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Aprender en tiempos de IA. Por Alfredo Calderón

Hay algo extraordinario que ha ocurrido en estos últimos años. Por primera vez en la historia de la humanidad, cualquier persona puede conversar diariamente con alguien que sabe más que ella. Y no con una sola persona experta, sino con miles. Matemáticos, médicos, abogados, programadores, historiadores, economistas, traductores y escritores parecen haberse condensado en una única interfaz capaz de responder preguntas en cuestión de segundos.

Si hace veinte años un estudiante tenía una duda sobre un tema, debía buscar un libro, revisar apuntes o acercarse a la oficina de un profesor. Hoy basta con escribir una pregunta en una pantalla. Y esto es, sin exagerar, una de las mayores democratizaciones del acceso al conocimiento que hemos presenciado. Muchos de los avances científicos, tecnológicos y profesionales de esta década surgirán precisamente de personas que aprendieron a colaborar inteligentemente con estas herramientas.

Por eso, me parece equivocada la idea de que la inteligencia artificial está destruyendo la educación. Sería tan absurdo como afirmar que la imprenta destruyó la lectura o que Internet destruyó el acceso al conocimiento. En realidad, mi preocupación es otra.

Creo que estamos comenzando a observar en muchos estudiantes una confusión entre tener acceso a una respuesta y haberla comprendido realmente. Y ambas cosas están mucho más lejos entre sí de lo que parecen.

Cuando era estudiante, aprender era un proceso lento. Recuerdo haber pasado días completos intentando comprender una sola demostración matemática. Había que leer un argumento varias veces para entender exactamente qué quería decir el autor. Había que subrayar, equivocarse, volver atrás y descubrir que aquello que parecía evidente no lo era. Décadas después, hoy como académico, sigo convencido de que aquella lentitud no era un defecto del proceso de aprendizaje, sino una de sus condiciones fundamentales. Las ideas complejas necesitan tiempo porque comprender no consiste en recibir información, sino en construir significado a partir de ella.

Precisamente ahí aparece una de las tensiones más interesantes que introduce la inteligencia artificial en la educación. Hoy ese mismo estudiante puede obtener una explicación detallada en pocos segundos. Nunca habíamos tenido un acceso tan inmediato al conocimiento. Sin embargo, una respuesta puede llegar instantáneamente; la comprensión, en cambio, sigue requiriendo tiempo. La respuesta llegó, pero el proceso que permitía apropiarse de ella muchas veces no ocurrió. Y una parte importante del aprendizaje no reside en la respuesta final, sino en el camino intelectual que recorremos para alcanzarla.

Las personas aprendemos cuando intentamos resolver un problema y fracasamos. Aprendemos cuando tratamos de explicar una idea y descubrimos que no la entendíamos tan bien como creíamos. Aprendemos cuando un texto exige una segunda lectura o cuando una cuenta matemática se resiste más de lo esperado. El esfuerzo intelectual no es un obstáculo para el aprendizaje; es precisamente uno de sus mecanismos fundamentales.

Sin embargo, cada vez observo con mayor frecuencia estudiantes que recurren a la inteligencia artificial antes de intentar comprender por sí mismos. Muchos ya no leen textos completos porque pueden obtener un resumen. Muchos ya no redactan una primera versión de un informe porque una máquina puede hacerlo. Muchos ya no desarrollan un argumento paso a paso porque una respuesta completa aparece en segundos. Y nuevamente, no los culpo. Nunca antes habíamos tenido acceso permanente a una inteligencia de este nivel. Es una situación completamente nueva para nuestra especie.

Durante miles de años el problema fue la escasez de conocimiento. Hoy comenzamos a enfrentar el problema contrario: la abundancia. Hay tanta información disponible que resulta fácil olvidar que comprender una idea y evaluar su validez son habilidades distintas. Una inteligencia artificial puede entregar una respuesta en segundos, pero sigue siendo responsabilidad de quien la recibe determinar si esa respuesta es correcta, pertinente o suficientemente rigurosa. El acceso instantáneo a la información no elimina la necesidad del juicio crítico; de hecho, lo vuelve más importante que nunca.

El juicio crítico no es la única capacidad que corre ese riesgo. Lo que estamos comenzando a observar en algunas salas de clases no son estudiantes menos inteligentes, sino estudiantes que ejercitan menos ciertas formas de pensamiento porque una máquina puede resolver parte del trabajo por ellos. La pregunta entonces deja de ser tecnológica y se vuelve profundamente humana: ¿qué sucede con una capacidad cuando deja de ser ejercitada de manera sistemática?

La buena noticia es que la solución no pasa por prohibir estas herramientas. La calculadora no fue el problema. Internet no fue el problema. La inteligencia artificial tampoco lo es. El verdadero desafío consiste en aprender a utilizarla como una extensión de nuestra inteligencia y no como un reemplazo de ella.

Un estudiante puede pedirle a una IA cien ejercicios adicionales para practicar un tema. Puede solicitar explicaciones alternativas cuando no comprende una materia. Puede pedir retroalimentación sobre un texto que él mismo escribió. O puede simplemente pedir las respuestas y continuar avanzando sin comprenderlas.

La herramienta es exactamente la misma. Lo que cambia es la actitud intelectual de quien la utiliza. En el fondo, la diferencia entre un buen y un mal uso de la inteligencia artificial no tiene que ver con la tecnología. Tiene que ver con la autonomía intelectual. Una persona que utiliza estas herramientas para ampliar sus capacidades probablemente aprenderá más. En cambio, quien las utiliza para evitar el esfuerzo de comprender corre el riesgo de volverse dependiente de ellas.

La dependencia tiene una característica curiosa: suele pasar inadvertida mientras la ayuda está disponible. Solo se vuelve evidente cuando desaparece. Quizás por eso la verdadera prueba del aprendizaje sigue siendo la misma que ha acompañado a estudiantes, profesionales y académicos durante siglos. No consiste en repetir una respuesta correcta, sino en ser capaz de explicarla, defenderla y reconstruirla cuando no tenemos ninguna ayuda a nuestro alcance.

La inteligencia artificial seguirá mejorando. Será más rápida, más accesible y estará cada vez más integrada a nuestras actividades cotidianas. Probablemente nos acompañará durante toda nuestra vida profesional. Pero precisamente por eso necesitamos aprender a usarla sin renunciar a las capacidades que nos permiten pensar por nosotros mismos.

Porque el objetivo de la educación nunca ha sido producir respuestas. Ha sido formar personas capaces de comprenderlas; y una persona incapaz de sostener una idea por sí misma difícilmente puede considerarse educada…

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