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Del legado del dictador, un olvido que está tan lleno de memoria. Por Nicolás Pinochet-Mendoza

Hay ciertos discursos que al ser compartidos por diferentes voces hacen ecos de una identificación de sentido, e inventan, a partir una idea, un pensamiento colectivo. En estos últimos meses se ha edificado una imagen que emerge como un importante punto para detener nuestra reflexión. De heterogéneas formas, pero con un mismo contenido se pregona: “borraremos todo legado del Dictador”, como gran proyecto de una experiencia colectiva. Existe una gran distancia desde el “borraremos” como el plural de una conjugación verbal en futuro que nos ubica en el lugar de la responsabilidad, hasta el acto de borrar como una ambigüedad de la conciencia.

La acción de borradura tiene el riesgo de una imposición por el olvido, y con ello la condena de su repetición. La repetición pone en entre dicho la posibilidad del olvido como un estado total, a la vez articula la aparente oposición entre olvido y memoria situando a ambos en una relación de dependencia de significación. Una significa a la otra y también viceversa; como espléndidamente escribe Mario Benedetti en el oxímoron que titula uno de sus libros; “El olvido está lleno de memoria”; en el que evidencia tanto la presencia del recuerdo en el olvido, como que el olvido es un verbo, un proceso y no un estado de ausencia total del recuerdo. Ya lo dijo Marc Augé: “¿no es cierto que un individuo dado -un individuo sometido como todos al acontecimiento y a la historia- tiene recuerdos y olvidos particulares, específicos? Me atrevería a proponer una fórmula: dime qué olvidas y te diré quién eres”. Augé nos conduce en un camino donde recordar u olvidar suponen la labor de un jardinero quien debe seleccionar qué podar de sus plantas en virtud de verlas florecer. La posibilidad de la flor se sostiene en la superación de ciertos estados como si fueran la poda de algunos de sus brotes: entonces podemos decir que “la flor es el olvido de la semilla”. ¿Qué es lo que deseo transmitir?, la metáfora del florecer de nuestra sociedad implicaría cierto olvido de sí misma como superación de alguno de sus acontecimientos históricos. Pero quiero ser categórico, el trabajo del olvido, en este sentido, no es la borradura del acontecimiento como si nunca hubiese sucedido, ni mucho menos establecer un hecho como una irrealidad, todo lo contrario, es la elaboración del acontecimiento como un trabajo con el olvido -siempre tan lleno de memoria-.

¿Por qué tomo el tema del olvido abrazado a la memoria como contrario a la borradura?, por su riesgo. Digamos que, en nuestra historia reciente existe una suerte de “política del olvido” como ejercicio de negación en la realización de una borradura. Es decir, una ejecución que recorre un sendero específico que implica la administración de los medios y recursos posibles para la instrumentalización del olvido como agente activo de una solución política. Sin muchos rodeos, la Ley de Amnistía (1978), su protección en el marco de la “política de los acuerdos” y el secreto de los 50 años.

Recordemos que, en dictadura, la supuesta idea de guerra civil propia del discurso militar sostuvo la concepción que el enemigo es interno. Esto dio lugar al “terrorismo de Estado” como un esquema que permitió la transgresión de los marcos ideológicos y políticos de la represión legal –establecida en el código jurídico-, por la puesta en marcha de los “métodos no convencionales”: que son un eufemismo de la aniquilación política y vital de los detractores al régimen. Es decir, actos que enmarcan las más atroces violaciones a los derechos humanos. En base a esto emerge el concepto “detenidos-desaparecidos” que engloba a toda persona que es secuestrada, interrogada, torturada hasta la muerte y que luego es ocultado su cuerpo por parte de agentes instrumentales del Estado. La desaparición forzada de personas fue un crimen no incluido en los manuales de justicia, por lo cual los hechores de aquellos actos no serían juzgados. La ley de Amnistía sostiene que, a pesar de evidenciar la intencionalidad de la muerte del detenido, su figura sigue siendo la de un detenido-desaparecido y no la de un ejecutado político. Bajo esta ley el concepto compuesto de detenido-desaparecido cumple una función encubridora de las ejecuciones políticas del Estado, que deja el acontecimiento criminal en un estatuto de (in)probabilidad. Es el hecho y no su probabilidad la que implica una responsabilidad criminal, por ende, la intención es proteger de condena a hechores e ideólogos de estos actos. Posterior a la dictadura, en adición a lo anterior, en el marco de la “política de los acuerdos” del gobierno de Aylwin, cualquier evento que signifique marcar la división entre bandos políticamente opositores fue desestimado, estableciendo así un mecanismo que regula y administra las decisiones políticas y sociales respecto de lo que es permitido rememorar. En otras palabras, una política de la negación como imposición de olvido. Este ejercicio es un trabajo político por desestimar el recuerdo de las violaciones a los derechos humanos en dictadura en pos de un acuerdo de protección. En esta misma dirección está en el carácter secreto de los antecedentes de la comisión Valech -creada para esclarecer las violaciones a derechos humanos en dictadura-, donde, con el fin de la protección de los y las declarantes, se establece un secreto que implica el no acceso al contenido de los antecedentes por 50 años, prohibición que incluye a los tribunales de justicia. Es decir, con el argumento del cuidado “subjetivo” de quienes son afectados por violaciones a los derechos humanos, se protege social y jurídicamente a los hechores de tales violaciones. En este caso el secreto es una imposición por el olvido, que a su vez se construye como sinónimo de impunidad, portando el riesgo de su repetición.

No olvidar para no repetir, una idea de sustento freudiano, no es caer en el extravío radicalizado de que todo deba recordarse. Hago énfasis en que el olvido es un mecanismo subjetivo que no puede, aunque se intente, ser obligado, sin embargo, lo que el otro puede realizar es la negativa a escuchar el recuerdo, a desmarcarse de su posible elaboración. En este sentido, si no es posible elaborar el recuero se estará condenado a repetir. Entonces, por un lado, la imposición por el olvido supone el intento de negación de quien recuerda, por el otro, la rechazo a escuchar la emergencia del recuerdo condena a la repetición. En otras palabras, se repite por no recordar y se repite para no olvidar.

De retorno y en concreto, existe un riesgo en la literalidad de borrar todo legado del dictador porque promueve su repetición al marcar con una ausencia la elaboración simbólica de lo acontecido. Lo que se logró con el plebiscito no es borrar la constitución de Pinochet, es elaborar su recuerdo y señalarla como un registro político-legal de lo inhumano. En los ejemplos citados -ley de amnistía, política de los acuerdos, secreto de 50 años-, el juicio no es solo la búsqueda por el castigo del culpable, es la elaboración del pasado en un acto simbólico que edifica los fundamentos de una sociedad al plantear aquello que no está permitido. Para finalizar, el “nunca más” es todo lo contrario a borrar el legado del dictador, es alzarlo en el lugar que le corresponde para evitar su repetición al mismo tiempo que lo señala como un criminal, más allá del discurso popular, en el discurso oficial. En otras palabras, la elaboración del olvido es un ejercicio de memoria, como lo ha sido todo el proceso por exigir una nueva constitución, como también sería su complemento en el posible juicio póstumo al dictador. Pues, como dijo Benedetti: “El día o la noche en que el olvido estalle / salte en pedazos o crepite / los recuerdos atroces y los de maravilla / quebrarán los barrotes de fuego /arrastrarán por fin la verdad por el mundo / y esa verdad será que no hay olvido”.

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