Página de inicio

Colecciones

Publicidad

Suscripciones

LIBROS

Librería

Postgrados y postítulos

AGENDA - Encuentros

Fotos

Contáctenos

Otros sitios


Se puede imprimir

En este numero:

- El envejecimiento de la Nueva izquierda Latinoamericana. Por Osvaldo Torres
- Qué piensan los 740.000 chilenos. Por Nelson Aquiles Soto
- Fallece Eric Hobsbawm - Manifiesto para la renovación de la historia. Por Eric Hobsbawm

- Sumario completo



Página de inicio

¿Qué significa decir y defender la “Dignidad humana”? por Juan Pablo Espinosa

El año que ya vamos finalizando ha tenido como concepto central la “Dignidad Humana”, especialmente referida en torno al aborto y a la defensa de la vida. El propósito de este artículo es indagar en algunas consideraciones en torno a este concepto desde una mirada ética fundada en la experiencia cristiana.

Hablar de Dignidad Humana en el escenario social y político actual es a nuestro juicio una acción contracultural y profética. Si realizamos un breve diagnóstico de cómo estamos como sociedad veremos que lo que menos se considera es la dignidad de la persona humana. Algunos ejemplos: Pensiones míseras para los adultos mayores las cuales muchas veces no les alcanzan para sobrevivir el mes. El tema del lucro en la educación por el cual vemos que sólo los sostenedores de colegios particulares subvencionados se han enriquecido durante años olvidando el centro del quehacer educativo, esto es la formación integral de los niños y jóvenes. Se habla y se pide el aborto, aspecto propio de una cultura de la muerte la cual ve al o a la que viene en camino como un estorbo, como un sub-ser que es necesario hacer desaparecer. Ofensas históricas contra las raíces de nuestros pueblos originarios o acciones discriminativas para con las minorías sexuales. Pueden ser muchos más casos. Los conocemos bien. Están ahí, punzándonos, urgiéndonos a tomar alguna postura como cristianos, seguidores y seguidoras del contracultural Jesús, Hijo de Dios e Hijo del Hombre, hermano de todos y todas, primer defensor de la dignidad de la persona humana, en la cual es capaz el rostro mismo de su Padre.

Si buscamos un concepto más o menos convencional de lo que es “dignidad humana” podemos recurrir a la Constitución Pastoral Gaudium et Spes (GS) del Concilio Vaticano II. GS nos dice que la persona es ante todo imagen de Dios, lo cual le da la capacidad de conocer y amar a su creador y a los demás respondiendo así a su condición esencialmente social. Uno de las notas constitutivas de lo que es la persona humana y su dignidad es la libertad con la que se debe elegir y obrar sabiendo siempre que cada acto individual que se realiza tiene consecuencias positivas o negativas en los demás. Es por la dignidad humana que se considera que la persona es un fin en sí mismo y nunca un medio para la consecución de un determinado objetivo, es lo que se conoce como imperativo categórico. Estas características que hemos enunciado nos permiten comprender que la vida humana y su consecuente dignidad aparecen como el valor más básico de toda ética y que fundamenta toda la acción social y cultural. Este valor singular que es la dignidad humana se nos presenta como una llamada al respeto incondicionado y absoluto por cada ser humano por el sólo hecho de ser parte de la especie humana y por ser, en términos cristianos, imagen y semejanza de Dios. Este respeto es de tal importancia que se hace extensivo a todos los que lo poseen. Filosóficamente se dice que la Ética y los valores poseen una condición que los hace ser universales y anteriores a toda experiencia. Es por ello que si ocurriese que una determinada sociedad decidiera por consenso dejar de respetar la dignidad humana, ésta seguiría siendo una realidad presente en cada ciudadano, lo cual se puede percibir en la exigencia que se hace de ella. Así también aun cuando algunos fueran relegados a un trato indigno o a realidades que van en contra de esa dignidad como por ejemplo los botones de muestra que citamos anteriormente estas realidades opresoras no cambiarían en nada su valor inconmensurable en tanto que continúan siendo personas humanas.

Ahora bien ¿qué lugar ocupa la experiencia cristiana y el mensaje de Jesús de Nazaret en cuanto a la defensa de la dignidad humana? Si realizamos un recorrido por las páginas de los Evangelios vemos como la actuación de Jesús es una que se ubica justamente en la línea de la defensa de los pobres, marginados, mujeres, pecadores públicos, etc. Él mismo anuncia que ha venido a liberarlos y a anunciarles el Evangelio (Cf. Lc 4,16-21). La defensa de la dignidad humana que realiza Jesús de Nazaret es una de carácter profético, es decir, denuncia todas aquellas estructuras religiosas, legales, sociopolíticas o culturales que legitiman la exclusión y por otra parte anuncia aquello que contiene en sí el proyecto humanitario de una sociedad transformada por el signo del Reino de Dios. Con estas acciones, lo que Jesús realiza es hacerse parte del mundo de los últimos, de los fracasados, recuperar sus relatos, sus palabras y alzar sus voces rompiendo los silencios obligados proponiendo una sociedad y una comunidad nueva que es alternativa a la lógica de los imperios, especialmente del reinado actual del “dios dinero”. Su bandera de lucha es justamente la defensa de la vida de todos.

La dignidad humana no es patrimonio único de los cristianos, sino que es un tesoro universal que, y usando la expresión de San Pablo, llevamos en vasijas de barro. La dignidad humana es la perla preciosa que corre siempre el peligro de caer en las manos equivocadas. No podemos reducir la defensa de la dignidad humana a la realidad vital de los que están por nacer, ya que eso sería una actitud farisaica. El respeto por la esencia de la persona humana va desde el comienzo hasta el fin natural. Cruza por los espacios del trabajo, de la educación, de la defensa de la ecología. Va caminando junto a nuestros pueblos originarios que buscan la recuperación y la legitimación de su lugar en el escenario nacional. Es parte de los hermanos y hermanas de minorías sexuales ya que también son miembros de nuestra frágil y turbulenta raza humana. Amar la vida y su defensa es el corazón mismo del Evangelio y del Reino de Dios. “¡El que tenga oídos que oiga lo que el Espíritu está rugiendo a las Iglesias!” (Cf. Ap 2,11).

Juan Pablo Espinosa Arce
Licenciado en Educación (UC del Maule) Profesor de Religión y Filosofía Docente de Ética IP Santo Tomás, Sede Rancagua

 
Contáctenos | Todos los derechos reservados | Todos derechos reservados © 2019 Le Monde diplomatique.