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Diane Wouters y la ingratitud chilena. Por Juan Pablo Cárdenas S.

Desde Bruselas nos llega la triste información de que Diane de Wouters ha fallecido. Muere una de las europeas que más se destacaron en la defensa de los Derechos Humanos, así como en la solidaridad con los presos políticos de la dictadura pinochetista, los refugiados chilenos repartidos por todo el mundo y con quienes combatieron al interior de nuestro país.

A la hora de su desaparición física se nos agolpa en nuestra memoria todo lo que ella hizo durante tantos años. Particularmente todo el apoyo que recibimos los periodistas y colaboradores de la revista Análisis, publicación que ella ayudó tanto a difundir, además de expresarnos todo su apoyo en aquel tiempo en que nos encarcelaban, clausuraban y amedrentaban de diversas formas.

Una religiosa católica perteneciente a la aristocracia belga pero que prefirió vivir discretamente y servir siempre a los pobres y perseguidos. Una de las precursoras, además, del mejor feminismo. Alguien que a primera vista podía parecernos adusta, pero en quien rápidamente se podía descubrir su bondad, sencillez, solidez ideológica y solvencia moral. Solo dos veces estuvimos con ella en Bélgica, donde nos atendió muy generosamente y llegamos a consolidar una larga y fructífera relación. Una verdadera amistad, si se me permite atribuirme este honor.

Pertenece ella a ese conjunto de personas solidarias que en todo el orbe colaboraron en favor de la lucha contra la opresión, pero sobre todo se dedicaron a acoger a los miles de compatriotas expulsados de nuestro país, y que llegaban de Chile resentidos brutalmente por la tortura, los largos años de cárcel y las múltiples heridas infringidas por el régimen cívico militar que irrumpió aquel infausto 11 de septiembre de 1973 y permaneció en el poder durante diecisiete años.

Quienes observamos en todo el mundo lo que fue esa inmensa solidaridad, siempre soñamos que cuando la democracia se restaurara todas estas personas iban a ser justamente reconocidas en Chile. Pero en éste, como en tantos otros aspectos, esta democracia jamás llegó y desde hace algunos años vienen muriendo estos notables servidores sin el tributo merecido. Y cuyos nombres ni siquiera se consignan en monumentos y centros de memoria.

Por el contrario, Diane y tantos otros recibieron el desaire de muchas autoridades pospinochetistas. La misma Diane fue fustigada por asumir que todos los combatientes políticos chilenos todavía en Europa durante el gobierno de Patricio Aylwin eran dignos de retornar a su país, sin las discriminaciones odiosas definidas por gobiernos de la Concertación. Diane se negó a aceptar, como pretendió La Moneda, que había presos o exiliados de conciencia o de sangre, como se decía. Con la experiencia que ella tuvo de vivir la Segunda Guerra Mundial y el nazismo para observar que la lucha por la libertad y la justicia tienen diversos y legítimos métodos para expresarse, exceptuando por supuesto el terrorismo.

Le resultaba paradojal que se discriminara respecto de la situación de unos y otros, mientras los más feroces criminales y los más inescrupulosos empresarios tomaban sitio en el nuevo parlamento chileno y empezaban una larga connivencia con los nuevos moradores de La Moneda y las instituciones económicas que los encantaron hasta corromperlos. En una impunidad que solo se frenó parcialmente con la detención del Tirano chileno en Londres y su repatriación a solicitud del gobierno “democrático”. Liberándolo, con esto, del juicio universal que se merecía como los grandes dictadores y genocidas europeos.

No; Diane Wouters no acompañó, tampoco, a los regímenes europeos que prefirieron hipócritamente no inmiscuirse en los asuntos internos de nuestro país, pese a que sabían que la solución chilena tenía el sello y el membrete de los Estados Unidos, como la complicidad de algunas organizaciones internacionales. Para ella, la democracia era un desafío mayor y un cometido permanente; por lo mismo los que han seguido luchando por ésta no podían ser estigmatizados como por largo tiempo se hizo y se continuó haciendo.

Sabemos que no somos pocos los que conocimos a Diane y por ello mismo nos obligamos a entregarle el tributo que la política y las instituciones oficiales chilenas le mezquinaron. Por lo demás, ella nunca exigió nada y prefirió ser solo una humilde samaritana. Una monja sin hábitos, como se decía, pero que el Evangelio le brotaba de su boca y acciones. Es explicable que millones de chilenos no la conozcan y nunca hayan escuchado hablar de ella, pero no pueden ignorarla los que del exilio arribaron directamente a la política y prefirieron sacudirse de toda la inmensa deuda que el país tiene con tantas naciones y gobiernos solidarios. Como los europeos en general y los casos especiales de Cuba y Venezuela. Los primeros en abrir sus fronteras y acoger sin remilgos a todos los chilenos perseguidos, entre ellos a algunos que hoy desde La Moneda alientan los esfuerzos de Trump por desestabilizarlos.

No es extraño que el libro que próximamente se propone honrar su vida y legado sea promovido por uno de los más destacados y consecuentes políticos belgas como Pierre Galand, a quien conocimos con ella y seguimos valorando su constancia en los esfuerzos que hoy hace por la justicia y la paz del mundo.

Pero Diane sobre todo permanecerá en los altares de la memoria de tantos que la apreciamos y recibimos su apoyo y consuelo.

Los que sabemos que ahora descansa en paz.

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