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En este numero:

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El control de las multitudes. Por Gastón Tagle Orellana

Probablemente el mundo esté algo convulsionado, tal vez siempre ha sido así. Las crisis son parte de la historia y, de hecho, se vive en constantes crisis que suelen llevarnos a resultados impensados. Nada ni nadie puede controlar la aleatoria materialidad de los acontecimientos, según nos señalaba Foucault, esto puede aparecer horroroso, pero no lo es. Resulta ser un foco de esperanza ante esta apuesta de “gran hermano” que ya había visualizado Orwell. Y ya que estamos hablando de Orwell, la situación actual de crisis que enfrenta Chile, no hace sino golpear la puerta del chauvinismo más barato que pulula por la clase dirigente chilena: de que las instituciones funcionan, de la justicia en la medida de lo posible, de que el mercado lo regula todo o de que esto o lo otro no es sino un acto republicano, algo así como el neo lingüismo orweliano Entonces, al abrir el velo que cubre esta sarta de mentiras, ha de sentirse la gente como “el último hombre de América”, parodiando el título original de la obra de Orwell, 1984 (“El último hombre de Europa”).

Muchos crecimos pensando que este país no era corrupto. La generación anterior creyó en la revolución socialista en democracia (Allende), con la pueril ingenuidad de un niño que no sabe que USA era el dueño del barrio (lo sigue siendo), luego vinieron los militares a hacer el trabajo sucio. Y ahora la democracia, tan anhelada como inalcanzable (al menos en Chile), llena de esos neologismos orwelianos, no sin antes haber eliminado del diccionario las palabras más hermosas como filosofía, educación cívica, sociología, historia, antropología, arqueología y por sobre todo, tolerancia. De verdad que no éramos un pueblo ignorante, éramos un pueblo humilde, de vida comunitaria, de barrio, con las puertas de nuestras casas abiertas, donde la palabra valía infinitamente más que una tarjeta de crédito y, además, un país que siendo pobre económicamente se estudiaba gratuitamente y con calidad. Esa educación que se echa de menos, esa educación de cultura clásica, llenas de filosofía e historia, una educación centrada en el hombre, sin los sacrosantos indicadores que sólo cuantifican y que son incapaces de entender la subjetividad humana; una educación sin paper indexados (porque así le llama ahora a los ensayos, por estas latitudes). Entonces, damos cuenta que el neo lenguaje hace su aparición, de la mano de los economistas [neoliberales], los nuevos sacerdotes y los nuevos vigilantes, que nos llenaron de cámaras, no para protegernos, sino para vigilarnos y que dentro de su superlativa ignorancia y obnubilación creen que se puede producir infinitamente con recursos finitos.

Hoy el país está enfermo, las dirigencia es inoperante, corrupta y mal intencionada. Dirigencia que vendió el país, cuya más vil manifestación de obsecuencia fue aceptar una constitución espuria hecha en dictadura. Chile es un país en donde todo se vende, porque esa es la consigna y cuando todo tiene su precio no hay ética, porque esta palabra también la sacaron del diccionario.

Un país donde el agua es privada, el mar es privado, las pensiones son privadas, las universidades, aunque estatales funcionan como privadas, las cárceles son privadas; en fin, un país donde, como tan bien se ha dicho, se socializan las pérdidas y se privatizan las ganancias.

Ha sucedido que las élites políticas viven ocultas de los electores y tienen el descaro de señalar que ante alguna ley compleja (divorcio, en su momento, aborto y despenalización de la marihuana, ahora), votarán en conciencia. Como si nosotros los eligiéramos por ello, olvidándose que fueron electos para representar la opinión de sus electores y no la de sus conciencias de dudosa limpieza, según los últimos acontecimientos. Las élites políticas chilenas, intrínsecamente endogámicas, han demostrado una indolencia supina y poco y nada les interesa la opinión de la ciudadanía. No hay mucha diferencia con la crisis europea, particularmente el caso de Grecia, de hecho Jürgen Habermas señaló hace pocos días que: “Las élites políticas de Europa no pueden seguir ocultándose de sus electores (…) Son los ciudadanos, no los banqueros, quienes tienen que decir la última palabra sobre las cuestiones que afectan al destino europeo” (El gobierno de los banqueros. El País, 28 de junio de 2015). Bueno, en nuestro caso nos encontramos con la perversidad de las AFP (Asociación de Fondos de Pensiones), ese engendro creado por José Piñera (hermano del ex presidente), las que amparadas en la ley (que ningún gobierno de la coalición de centro izquierda ha cambiado), utilizan los fondos de pensiones para hacer negocios, pero si salen mal perdemos y ellos no se hacen responsables del manejo que han hecho de este subterfugio, por otro lado los bancos piden dineros a las AFP y lo prestan a los ciudadanos con un interés altísimo, es decir: nuestros fondos son prestados a nosotros y debemos pagar por ello.

En síntesis, hay una crisis que tal vez Orwell imaginó y que este Gran Hermano, ante cualquier intento de contradecir la responsabilidad que le cabe a las élites, nos apuntará con el dedo y nos calificará con ese lenguaje orwelliano, diciendo que somos terroristas o somos parte de un terrorismo emergente (¿?) o que queremos destruir el estado de derecho y las sacrosantas instituciones de la república…, en fin, pero como dice un viejo amigo que está muriendo, en un tono esperanzador: “algún día volveremos a ser humanos…” y eso puede suceder cuando se den cuenta [o no] de la incontrolable aleatoriedad de los acontecimientos.

Prof. Doctor Gastón Tagle Orellana. Académico Universidad de Valparaíso Chile

 
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