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Despertar en soledad. por Cristhián Gonzalo Palma Bobadilla

En la quietud de la noche descubro con asombro un refugio en el que mis ideas se apropian de todo cuanto las palabras no pueden decir y en el corazón del silencio, me entrego a la amenazadora fascinación de sentir que despierto en soledad.

Cuando Bataille afirmo que “en la base de cada ser existe un principio de insuficiencia”. Puso en evidencia cómo el vacío es también una posibilidad de ser y en cierto sentido, una incógnita constante que impulsa los cuestionamientos de nuestra especie sobre la inconclusa integridad existencial de su ser. Pero no es este vacío el que nos conduce a asociarnos, no es la insuficiencia la clave genealógica que instituye su comunidad. Por el contrario, si somos conscientes de esta insuficiencia se debe a que dichos cuestionamientos sólo tienen sentido a partir de nuestra relación con los otros.

Solo, el ser se duerme y encierra. Pero estar solo y sentirse en soledad son dos aspectos tan disímiles como encontrarnos en medio de una multitud y sentirnos realmente en compañía de alguien. La soledad no se consigna a ella como quien se consigna a estar solo. Es, por tanto, una ausencia en la que se consagra la unidad-común preservando la fragilidad humana al exponer sus limitaciones y asumir la imposibilidad de su propia inmanencia.

En la comunidad no reside un sujeto plural, no existe pueblo ni colectivo erigiendo una voz, no hay un lugar para la soberanía. En la comunidad sólo existen figuras diversas y antagónicas, interminables laderas grises que proyectan luces y sombras. En la comunidad muere la consistente armonía de los principios aristotélicos para que lo político vuelva a nacer. De este modo, el despertar de la comunidad implica penetrar los rincones más profundos de su soledad y especialmente hoy, implica confrontar los límites de nuestra condición humana. En este sentido, la pandemia le ha dado una perspectiva singular a la manera en que nos relacionamos en comunidad. El sólo hecho de recordarnos que la existencia humana es un fenómeno anecdótico y su continuidad improbable, nos devuelve la posibilidad de explorar más allá de los confines de nuestra sociedad contemporánea y sus categorías fundantes.

En busca de respuesta a preguntas olvidadas, el sujeto de la modernidad, impregnado de escepticismo, se alza en el desconcierto como si nadie pudiera esperar nada de él. Su arrogancia le ha conducido por un laberinto sin retorno dejándolo inmerso en la obstinada tarea de superar toda fuerza exterior. Y, a pesar de los extraordinarios avances en campos como la tecnología o la ciencia, la ausencia de preceptos éticos que le den sentido y valor a la vida, o la despreocupación por aspectos tan esenciales como la justicia o el bienestar de su comunidad, han hecho de nuestra sociedad la causa desencadenante de su propia tragedia.

En este contexto, la pandemia nos revela el modo en que ciertas determinaciones ónticas, predominantes en el plano estético o conceptual, han sido incapaces de responder a sus desafíos, siendo, en algunos casos, duramente superadas. Un ejemplo claro es el aporte del liberalismo. El liberalismo ha sido, sin duda, un sustento político importante para la consolidación del concepto de Estado de Derecho en occidente. Sin embargo ha sido extremadamente vago e insuficiente para promover principios basados en la corresponsabilidad social e ir más allá de los intereses o motivaciones individuales. Este es un aspecto particularmente complejo en la configuración de nuestra sociedad actual, si atendemos el hecho de que ciertos sectores han acaparado tanto poder que sus motivaciones tienen el potencial de corromper y desestabilizar la autonomía que debe existir en dimensiones tan sensibles como la política y los negocios.

La indescifrable constitución del ser le sitúa muy por encima del conjunto de libertades que históricamente ha consagrado para sí. En efecto, el que precisamente seamos mucho más que nuestras libertades individuales es lo que nos permite, en última instancia, defenderlas y experimentar la sensación de que hay algo pendiente, inconcluso, reivindicable. Por ende, cuando los asuntos de interés público permanecen recluidos en la política del silencio y la sociedad descansa a lo lejos, lo propiamente político del ser humano se sume en una espiral procrastina en que lo absurdo constituye su condena y consuelo.

En otras palabras, cuando el ser humano es despojado de su alma, separado por géneros, etiquetas y accesorios que diluyen su responsabilidad en un cuerpo político uniforme, erigido en el panteón de los nuevos dioses, entonces, se priva a lo propiamente político de su espacio en comunidad. Empero, la era de los grandes Estados agoniza revelando así la insuficiencia de sus valores y estandartes; cualesquiera que sean sus “ismos”, el porvenir de nuestras sociedades precisa de sustentos ético-políticos capaces de reconectar a las personas con su comunidad y a la comunidad con su medio.

La preocupación por el bienestar y el progreso no deben ser considerados como elementos distantes o extraños entre sí. No obstante, la completa funcionalización de la vida en torno a la economía genera enormes desequilibrios que no sólo debilitan el tejido social sino que desestabilizan nuestra relación con los ecosistemas de los cuales dependemos. Por ende, es primordial calibrar el enfoque productivo hacia formas de interacción mucho más responsables y armónicas con la vida en el planeta, con lo cual, la definición de lo público cambia radicalmente. En el futuro, la responsabilidad que cada persona adquiera con su comunidad, constituirá un elemento crucial para la definición y reapropiación de los espacios públicos. En este sentido, la dimensión pública y privada, serán concebidas como diferentes articulaciones en el desarrollo pleno de la intersubjetividad humana. La clave será entender el impacto que generamos en nuestro medio, comprender que las personas no son cargas que justifiquen el actuar o la intervención de la autoridad sino más bien, motores de cambio con un extraordinario potencial de crecimiento y mejora. La revisión de estos aspectos hará que nuestras comunidades sean más accesibles e inclusivas en el futuro. Esta transición, todavía lejana, nos afectará a todos, al igual que lo hace el confinamiento social, aunque entre todos quienes la transiten, nadie la experimentará de la misma forma y esta es otra característica del despertar en soledad.

En Chile, la pandemia y el confinamiento social al que conlleva, surgen en medio de un contexto de enorme cuestionamiento y dinamismo para el futuro de nuestra comunidad. Un momento en que la democracia representativa, afianzada en la ambivalente legitimidad de sus instituciones y su estrecha conexión con los grupos económicos de mayor poder; ha probado su obsolescencia ante el avance de las demandas y transformaciones sociales. En este contexto, la propagación del virus parece haber logrado lo imposible, contener provisoriamente el descontento. Sin embargo, esta aparente calma, lejos de atenuar la importancia de tales aspiraciones, evidencia la imperiosa necesidad de avanzar en ellas; brindándonos la oportunidad de reencaminar nuestras acciones hacia la consolidación de espacios de participación en que el desarrollo de las ideas prime, por encima de la violencia o la represión. Después de todo, la serenidad implacable que suspende toda ilusión de espectacularidad, nos invita a recuperar el sentido de vivir en comunidad, confrontándonos inexorablemente a cada enigma sin solución, cada escollo alienante, cada motivo para perpetuar la miseria en total ausencia de eventos que clarifiquen la inacabable inconsistencia de su conservación. Recuperar el sentido de vivir en comunidad para descubrir que el despertar y la soledad convergen más allá del confortable umbral que, por estos días, nos separa del mundo.

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