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Arte para respirar. Por Iria Retuerto

La explosión de violencia ocurrida en los colegios durante las últimas semanas es sobrecogedora. Hemos conocido otras oleadas, pero esta avalancha pareciera adquirir un cariz más oscuro, desbordado, con elementos de sadismo y sofisticación performativa, como amarrar a un niño y sacarle las pestañas. Que imagen tan dolorosa, tan espeluznante.

El ministro de Educación, Marco Antonio Ávila, tuvo una reacción rápida. Se adjudica gran parte del problema a los costos de la pandemia. Convivir en presencia es distinto que en virtualidad y pareciera que el encierro oxidó esa habilidad para relacionarse en vivo, hasta el punto de distorsionarla gravemente. Las consecuencias anímicas se van a ir vislumbrando poco a poco, de formas que quizás aún no imaginamos. El ministro también anunció que convocará un “Consejo para la convivencia escolar y no violencia” compuesto por expertos y expertas. Razonable: hay que analizar, estudiar las dinámicas precisas de lo que sucede y asumir los duelos que nos dejó tanta enfermedad, tanto miedo, tanta reclusión. Diputados, diputadas, alcaldesas y alcaldes, por su parte, demandan y sugieren medidas varias y de carácter inmediato.

Hablamos del encierro en pandemia, pero probemos a usar esa misma metáfora para mirar las escuelas. El encierro no se produce solamente por no poder salir de un determinado espacio físico, existe también en una dimensión metafórica, abstracta, lo que Henri Lefebvre llamó “espacio vivido”. Ahí sí que tenemos un encierro importante. Las escuelas son espacios limitados (que no necesariamente implica que tengan los límites necesarios), dominados por un curriculum que prioriza una sola línea de pensamiento, impregnados por relaciones que se debaten entre los extremos del autoritarismo y la negligencia/indiferencia, con propuestas didácticas que -salvo honrosas excepciones- adolecen gravemente de creatividad. Además, en ciudades tan segregadas como las chilenas, el colegio es un pedazo de barrio, una reproducción de sus dinámicas, un ensayo de la vida no en toda su amplitud sino en violenta reducción. Urge abrir las ventanas. No pasemos de un encierro a otro. Aprovechemos todas esas oportunidades de reflexión y de cambio, acojamos los bríos del nuevo gobierno y seamos valientes en la innovación.

Imaginamos que ese comité de expertos convocado desde el Ministerio incluirá no sólo a psicólogos, sino también a profesores y, ojalá, a artistas educadores. Esta vez no podemos dejar fuera del debate a las artes escénicas, audiovisuales y musicales, aquellas que construyen y vibran en colectivo. Esas artes que nos permiten justamente abrir los horizontes, encontrar historias propias y ajenas, aprender de límites no a través de prohibiciones o normas, sino en la emoción y el asombro que experimentamos cuando actuamos, bailamos, dirigimos, cantamos, tocamos o filmamos algo creado en grupo. Hay registros, de países con conflictos sociales complejos, como Estados Unidos, Reino Unido, Sudáfrica, en que las artes han abierto ventanas elocuentes y luminosas en contextos de violencia, marginalidad, discriminación racial, étnica, sexual. El arte escénico permite articular discursos reivindicatorios desde los grupos más excluidos, anima la escucha -muchas veces por primera vez-, visualiza a niños, niñas y adolescentes más allá de su performance escolar diaria, genera espacios liminales que permiten experimentar, aunque sea por un rato, afectos, formas de relación, vivencias que se salen de lo habitual. En Latinoamérica abundan también los ejemplos, barrios enteros agrupados por un proyecto musical en Brasil o teatral en Argentina, la danza como estrategia para reparar el daño de comunidades violentadas por la guerra en Colombia. En Chile son también múltiples las prácticas interesantes en las escuelas, en el trabajo con la diversidad funcional, en contextos de marginalidad y exclusión, así como el aporte de muchos los grupos, fundaciones, asociaciones, sindicatos y universidades que llevan años potenciando la inclusión de las artes escénicas en escuelas y espacios comunitarios. Son tantas y tantos que no podría nombrarlos aquí; todas son iniciativas con un trabajo sólido, pero poco escuchadas.

Me dirán que las artes escénicas están ya presentes en los colegios, en el curriculum para tercero y cuarto medio desde 2019, presentándose como opción a elegir entre veintisiete asignaturas posibles. Pero quizás las escenas de violencia que hemos vivido nos obligan a tomarlo más en serio, pensar una innovación curricular que deje atrás “un curriculum extenso y contenidista”, como señalaba el programa electoral del actual gobierno, para pensar en uno experiencial y abierto que incluya las artes. Un curriculum que busque construir, desde ellas, convivencia, pero también pensamiento y, sobre todo, facilite que entre el aire para respirar. Acepto el argumento manido de que “el arte no da para vivir”; a regañadientes, lo acepto, pero no olvidemos que el arte es esencial para otra cosa muy relevante y necesaria de ejercitar hoy en las escuelas: tener ganas de vivir.

Iria Retuerto es docente del Diplomado Teatro para la Intervención Social y Acción Ciudadana UAHC.

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