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El piscinazo. Por Claudio A. Faúndez Becerra

El fútbol es un deporte que en particular me gusta mucho. Lo veo sin particulares pasiones, interesado en el despliegue táctico más que en triunfos de unos u otros. Me impresiona la incorporación de tecnologías que permiten discernir qué sucedió en una jugada determinada; se imparte así, en general, justicia basada en lo que la evidencia demuestra de manera patente. También me impresiona ver que, a pesar de la gran cantidad de cámaras pendientes de cada pase, los jugadores persistan, sin pudor, a tirarse al suelo simulando una gravísima falta en su contra. Se revuelcan en el suelo por varios metros, con el rostro desfigurado y tomándose la pierna pertinente, de modo que el espectador piensa que es el fin de la carrera de tan destacada figura del deporte. Segundos después, las cámaras demuestran que nadie lo tocó, que su dolor es solo figurado, pues cayó al suelo tocado por una pierna invisible. El jugador se para y sigue jugando, como si nada.

Es el conocido piscinazo, práctica burda y desleal, propia de personas que, para efectos de esta breve columna, les da lo mismo. Pese a las cámaras, lo hacen sin pudor.

La desdichada práctica no es exclusiva de los futbolistas u otros deportes; también es utilizada en ciertos sectores de la política (en rigor, a mi parecer casi todos), que frente a la evidencia indiscutida acusan siempre una “persecución política” u otra intencionada acción del adversario. El piscinazo, así, se transforma en una burda afirmación que pretende contrariar la existencia de antecedentes que demuestran lo contrario. Y cuales fanáticos de un equipo, aun cuando la mano sea evidente, los seguidores de ese político dirán, como mucho, que fue casual.

También existe otra forma de piscinazo, en la que el jugador acusa que la injusticia ha ocurrido en varios episodios del partido. Recuérdese aquel parlamentario, en ejercicio actualmente, que afirmaba que “todos hacen lo mismo”, a propósito de las boletas truchas, emitidas para obtener financiamiento ilegal en campañas políticas. O aquel que renunció al Congreso para ser convencional y que se irrita cuando se le recuerda que Soquimich colaboró con él. Así, afirmaban que todos hacían lo mismo, así que no estuvo mal, o yo no fui, fueron mis asesores.

Existen abundantes antecedentes en esos dos casos y en prácticamente todos los demás que demuestran el piscinazo. Basta un clic para encontrar a unos y otros salpicados (o enteramente empapados), por los casos de corrupción. Pero al aludir a sus circunstancias pasadas, en las que sabemos que hubo connivencia para hacer caer las investigaciones de corrupción, se tiran al suelo y ruedan varios metros sufriendo un dolor inconmensurable en su honra.

Otra forma de piscinazo, quizá un poco más elaborada, es la atribución de significados excesivos a lo que una u otra persona afirma. Clásico es llevar el argumento hasta el extremo absoluto, como cuando los defensores de los famosos treinta años afirman que se les ningunea, que no se reconoce nada de lo hecho en ese periodo. No he leído a nadie que haga tan rotunda afirmación (porque claramente sería absurdo), salvo a aquellos que, rodando otra vez con cara de dolor, defienden los treinta años. Pero lamentablemente el titular es el que queda y una buena parte solo se queda con aquel.

Por último, otra forma vil y perversa de piscinazo es la afirmación sin sustento de todo aquello que el emisor estime para su conveniencia. “Afirma, aunque no tengas fundamento, que algo queda”, parece ser el lema. Ejemplo de esto es la reciente afirmación de una senadora expulsada de su partido, que sostiene que a Chile ya no lo ven como al país serio que era y que hemos perdido credibilidad. Al parecer nadie le ha preguntado quiénes son los que nos ven así. Pero sin embargo la senadora rueda por el piso falsamente, acusando un golpe inexistente; no existe país u organismo internacional alguno que haya afirmado una cosa de esa naturaleza. Pero ella se esfuerza, se levanta dolorida y cojea para las cámaras, y sigue afirmando una y otra vez, sin sustento, como decíamos.

La corrupta práctica de la que damos cuenta acá es una que se extiende de derecha a izquierda, desde raspados de olla a cuchilladas falsas, y es solo una de las innumerables estrategias espurias que muchos políticos emplean para instalar falsas ideas en la ciudadanía. Lamentablemente devela una descomposición profunda en la clase política, donde se tiende a privilegiar el interés particular por sobre el colectivo. Todo es permitido con tal de alcanzar el particular objetivo: mentir, exagerar, desprestigiar. O sea, cada vez más la política se parece a las mafias, por lo que el peligro de no contar con un contingente político de un nivel ético más elevado, nos puede llevar a prácticas más radicales donde las víctimas, como siempre, serán las ciudadanas y ciudadanos. El mayor riesgo es para la Democracia; la corrupción corroe las bases de todas las instituciones, de modo que a la larga termina corroyendo las bases mismas de la Democracia. Y todos sabemos qué ocurre cuando esta cae: se instala la violencia y, luego, todos justifican su violencia con la violencia de los otros.

Así, es imprescindible elevar la calidad ética de aquellos que participan en la actividad política. No basta con acotar la posibilidad de partidos políticos si se permite que los pocos que queden sean manejados por torcidos personajes. Y son torcidos personajes, a la luz de lo expuesto antes, particularmente aquellos que incurren en estruendosos piscinazos cuando son señalados por la evidencia. Estos nefasdos personajes que, reconozcámoslo, se encuentran no solo en la política, han puesto en riesgo ni más ni menos que las bases de la Democracia y no pueden seguir participando en la vida pública. La ciudadanía de a pie ve a sus dirigentes salir libres de polvo y paja pese a las evidencias, y simplemente piensan que si sus dirigentes lo hacen, por qué no hacerlo también. Se instala el piscinazo, se instala la mentira como práctica y se deja de hacer Política, para hacer política.

Claudio A. Faúndez Becerra, abogado.

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