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De la exclusividad de los “Otros” a un “Nosotros” inclusivo: Apuntes para pensar y sobrepasar las narrativas de identidad y alteridad en tiempos de COVID-19. Por Eduardo Gallegos Krause

Pretender conocer la propia imagen se convierte en una búsqueda enloquecida, agotadora (nunca se consigue), análoga al empecinamiento del que quiere saber si tiene razón al estar celoso.
Roland Barthes

A partir de los estudios culturales de los años 80-90 aparece como un lugar común el hecho de que los procesos de construcción de identidad social se articulan en torno a las fronteras de significación que son capaces de distinguir entre un “Otros” y un “Nosotros”. En esta lógica de la diferencia es en donde se funda el sustrato socio-histórico e ideológico para pensar la identidad en términos de cultura propia y cultura ajena, y que ineludiblemente operan como formas propias de las culturas políticas que fueron capaces de distinguir estados-nacionales particulares desde fines del s.XVIII.

El marcado acento excluyente-exclusivista ha encontrado campo fértil para florecer en la retórica política de líderes conservadores y reaccionarios en la forma de discursos de recuperación de una época mejor del tipo “make américa great again” o de la salida de proyectos inclusivo-comunitarios por cálculos egoístas y celos agotadores que buscan la univocidad de lo propio; léase “Brexit”, por ejemplo.

La actual contingencia sanitaria mundial ofrece la oportunidad también para que estos discursos de lo que algunos llaman “diferencia radical” salgan del estado de latencia en el que al parecer se encuentran generalmente, hayando una nueva excusa para situar a los otros en oposición al nosotros. Lo que debería entonces suponer dinámicas de cooperación y empatía por tratarse de algo que nos afecta a todos de manera global -y por eso el nombre de pandemia-, termina siendo el dispositivo ubicuo para la antipatía y la competencia enfermiza por supuestos valores nacionales.

En Países Bajos, país donde actualmente resido, un encargado regional de salud dijo en la televisión pública como justificación para no cerrar escuelas por las consecuencias del COVID-19 que los italianos adhieren menos a las medidas de higiene que los nerlandeses y que por eso en Países Bajos no era necesario tomar mayores medidas. La política sanitaria en ese momento se estaba basando en la ficción nacionalista de una supuesta identidad pulcra; un nosotros higiénico, mejor que los otros sucios. La tragicómica declaración del burócrata tuvo lugar en un programa que paradójicamente se titulaba “Hechos y Fábulas en torno al Coronavirus”.

A las pocas horas ví una publicación en Instagram de una chilena casada con un nerlandés que decía algo así como: “qué bueno que los holandeses ahora se estén lavando las manos, porque antes no se las lavaban ni después de ir al baño”. La batalla por el capital simbólico de la limpieza hacía en ese momento que los que se consideraban limpios frente a otros, fueran luego tildados a su vez de sucios. Nadie siquiera se pregunta por aquellos que no tienen el capital material básico para la higiene; agua potable y jabón. El caso es que en la búsqueda de la identidad aparece ineludiblemente entonces la narrativa de otro que no es como nosotros, donde las condiciones materiales son uno de los tantos mecanismos que fundan la distinción.

Otro ejemplo. Bolsonaro, el huevo de la serpiente Trump, dijo que “el brasileño no se contagia, salta a una alcantarilla y no le pasa nada”. Se conjugan de manera contradictoria en la retórica del ex militar la supuesta superioridad del país-continente latinoamericano con la reproducción pos-colonial/neo-imperial de la suciedad y de la degradación latina; esa que se encuentra en la supuesta raíz de los problemas de los “países sucios”, como Italia, Francia y España; que decir de sus antiguas colonias.

Se trata entonces de señalar el carácter de tal o cual región para rastrear el origen de la suciedad o la debilidad y lo mismo opera con la antítesis de esos valores. Se combinan así sinécdoque y metáfora como tropos discursivos asociados a topologías definidas; los lugares viles y poco higiénicos. Según Hayden White, quien fuera uno de los máximos exponentes de la reflexión epistemológica narrativista en los Estados Unidos, la degradación retórica del otro cultural opera como mecanismo de auto-definición positiva en tiempos de crisis. David Spurr, por su parte, rastrea el tropo retórico de la degradación como parte de los discursos imperialistas que se reproducen hasta bien entrado el siglo XX en la prensa.

“Seguí comiendo perro, seguirás siendo un virus, mientras q hacen sufrir a esos animales que sufran ustedes también.” Así versa un mensaje en Twitter dirigido a una persona china.

Durante la peste negra se acusó a mujeres de haberse acostado con el diablo y ser la cuasa del azote en la europa tardo-medieval; a ellas se les quemó por supuesta brujería. Los chivos expiatorios de nuestros tiempos modernos y secularizados no son ya los que no comparten la misma religión (aunque también), sino los otros que no comparten las mismas normas culinarias y de higiene y que tienen formas culturales distintas. Así, una extrema xenofobia se ha manifestado hacia la población asiática por identificárseles como la fuente del problema. Del mismo modo que en los noventa se estigmatizó a un continente entero, África, por ser la fuente del SIDA como expresión hepitómica y sintomática de la depravación no occidental, hoy se hace lo propio con países asiáticos, sobretodo China.

En esta dinámica lo humano se (con)funde con lo biológico generando una suerte de patología demográfica, de ahí que la respuesta de muchas personas asiáticas en Twitter ha sido el marcador #NoSoyUnVirus. Precisamente la naturaleza global del mismo virus nos propone una superación del espacio de los “otros” y de “nosotros”. La enfermedad pasa entonces de ser endémica a epidémica, reproduciendo la distinción entre locales y migrantes. Finalmente, el carácter PANdémico del virus termina anulando todas las distinciones posibles. Pero el virus en este sentido parece ser más inteligente que nosotros.

Razón tiene entonces el esloveno Slavoj Zizek cuando señaló que la pandemia pone de manifiesto la necesidad política de la coordinación y colaboración global: “se acabó lo de EE.UU (o quien sea) primero”; se acabó la dicotomía nosotros vs. Los otros, podría leerse. Pero ahí está el interés egoísta y exclusivo de Donald Trump, tratando de asegurar una vacuna con exclusividad para los estadounidentes por la que estaba dispuesto a pagar 1 billón de dólares. ¿Cómo escapar entonces de las narrativas excluyentes nosotros/otros? ¿Cómo generar una inclusividad sana y respetuosa del otro?

El filósofo Tzvetan Todorov, un búlgaro disidente de la URSS que buscó asilo en Francia, y que por lo tanto supo vivir en la tensión permanente de lo propio y lo ajeno, o entre la identidad y la alteridad, propusó hace algunos años un sugerente análisis que ha sido relevado a un segundo plano por las élites intelectuales. Todorov señaló que al entrar en contacto con un “otro” se le puede considerar diferente o igual; si es diferente será superior o inferior al “nosotros” que lo percibe, si es igual se le negará su particularidad. Por lo tanto esta dinámica de igualdad o diferencia opera siempre de manera violenta.

Todorov encontró respuesta para salir de la dicotomía propio-ajeno en la literatura de Goethe, ya que en ella según el búlgaro se abogaba por reconocer en las obras particulares y en cada cultura particular elemento comunes a todos, o sea, buscar en lo particular el universal. En la práctica y en nuestra condición planetaria enferma -figurada y literalmente- esto se traduce en una suerte de espacio entremedio entre el “nosotros” y los “otros”.

Dejar de preguntarse entonces por la univocidad de lo propio en ese espacio definido como lo idéntico (identidad) y pasar a vivir en el encuentro con el otro, la alteración constante de nuestras dinámicas de encuentro (la alteridad). Una intercultura donde se es y no se es al mismo tiempo como espacio dialéctico que permite salir de los límites del yo y el otro. Ya no Goethe, sino que otro literato, el nobel mexicano Octavio Paz se refirió precisamente a esa forma compleja de relacionarnos con otros al señalar: “La comprensión de los otros es un ideal contradictorio: nos pide cambiar sin cambiar, ser otro sin dejar de ser nosotros mismos.”

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