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El sentido de aprobar es la base de una sociedad diferente. Por Luis Osorio

El asumir una visión desde lo individual y consagrando los intereses personales, es un elemento que caracteriza al modelo vigente plasmado desde la Constitución del 80 y más aún desde un pensamiento doctrinario, en que los fines justificaban los medios utilizados, sin importar el valor humano de las personas, era la puesta en escena de la redacción de un texto constitucional avalado por ese “Estado” golpeado de la época. El terror junto al transitar con miedo era la ambientación de esos días, siendo parte de una historia que aún no ha iniciado un nuevo capítulo, hasta el hoy hemos sido testigos de la extensión de esa época, porque lo consignado en una carta fundamental permanece, hasta que no se escriba nuevamente.

El origen de un modelo planeado estratégicamente, y que dan cabida a la obstaculización de los cambios sociales desde los inicios de los años 70 del siglo pasado, tiene sus bases en la destrucción, vandalismo y el aniquilamiento de la institucionalidad democrática, un país que logran bajo esas condiciones extenderlo con esas normas esenciales. Fundado en una gran experiencia de tipo retrospectiva acumulada, es responsable decir que tiene pendiente un reencuentro con la democracia.

Observar la historia y sus características adquiere una contraposición diferente, al integrarla en un rango de 50 años o de 32 años, siendo cualquiera de esas cifras, no apropiadas para postergar el haber pensado en forma oportuna, la idea del cambio y la transformación. Además, desde supuestas etapas de predominio de visiones disfrazadas de progresismo, es clara la actitud de haberse negado a impulsar el beneficio de las mayorías sustentadas en los derechos, las oportunidades y no en un Estado que ejerce un rol subsidiario. Consecuencia es el fortalecimiento del poder económico arraigado en el privado, este último alejado de una responsabilidad social y autor material de las brechas de todo tipo.

Se optó de manera recurrente, con la excusa de la pobreza en que se recibió el gobierno, una vez terminada la dictadura, de avanzar por el lado de perpetuar y acentuar las desigualdades, situadas en un ciclo perfecto que se va articulando de manera envolvente desde la educación, la salud, lo previsional y otras áreas que son de importancia en la calidad de vida. Mirar las cosas de esta forma, es tener la comprensión del factor humano como relevante en el ceder y no acaparar desde el poder, la hegemonía para frenar los cambios, retrasar y desarrollar modelos de negocio nuevos para los 50 años que vienen.

Algunos que se sienten los elegidos, hablan con desparpajo de “el compromiso progresista, de la justicia social, de la sociedad equitativa, y de un país donde no existan desigualdades”, lo cual se desmorona al momento que se levanta el perfil de los que hoy se sienten convocados a reparar algo de lo cual nunca fueron parte, siendo que tuvieron todo el tiempo para demostrar con hechos lo que hoy se levanta como una mentira de una sensibilidad que nunca alcanzaron. Detrás de cada nombre hay un historial público y responsabilidades.

El conceptualizar una vida digna, requiere de un ejercicio inevitablemente desde cada persona, de los sectores que han tenido más posibilidades, sin ir en desmedro de la forma en que se ha alcanzado un bienestar que posibilita el vivir en condiciones adecuadas, de una invitación al pensar de cuáles serían los artefactos necesarios para poder determinar la vida digna, y para no quedar en lo carente de definición, situado en los eufemismos o en la declaración de buenas intenciones, hay que precisar lo encontrado. Este ejercicio no se puede hacer desde una óptica sesgada de un “yo” generador de trabajo, y como tal merecedor de tener un control de la condición de vidas de otros, para lograr las utilidades del negocio. Lo opuesto sería una dignificación de la actividad, que vaya más allá de poder suplir a través de la mano de obra barata, y más aún se tenga incidencia en la sociedad, para que no sea proveedora de trabajadores con niveles mínimos de educación en forma premeditada.

Claramente, lo que surge es una necesidad del planteamiento de una convivencia diferente de tipo social, disminuyendo el distanciamiento e ideando una sociedad justa para todos sin exclusiones. El no haber pensado las cosas de esta forma y delegar en los poderes de dominio, nos hacen partir situados en la historia moderna, con un atraso de 50 años, aunque la realidad es que son muchos más.

Se articula así la posibilidad de un cambio anhelado en beneficio de muchos, que otros lo observan como amenaza, ya que hay reticencia a los cambios por no atreverse a asumir el tener que entregar y tener la convicción de merecerse un posicionamiento adquirido en forma tácita, sin atender a un sentido comunitario, o la solidaridad sin mediar el perseguir beneficios tributarios, que antes de hacerla efectiva pasa por los cálculos contables.

No se trata todo esto de cuestiones que se deban someter a acuerdos entre un puñado de personas determinantes de muchos más, sino que el único valor posible lo impregna la participación colectiva en las decisiones. La insistencia en las cuatro paredes es un acto de deslealtad a objeto de perpetuar lo de siempre.

Negarse al cambio, es una expresión de molestia y la no aceptación de lo que develo el estallido social, que no ha terminado, sólo está en pausa. Sentirse portavoz de opciones conservadoras, y atribuyéndose la representación de mayorías, es la acción de no entender la esencia del conflicto, que, si bien tuvo un grado de violencia, no es comparable con la suscitada en el gobierno militar, desde el día uno. Más aún la historia de estos días, que está a ritmo acelerado, revelara la verdad sobre si somos partes de un plan trazado por los de siempre. El diálogo como medio es una buena posibilidad, condicionado a que sea extensivo, constructivo y no excluyente, no un distractor para salir del paso.

El no entender que se encuentra vigente una desconfianza hacia parte de los que ejercen la política y más aún, desmerecer a los ciudadanos independientes, es inadecuado. En el intento de apoderarse de la situación, descalifican, y no entienden que todas las elecciones son definidas por independientes, si las cosas se resolvieran desde posiciones militantes, casi estaríamos en una situación hipotética de falta de quorum en las elecciones. Cuando los dardos van a etiquetar a convencionales independientes y a partir de ello generalizar, les falta capacidad de entendimiento, al no comprender que la convivencia social se desmerece por no fomentar la participación, y sí hubiera un espacio para ello, habría una actitud marcada por la idiosincrasia que en ocasiones deja participar, pero sin permitir ser parte de decisiones relevantes.

Pretenden levantar un muro entre quienes se autocalifican como expertos y la ciudadanía común que quisieran tildarla de nula expertiz para construir una sociedad diferente, al no contar con los pergaminos y la certificación correspondiente.

Bajo este escenario, actúan tratando de recuperar control que pueden perder, cualquiera sea el resultado del 4 de septiembre, porque construyeron un país con una falla social de magnitud, con altas probabilidades de movimientos telúricos-políticos importantes.

Se cree que por estar en el debate la Constitución Política de la República de Chile, lo deseable sería que sea con derecho de uso exclusivo de los partidos políticos, sin embargo, cuando lo medular es la forma de convivir en sociedad, son todos los habitantes del país quienes se ven involucrados. Hay una cantidad importante de personas que tienen un poderoso capital político sin estar en la militancia, pero que conoce a cabalidad los problemas del país, como también las bondades y defectos de algunos que han profitado por años.

Desde aquí en adelante, puede haber acuerdos y diálogos, pero sin hegemonías ni requisitos de participación. Se trata de un país y su bienestar el que está en juego, no de un club del cual hay que ser socio honorario para entrar.

Nuevamente mencionando la violencia y su relación con la historia, diferentes generaciones pueden tener apreciaciones distintas desde una relación vivencial con la época que les ha tocado interactuar, pero hay algo que trasciende, el paso de los años no es suficiente para olvidar el punto de partida del año 73, y algún hecho que haya marcado un hito entre un antes y un después, que permita dar vuelta la hoja.

En estos tiempos, se viven momentos cruciales sin precedentes y decisivos. La historia constitucional del país no tiene a su haber procesos constituyentes participativos, y hoy domingo 28 de agosto, estamos regidos por la Constitución dictatorial, que representa su consecución de la esencia de los que nunca percibieron la idea de sustituirla.

Es evidente, que los incondicionales de la Constitución del 80 nunca han estado por una nueva Carta Fundamental, en un abanico de posibilidades, les era más satisfactorio permanecer fuera del proceso efectuado entre el 4 de julio del 2021 y el 4 de julio de 2022. Debían apertrecharse para ir en defensa e idear lo que les vendría después y manifestado en el ahora, asignando a unos pocos la misión de ser parte de Convención Constitucional para entrampar desde adentro.

Pero las esperanzas comienzan a renacer, es posible llegar a un punto de grandes transformaciones y cambios, teniendo presente que se tratará de un triunfo de muchos y que se rompe la barrera de la conducción de minorías. Las mayorías relativas deberían erradicarse y empezar a conversar de lo pendiente, de aquello que las generaciones más jóvenes no alcanzaron a vivir, en el ejercicio pleno de la ciudadanía, volver a pensar en las expectativas del año 1989 y de manera transversal e inclusiva, vendrá la dignidad y las grandes alamedas, que se abrieron y se abrirán un 4 de septiembre luego de 52 años, después estar cerradas durante ya casi 49 años.

Hay que despertar el 5 de septiembre de 2022, sin la Constitución de Pinochet, no olvidar lo que se expresaba en los días siguientes al 18 de octubre de 2019: Chile despertó.

28 de agosto de 2022

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