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El suicido colectivo del crecimiento económico chileno. Por Rodrigo Olavarría Tapia

La situación global en términos socio medio ambientales no es la que todos quisiéramos. No haré una lista de los efectos e impactos puesto que todos y todas los hemos resentido. Estamos más o menos conscientes de la crisis que ya estamos viviendo pero seguimos rogando por el último Iphone. Esta situación se ha ido agravando día a día en la medida que seguimos ciegamente un modelo económico regido por la producción y el consumo, donde “valor” y “precio” se confunden llevándonos ineluctablemente hacia la mercantilización de todo. Prometieron libertad; felicidad, desarrollo, un mundo mejor gracias a la propiedad, al consumo, al valor trabajo, al crecimiento económico como modelo de progreso.

Nadie puede negar la aceleración del impacto de las actividades humanas sobre el clima. Extraer, transformar, producir, vender, consumir, desechar, ese ciclo debe transformarse, yendo hacia una economía circular donde si se extrae, se compensa, si se desecha, se reutiliza, si se consume, es con conciencia, si se vende, se repara. Es esencial alejarse concretamente del espectáculo de Alto Hospicio con su desierto de desechos textiles que es hoy mundialmente conocido.

¿Qué pasaría si se incluyeran en el precio de las materias primas el costo de la destrucción del medio ambiente? ¿de la sobre explotación y contaminación de las napas freáticas? ¿la obligación de reparar lo destruido? ¿Si el ecocidio fuese una norma legal que castiga con cárcel y graves multas a quienes son responsables de la destrucción del buen vivir y del medio ambiente? Sería menos evidente instalar tranques como el de Caimanes en la 4ª región o los relaves de Codelco que bajan con cada aluvión del invierno nortino. ¿Qué pasaría si aquellas medidas fuesen efectivas?

Pero claro, el crecimiento esperado no es el mismo en función de donde se encuentra posicionado el que lo mide y se enriquece de él. Si vives en las cuencas del Loa, Copiapó o Maipo, verás cómo la calidad de vida se ha deteriorado producto de la desaparición de las aguas o el ir y venir de la maquinaria o la división de comunidades y familias producto de la intervención de la industria en la vida de la comunidad.

Esas aguas que ya no llegan a las chacras o a la casa, contribuyen por otra parte a generar miles de millones de dólares que parten a destinos oscuros, quedando una parte menor en Chile. Para la población, externalidades negativas. Ella se ha visto obligada a migrar siendo remplazada por trabajadores ligados directa o indirectamente a las minas. La autonomía alimentaria se ha perdido, debiendo importar lo que antes se producía localmente. A esto agregamos el impacto sobre la salud física y mental de la población que ve su entorno secarse, polvos sospechosos en el ambiente y agua de dudosa calidad salir de los grifos. Y para qué hablar de las otras especies, si en Chile ni los parques nacionales escapan a la vorágine del crecimiento.

A pesar todo, ésto, para la capital, para la Moneda, para Wall Street, para las instituciones financieras, ésto es desarrollo, es crecimiento. Es una droga sin la cual pierden control. Pero la inversión inicial es grito y plata en un Chile ya que se asegura a quien quiera invertir la propiedad total de la tierra y del agua, una mano de obra con pocos derechos, una legislación con baja imposición, un oasis en Latinoamérica, decían. Es fácil amar el crecimiento y prenderle velitas cuando sus externalidades negativas no te afectan directamente. Cuando sus desechos tóxicos no son enterrados o derramados al lado de tu casa, cuando el río en que te bañaste ya no existe porque no hay glaciar, porque el valor económico del agua es mayor que el valor humano. Chile conoce bien los efectos de un Estado que garantiza la sociedad de mercado, entendiendo esta como la monetarización y por ende mercantilización de las relaciones sociales y del medio ambiente. Con más de 30 años de ejecución de ese modelo, solo podemos dar testimonio al mundo del incumplimiento de las promesas de bienestar, de libertad, de crecimiento, de chorreo. Cientos son los territorios sacrificados en los altares del PIB. Miles los y las desplazadas, endeudados, zombis al servicio de la banca. Millones las y los que se ven privados de los frutos del territorio y de una vida digna. Miles de millones que ven que el clima de la Tierra está cambiando y que nuestra forma de gestionar los territorios locales contribuye al aumento de eventos climáticos, demostrando así su impacto global.

Existe una fuerte discusión a nivel internacional sobre cómo salir del reino del crecimiento económico como modelo de progreso. Desde principios de los años 90 el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo propuso un nuevo índice para medir el Desarrollo Humano, tomando en cuenta otros elementos, como la esperanza de vida y nivel de educación. Más tarde, a principios del 2000 la muy liberal OCDE, vistos los estragos socio medio ambientales que trajo el modelo de crecimiento económico al ignorar aspectos esenciales de la vida y de los territorios, propuso trabajar sobre el “vivir mejor”. Esto implicaba agregar la calidad del trabajo, del medio ambiente, del sentimiento de bienestar de la población, entre otros, a la medida que indicaría el progreso de la sociedad. Hace menos de una década, la Comisión de las Comunidades Europeas propuso a los Estados de la Unión (Consejo de Europa) y al Parlamento Europeo su reporte “Más allá del PIB : Evaluación del progreso en un mundo cambiante” donde propone otros indicadores técnicos y políticos que estén a la altura de los nuevos desafíos de la Unión, pidiendo abandonar el crecimiento económico como indicador de progreso.

Chile gesta su nueva constitución. El nuevo relato mostrará, es lo que esperamos millones, la conciencia que ha adquirido la sociedad chilena producto del haber sido sometidos a reglas extremadamente liberales con un Estado ausente que entrega los territorios y los derechos sociales a la especulación del mercado. Modelo que le dio crecimiento a unos pocos y deudas a otros, siendo la más grande de todas aquellas la que ya adquirimos con las generaciones presentes y futuras en términos de durabilidad de los territorios. Es tiempo de cambio, es urgente. La acción debe venir del refuerzo de la ecología política, es decir, hombres y mujeres con convicciones ecologistas que asuman el rol transformador en vía de la sostenibilidad de nuestros ecosistemas incluidas las sociedades que ahí nacen, viven y mueren.

El nacimiento de una nueva República, como dirían los franceses, es la ocasión para toda una Nación de avanzar hacia una visión colectiva que repare y permita adaptarnos a los desafíos del cambio climático. Pero aquello necesita de convicción y de voluntad política para llevar a ejecución esa nuevo relato eco-social. Serán las naciones que integren esta perspectiva en su ADN institucional las que tomarán los liderazgos en este nuevo ciclo. Serán el ejemplo.

Por Rodrigo Olavarría Tapia
Activista socio medio ambiental. _Francia

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