que periodistas estigmatizar, incluso dejar de rodar un película, como sucedió con el film “El día que Maradona conoció a Gardel”, pero no tenía la propiedad ni la capacidad orgánica de construir su narrativa, más allá de sus performance con los medios, que, especialmente después de 1986, no le permitían que no fuera Maradona. Todo lo que decía y hacía, devenía en trascendente y solemne.

La primera portada de Maradona en El Gráfico, corresponde a su edición n°3095, del 30 de enero de 1979, cuando la selección argentina juvenil obtuvo el Mundial Juvenil en Japón, siendo Diego su principal figura. De hecho, Maradona, hasta su traspaso a Boca Juniors en 1981, había sido portada de este medio en 13 ocasiones. Y sólo en una aparece como jugador de Argentino Juniors, en las otras es un jugador de Argentina. Este punto es relevante en la medida que El Gráfico, un medio central en la construcción del imaginario maradoniano, era un medio deportivo que era más que eso: fue un espacio con una posición estratégica en el campo futbolístico argentino en el que se construyó la hegemonía en torno al estilo de juego y la moral del fútbol trasandino, tal como sostuvo Eduardo Archetti en los años ´90s. Pese al papel que cumplió la industrial cultural argentina en la constitución de este imaginario, también los sectores subalternos construyeron a su “Maradona”, que se observa en los innumerables murales, tatuajes, poemas, canciones de barra y lienzos que le han dedicado, hasta el día de hoy.

Es que Maradona nunca renunció a su condición plebeya. Podía vivir en barrios acomodados, gustar por los autos de lujos, fumar habanos cubanos, lucir joyas, pero nunca quiso asimilarse a los sectores acomodados. Quien no lo vea así, observe como asistía al estadio a ver a Boca o Argentina, nunca se posicionaba desde ese espacio del “saber-futbolístico”, típico de los ex – futbolistas, él iba como hincha, con su camiseta y lo sufría así. Recuerden como celebró el gol de Argentina contra Nigeria en el Mundial de Rusia, cuando se descompensó, por la mismas razones que hoy lo llevaron a la tumba. Fue plebeyo, aunque se metamorfoseo de D10S, pero el pueblo siempre lo nombra como Diego.

El filósofo polaco Bronislaw Baczko, recordó algo que muchos olvidaron respecto a la muerte de Stalin. Más allá de las pompas fúnebres y el rito político que este evento significó, las lágrimas de los moscovitas eran reales, el sentimiento de desolación no era producido propagandísticamente. Algo así ha ocurrido con Maradona, las lágrimas que hoy se derraman, no son efecto de una propaganda, sino de un futbolista que traspasó la cancha.

Allende dijo que la historia la hacen los pueblos, en este caso deberíamos añadir, que los dioses también, por contradictorios que éstos sean, porque eso sucede cuando las divinidades bajan a la tierra. Esta tensión es subversiva, en la medida que nos obliga a reflexionar y constatar que los símbolos nunca son puros y unidimensionales.

Jorge Vidal Bueno
Sociólogo. Co-editor libro “Pelota de Trapo. Fútbol y Deporte en la Historia Popular”

Santiago, 26 de noviembre de 2020

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