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Educar en el bullicio de la pandemia. Por Luis Nitrihual Valdebenito

Una goleta en medio de una tormenta de mierda

Si ya en tiempos “normales” es difícil educar debido a los acelerados cambios en las pautas de comportamiento de jóvenes que leen cada vez menos, prestan menos atención que hace unos años atrás y que, sumado a un individualismo propio de nuestro tiempo, se comportan como clientes antes que como personas que se forman en instituciones educativas, la pandemia ha vuelto un círculo infernal el proceso educativo. Por supuesto, esto no es culpa de los estudiantes ni de sus padres, tampoco de lo/as profesore/as y académico/as, que también nos comportamos como clientes de un sistema de alta competencia, donde la norma es sobrevivir a toda costa y mejorar de manera individual. Incluso, no perder la pega es la mejor forma de control que se tiene de nosotros y en ese marco nos movemos y nos comportamos vertical y horizontalmente.

La culpa es del modelo de sociedad al cual las élites nos han llevado y que se derrumba estrepitosamente ante nuestros ojos; legañosos por tanta luz de computador. Por un lado, los padres quieren dejar de pagar aranceles (clientes, que duda cabe) lo cual implica el colapso de algunos proyectos educativos. Dicho sea de paso, este pésimo gobierno no vendrá a su rescate. Los estudiantes reclaman, y con justa razón, el deterioro del proceso educativo. Sencillamente son más lo/as profesores que no dominan las habilidades pedagógicas mínimas para trabajar en un entorno virtual, que quienes lo hacen. Idéntica situación ocurre a los estudiantes: son mas lo que usan el computador para jugar, chatear y entretenerse, que quienes lo usan con fines educativos. He allí un punto interesante para los tecnovendedores: acceso no es igual a calidad en el uso de los dispositivos móviles.

La tragedia ocurre cuando sin esas habilidades mínimas somos puestos en una goleta y nos dicen: ¡a sobrevivir se ha dicho gente! Haga clases lo mejor que pueda, y ustedes traten de aprender lo que mas puedan. O dicho de otra forma: hagan como que enseñan y ustedes, hagan como que aprenden. Nada mas frustrante que eso. Esta goleta, que se filtra por todos lados, es en verdad una incubadora de problemas mentales pues si ya es difícil educar de manera presencial, la virtualidad vuelve el proceso una friolera de ceros y unos que deshumaniza al máximo. Si esto es el futuro, prefiero una vuelta al pasado sin remordimientos.

Mi vida como académico, y en esto vale la primera persona, tan impopular entre los “intelectuales”, pues probablemente es la vida cotidiana de muchos otro/as colegas y profesoras en todo Chile, es una vorágine. Un día frecuente comienza frente al computador entre 8 y 9 de la mañana, terminando a las 13:30. La jornada se reinicia a las 3 de la tarde y puede concluir a las 9 de la noche o más tarde. No tengo dudas en afirmar que trabajamos mas que antes y en condiciones de precariedad absoluta. La casa de pronto se ha convertido en un no-lugar, un sitio de paso, de no encuentro pues esta vorágine les ocurre a todas y todos los miembros de la familia. Una paradoja: no estamos en el hogar realmente, habitamos un sitio nuevo.

Hace algunos años, algunos economistas críticos advertían que la aparente disminución de la jornada laboral en la primera parte del siglo XX contenía una trampa. El tiempo libre, liberado de la presencialidad de la fábrica, era utilizado en procesos de consumo de bienes, por un lado, y de consumo de publicidad para la compra de estos, por otro. Esto fue mas desarrollado, ya sabemos, entre otros por Zigmun Bauman, quién nos advirtió de lo líquido de la sociedad y de la penetración del consumo como forma de vida. Habitamos, podemos decir, un gran centro comercial. Esto se hace aún más palpable hoy, cuando estamos sometidos a lo líquido que es educar en un mundo que se mueve como un barco en medio de una tormenta, pero donde estamos permanentemente frente a una pantalla que nos regula y administra las dosis necesarias de consumo para seguir alimentando un sistema que tambalea. No vaya a ser que la distopía de pronto se vuelva realidad y que el futuro sea una pantalla con todos consumiendo a larga distancia, felices de estar en nuestra cárcel-trabajo-casa.

El mundo sigue girando con nosotros adentro en una gran tormenta de mierda, como diría el gran Roberto Bolaño en Nocturno de Chile.

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