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Cantando a favor del amor y contra toda pequeñez humana. Por Paquita Rivera y Alex Ibarra Peña.

Entibiaste la noche con el romanticismo del piano, la encendiste con tu estridente guitarra y la volviste a enloquecer como el amor al cual acostumbraste con tus canciones. Difícil sería evitar un poco de poesía para referirnos a este concierto que nos brindó, como tantas veces, Fito Páez. Músico que llenó el Teatro Caupolicán y que nos hizo a todos cantar y mover las cabelleras, o para ser justos con aquellos ochenteros y eufóricos fans, las cabezas en sus diversas y no siempre frondosas versiones; olvidándonos del frío.

Si bien el concierto anunciaba un encuentro con los grandes éxitos de la producción conocida, tan conocida que a ratos el teatro se convertía en un coro gigante, de todas maneras aparecieron algunas nuevas composiciones que testimonian la vigencia de su capacidad creativa tan valorada a este lado de Los Andes.

No sabemos si fue un afortunado accidente técnico o una preparada sorpresa, pero el caso es que el concierto comenzó a muy bajo volumen, casi como si estuviésemos escuchando en el “minicomponente” o en la “toca-cassette”, lo que generó una creciente silbatina que reclamaba: ¡No-se’s-cucha! ¡No-se’s cucha!. Entonces sucedió lo extraordinario: un acorde poderoso, gigantes y luminosos lunares blancos inundando el escenario y la apoyatura inconfundible en la expresiva voz de Fito. El sonido en todo su esplendor y la fanaticada reventando en euforia ante la explosión sonora y visual.

De ese momento en adelante, fue un constante dejavu. El frío teatro Caupolicán se encendía una y otra vez escuchando como en aquellos años, los innumerables desprejuiciados y cándidos homenajes hacia Fabi Cantilo; las citas a Charly, Spinetta, Serú Girán y Sui Géneris; así como los coléricos y siempre juveniles ires y venires escénicos de artista experimentado, cambiando con esa tremenda naturalidad que le caracteriza, del piano a la guitarra, de la silla al salto, rascándose y sacudiendo la cabeza en un característico gesto que despertaba la emoción extática del pasado reciente revisitado y remozado.

La donación no sólo tuvo que ver con lo artístico, una y otra vez buscando esa relación más directa y cercana con el público, recurriendo a la apelación a nuestras historias comunes refiriendo al Mapocho y a algún bar santiaguino. En todo momento buscó la empatía con el público, incluso al ironizar, tal vez un poco irritado, diciendo: “Nunca vi tanta desconcentración, supongo que cuando cogés no estás pendiente del celular”. Cada palabra, a veces estudiada y otras claramente nacida de las vísceras y de la adrenalina del momento, exudaba historia y rock and roll. Agradecidos presenciamos la vigencia de un artista atemporal, un eterno adolescente recargado con la madurez de la experiencia, en permanente y dinámica metamorfosis. Es así como tras interpretar uno de sus temas clásicos coreado por un Caupolicán en llamas, y desde esa libertad propia del creador consciente de su obra, simplemente anunció: “Ahora un tema instrumental…porque si no…para qué hacemos música”, activando una instantánea y esperanzadora reacción de respeto de los más de cinco mil espectadores, que sobre todo en esta última década, hemos sido expuestos a la fuerza a convivir con géneros “pseudo-musicales”; siendo este regalo sonoro y de imágenes astrales, un oasis a nuestro espíritu.

No sólo canto, música y poesía. Apareció ese artista comprometido con su mundo, el que se hace parte de las transformaciones a favor de un mundo más justo. El arte de vanguardia es revolucionario y no sólo de las formas estéticas. La expresión artística puede ser utilizada como arma a favor de los procesos de liberación, que requiere una práctica comprometida para vencer los obstáculos de la primavera popular, la experiencia del florecimiento de los excluidos. Y tiene razón: “las revoluciones antes se hacían en las calles” por eso eran más cercanas a la vida, como sus canciones que valorizan el cotidiano humano, demasiado humano.

Los artistas, amenazada su sensibilidad en momentos de agudización del control político institucionalizado, disienten de lo opresivo, se actualizan en la aguda declaración de “pelear contra los fachos y los nazis de mierda”. Claramente no es ésta una canción del baúl de los recuerdos, seguramente por eso la volvió a cantar y deberíamos haberla coreado más fuerte para que la escuchen los Piñera, Macri y Bolsonaro, recordándoles que “si no nos dejan soñar no los dejaremos dormir”.

Qué triste panorama para nuestros pueblos que ven disminuidas las garantías sociales que costaron tantas vidas de quienes nos antecedieron, ¡todavía hay desaparecidos! América Latina sigue oprimida, no hemos salido de la Colonia, nuestras élites siguen tomando esa actitud de servidumbre besando la bota del opresor. Somos un continente subalterno de aquellas grandes metrópolis que fraguaron el capitalismo y la dominación. Ni la refinada “civilización” francesa se salva en nuestro proceso de concientización.

Frente al conservadurismo tampoco se puede esquivar la crítica a las estructuras patriarcales. Los reclamos de las mujeres hace años vienen testimoniando nuestras insensatas prácticas machistas, abandonar estos comportamientos requiere de aquel travestismo que invita a que “todos los hombre seamos mujeres al menos por un segundo”.

Estamos en un campo de lucha frente al poder conservador, su reinstalación continental requiere de un trabajo arduo de descolonización y despatriarcalización. Gracias Fito por tu mensaje oportuno. Nos conoces demasiado. No todo está perdido y aunque titilante, el corazón nos sigue palpitando con entusiasmo utópico para redimirnos. Lo alimentamos con esos ríos de sangre subterráneos que corren bajo la blanca montaña heredada de nuestros ancestros conscientes de que el amor siempre sobrevive dando y dando.

Paquita Rivera.
Alex Ibarra Peña.
Colectivo Música y Filosofía:
“desde la reflexión al sonido que palpita”.

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