… a los primos Muñoz, mis queridos Jama y Fafo
¿Y si no fuera el lugar de las gaviotas, sino de las almas? Pero ¿qué son las almas?
Hoy me lo contaba Luis Armando junto al astillero artesanal de Coquihuil. Yo miraba atónito cómo hacían un barco, literalmente construyéndolo de la nada, como si fueran algún tipo de dioses, mientras la marea baja permitía que las dos mitades del pueblo se comunicaran a pie a través del lecho del río. Él me decía que cerca de Quemchi se encuentra la Isla de Aucar, bautizada por el célebre escritor Francisco Coloane como la “Isla de las Almas Navegantes”, porque comparó ese islote con un navío flotante donde los fallecidos aguardan su último viaje. El historiador me hablaba de esa isla-barco que a veces se une a la tierra, tal como esos barcos que vemos por todo el archipiélago y que parecen charlar entre sí cuando el agua se retira, quedándose varados, juntos, esperando la marea.
En esta zona, aunque nadie cree en los brujos ni en las voladoras, se siente que están en todas partes y que de alguna forma los han visto; juegan con nosotros o se llevan las almas de este lado del mundo hacia el otro. Se percibe en las viejas iglesias, hoy patrimoniales como la de Colo, o míticas como la de Quicaví, ambas tierras de almas de todo tipo; en especial las nativas, las de los legendarios huilliches que todavía habitan sus comunidades en varios rincones de Chiloé.
Más allá, en Rahue, cerca de Cucao, se levanta ese muelle creado por el artista Marcelo Orellana, que hoy funciona como un portal entre los que habitamos aquí y los lobos marinos de allá abajo. Esos lobos, al igual que las gaviotas, solo cobran sentido en su relación con las almas; por eso aquí las islas son, a la vez, cementerios y barcas que navegan los fiordos sin zozobrar. Cementerios, barcos, islas, chonos, huilliches, españoles, chilenos, almas: eso es, en parte, Chiloé. Todo suspendido en medio del mar y sus mareas, de la tierra y su humedad lluviosa, del aire y de un viento fuerte que lo mueve todo al pasar, junto a perros, caballos, vacas y toros, nutrias, ranas, zorros, ballenas, salmones, gallinas y gallos, ovejas, algunos gatos y tantas y tantas aves que juegan como si fueran almas pícaras.
Mientras este gentil viejo de mil años me habla, el río se termina de retirar y parece que las almas lo cruzarán alegremente. Luis Armando me sigue contando historias de brujos y navíos, pero también de terremotos como el de Valdivia, que allí se sintió de forma tremebunda y transformó por completo la geografía del lugar. Me habla también de los afuerinos que suelen llegar desde Santiago, buscando dejar atrás las cadenas capitalistas que los sostuvieron durante años para intentar vivir una vida real, lejos de la mera apariencia de la capital. Es muy posible que volvamos en febrero próximo para navegar en esos barcos-cementerios-islas hacia cualquier lugar; un rumbo que, con certeza, nos devolverá una vida que nos exteriorice en el paisaje, lejos de la mera repetición y reproducción que nos agota en estos tiempos tristes donde el humano ya no trata con sus almas, pues las niega, las quiere olvidar y, en fin, les teme.
Pienso entonces en esos jóvenes, decenas de chilotes, que estaban en la universidad tan atentos el otro día mientras presentábamos dos libros con la poeta catalana Anna Bou: uno de poemas para Chile y otro generador de mundos en el matiz de lo sutil. Esos estudiantes, con los ojos bien abiertos, preguntones y joviales, pendían de la palabra de los primos Muñoz, un par de primos que me permiten soñar que la revolución sí es posible en estos parajes, siempre y cuando las almas transiten por ciertos lugares y las islas se vuelvan barcas para que ellos sean sus barqueros.
Ahora, para terminar este escrito, mientras navego en una barca de almas junto a Luis Armando y a Anna, miro al frente y diviso la bella isla de Lemuy. Desde su cola viva en Detif, me saluda como si fuera una gran ballena que sonríe y cierra su ojo derecho. Me indica que quienes van hacia Quellón todavía pueden reiniciar el camino, ya sea por carretera o por mar, para que todo se transforme en una marea. Un vaivén que, en su movimiento, nos impela a vivir con las almas de forma ligera, las nuestras, las de ellos, las que sean, y nos quite el miedo a nuestra propia muerte o al nacimiento de tantos otros que vendrán cuando nosotros ya estemos muertos. Porque es navegando junto a ellas como se puede sobrevivir en un mundo tan plano y predecible como el actual, en el que el capitalismo lo va inundando todo de modo inexorable.
A lo lejos, veo pasar a una gran ballena jorobada que da saltos jugando en el agua, y sobre su lomo distingo al Toro Blanco riendo a carcajadas, y a Nelsa feliz con su mirada de niña traviesa…
¿Ya saben, mis queridos lectores, lo que son las almas?
Chonchi, 1º de noviembre de 2026
