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El arte de legislar con oídos sordos: una comedia de enredos políticos. Por Mario Toro

En el fascinante circo de nuestra política contemporánea, el gobierno ha decidido que la mejor estrategia para sacar adelante su proyecto de ley estrella es aplicar la vieja y confiable técnica de taparse los oídos y tararear fuerte. ¿Que el Consejo Fiscal Autónomo (CFA) y el mismísimo Fondo Monetario Internacional (FMI) han emitido opiniones desfavorables alertando sobre los riesgos del proyecto? Detalles menores. Aparentemente, en los pasillos del poder, la aritmética básica y las advertencias macroeconómicas son solo sugerencias de mal gusto. El barco sigue su curso, ignorando olímpicamente los icebergs en el horizonte.

En este mar de confusión, hace su triunfal aparición el Partido de la Gente (PDG). Fieles a su estilo de "ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario", han optado por no presentar ninguna alternativa estructural al proyecto. En su lugar, han lanzado una cruzada épica: lograr la rebaja en pañales y remedios. Una estrategia magistral para colgarse la medalla de defensores de la clase media y, de paso, rasguñar los votos suficientes para no extinguirse y desaparecer del mapa político. Después de todo, ¿quién necesita estabilidad fiscal cuando tienes pañales más baratos?

Y hablando de promesas que alivian el bolsillo, todavía hay ciudadanos mirando por la ventana, esperando al cartero que les traiga el famoso "vale de gas" ofrecido por el gobierno. A estas alturas, el vale es una criatura mitológica, a la par del Caleuche o el Chupacabras; todos han escuchado de él, pero nadie lo ha visto en sus manos.

Por si fuera poco, el proyecto insiste en la popular medida de la rebaja de contribuciones. Suena hermoso en los discursos, hasta que alguien recuerda un pequeño y molesto detalle: esto desangra directamente al Fondo Común Municipal. En un brillante acto de ilusionismo legislativo, se le da un alivio al contribuyente mientras se le quita a la municipalidad la capacidad de recogerle la basura o taparle los baches de la calle. Magia pura.

La Gramática del Populismo y el Caballo de Troya

Desde la vereda de enfrente, la oposición presenta un mar de indicaciones para "mejorar" el texto. Un esfuerzo loable y republicano que pierde todo su encanto cuando recordamos que figuras como Kast y Quiróz han coqueteado públicamente con la romántica idea de gobernar por decreto.

Y hablando de las proezas discursivas de Kast, ¿cómo olvidar su férrea promesa de campaña de que la expulsión de los inmigrantes irregulares se haría desde el mismísimo "día uno" de su gobierno? Bueno, resulta que ahora, en un giro digno de un sillón en la Academia de Letras, nos aclara que en realidad eso era una "metáfora". O mejor dicho, recapacita un par de días después y la reclasifica apresuradamente como una "hipérbole". Al parecer, en la nueva gramática política, una promesa electoral populista e incumplible es solo una figura retórica incomprendida por el electorado. Uno se pregunta: ¿para qué desgastarse debatiendo artículos y comas en el Congreso si en el fondo sueñan con saltarse la burocracia legislativa a punta de firmas presidenciales y gobernar a base de figuras literarias?

A pesar de todo el ruido, el milagro obró en la Comisión de Hacienda de la Cámara de Diputados, donde el proyecto de reconstrucción para Valparaíso y el sur del país fue mágicamente aprobado. La oposición, por puro pudor mediático ante los damnificados, lo dejó avanzar. Pero claro, este caballo de Troya venía con un generoso regalito corporativo: así, como quien no quiere la cosa, pasó colada la ansiada rebaja de impuestos a la gran empresa, cayendo de un doloroso 27% a un amigable 23%. Y junto con ello, se aprobó también la siempre conveniente inviabilidad tributaria —porque si hay algo que a nuestros parlamentarios les fascina consagrar por ley, es exactamente aquello que resulta inviable—.

El Costo de la "Bondad" Corporativa

Se nos pide ahora un acto de fe ciega, creyendo en el supuesto de que las megacorporaciones tomarán ese dinero extra de los impuestos no pagados y, movidas por la pura bondad, lo invertirán en crear miles de nuevos empleos. El famoso "chorreo". Sin embargo, esta rebaja tributaria tiene un requisito sine qua non: para que los números cuadren y el Estado no quiebre, hay que hacer recortes por otro lado.

¿Y dónde decidió caer la guillotina del presupuesto gubernamental? Pues, con una puntería envidiable, la reducción de recursos golpeó de lleno al Ministerio de Salud.

Porque, al parecer, en medio de listas de espera eternas y hospitales a medio armar, la salud pública simplemente tenía demasiado dinero en los bolsillos. Un clásico de la economía fiscal donde la tijera siempre corta la sábana del enfermo.

Hasta la Corte Suprema tuvo que dejar sus quehaceres habituales para emitir una opinión desfavorable sobre la iniciativa, recordando amablemente al Ejecutivo que las reformas no pueden pasar a llevar el debido proceso, ni crear enredos jurisdiccionales que afecten las atribuciones de los tribunales. Pero claro, ¿qué sabrán los jueces supremos de leyes?

Mientras todo este festival de despropósitos ocurre en el Congreso, el Ministerio de Seguridad observa todo con una tranquilidad pasmosa. Frente a la crisis en las calles, el ministerio parece haber optado por el modo de ahorro de energía: desactivado, inerte y en absoluto silencio. Una inacción tan profunda que casi parece una estrategia premeditada para no equivocarse.

Al final del día, el proyecto avanza (con hipérboles, metáforas y exenciones corporativas incluidas), empujado por la terquedad, adornado por el oportunismo de quienes solo buscan sobrevivir, y condicionado por promesas de empleos invisibles, recortes en los consultorios y vales de gas fantasmas. Una verdadera obra de arte de la política moderna.

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