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“El tiempo que nos pertenece”, o cómo cuidar el futuro de nuestra relación social. Por Hans Schuster

Releer la realidad desde la verosimilitud de una novela es un ejercicio fascinante, no sólo porque nos permite un acercamiento de época, sino porque los matices con que se describe y se cuenta intentan explicar aquello que de suyo ya viene ficcionado, pero al mismo tiempo nos aproxima a los problemas sociales a modo de testigos, estableciendo jerarquías necesarias para acercarnos a los hechos de la historia real, de modo que la historia fingida, si está bien contada, viene a causar un placer estético a partir de la forma en que se cultivan y exponen los sucesos, así como los personajes o el narrador(a), que da cuenta de sus pasiones, las costumbres del contexto social en donde es concebida la obra, de allí el estupendo trabajo presentado por Isabel Hernández en “El tiempo que nos pertenece”.

La primera edición de esta obra (por www.editarx.es abril, 2015, España y reeditada el mismo año por Ediciones Ceibo, noviembre 2015, Santiago de Chile) nos permite nutrir la conciencia y nuestras sensibilidades hacia los sucesos narrados que se enmarcan en los discursos históricos de Juan Domingo Perón y Salvador Allende, -ambos elegidos por sufragio universal- traspasando las fronteras del nacionalismo bajo un escenario de lucha y unión social, que más tarde dio paso a la brutal represión con que las dictaduras se ensañaron contra sus propios conciudadanos.

La atmósfera de época que empapa la novela (1970) da cuenta del período en que la juventud latinoamericana se sumó con fuerza junto a las clases trabajadoras para exigir no sólo reformas en las escuelas y las fábricas, sino en la vida cotidiana de todos quienes constituyen el centro de la historia. Por ello, El Justicialismo (en Argentina) y la Unidad Popular (en Chile) se representan o se auto representan (sus ideales siguen vivos en ambos lados de la cordillera) como las distintas esferas de la realidad en que se conciben los individuos, ciudadanos/as, susceptible a los cambios y modificaciones del contexto social, lo que permite considerarlos como personajes de un espacio en permanente construcción que permanecerá vivo hasta nuestros días. Basta ver la grieta Argentina y el estallido social de Chile, para intentar entender el enfrentamiento político y cultural generalizado, caracterizado por una alta dosis de intolerancia, odio, prejuicios y fanatismo generado principalmente por quienes ostentan el poder, cuya avaricia y corrupción generó el malestar que se mantiene vivo, latiendo bajo una pandemia que pasará la cuenta ante la errática forma de abordar las ayudas sociales en ambos gobiernos, tras la cordillera de demandas que hoy están presentes.

De manera que lo contado en los breves 24 capítulos, son los pliegues del dolor que revisan con nostalgia los momentos del pasado, pero con la sabiduría del ojo atento que se posa en los detalles, los verdaderos detalles que concentran la psicología de los personajes, el color de los objetos cuyos matices van creando la paleta de época que se hace presente en las palabras, a través de los sloganes políticos y discursos desde la radio que escucha la protagonista, o bien los vestidos y ropa que elige para las diversas ocasiones, como sea, van apareciendo los murmullos de las calles, o el eco repitiendo el sonido del cuarto en donde la voz se amalgama con los cuerpos.

De allí que recoja extractos de discursos, desde antes que Allende fuera presidente, o el nuevo mandato de Perón, y lo tóxico del estado de cosas luego del triunfo, esa toxicidad que se espejea en la relación entre los protagonistas, Julia e Ignacio, quienes recorren la militancia de sus convicciones y se agreden y trasgreden sus propios sentimientos amatorios, pero la narradora personaje es Julia, quien posee una estupenda conciencia de sí, de sus propias contradicciones y desazón ante las purgas internas de los compañeros a ambos lados de la cordillera, porque la militancia deja fluir esa cuota de insensatez, que apelando a la lírica del realismo, confunde la tragedia de la lucha y se conforman los diferentes grupos de derecha e izquierda, en su mayoría, y que accedieron como grupos insurgentes que operaban de manera clandestina, antes y después de la muerte de ambos presidentes elegidos democráticamente, el Justicialismo de Perón y la Unidad Popular de Allende y luego los sangrientos golpes de estado. Un poquito de historia, a propósito de la novela que estamos comentando, recordemos la Alianza Anticomunista Argentina (AAA), Montoneros, Ejército Revolucionario del Pueblo, Fuerzas Armadas Revolucionarias, Fuerzas Armadas Peronistas, Frente Argentino de Liberación, Uturuncos, Movimiento Nacionalista Tacuara, Comandos Civiles, Ejército Guerrillero del Pueblo, y en Chile; Patria y Libertad, Movimiento de Izquierda Revolucionaria, Frente Patriótico Manuel Rodríguez, Movimiento Juvenil Lautaro, Vanguardia Organizada del Pueblo. Por nombrar los más señeros en la lucha armada.

El fuego cruzado si hizo patente, entre amigos que pierden el norte por el folclor del partido y terminan en la diáspora del exilio, o perseguidos y asesinados, por la extrema violencia con que se defendieron los ideales, mientras miembros de las familias (hoy) más ricas les vendían las armas. Sería bueno que la prensa, en ambos lados de la cordillera, se hiciera cargo de investigar cómo se hicieron las grandes fortunas, porque no sólo los paraísos fiscales, tuvieron algo que ver, o el uso de información privilegiada, también las armas y las drogas han sido un buen negocio, que rápidamente lograron blanquear con el mismo sistema financiero de los cuales siguen siendo los dueños.

Pero volvamos a la novela, para no olvidar los tiempos de las miserias del pasado, con esas militancias corroídas por la envidia y el dinero fácil del estado, y no sólo por poner a los séquitos, hoy en día mal llamados operadores, cual guiñas cuidando la carnicería, porque entre ellos nunca dejó de ser una carnicería, con bife chorizo y punta de picana, en ambos lados de la cordillera, sino basta ver cómo se generaron grupos y nuevos partidos partisanos para la toma del poder y las arcas del estado, incluyendo aquellos que lo quieren jibarizar para apropiarse del estado de cosas al fin y al cabo, (léase ejercito de chile, carabineros, armada) y es éste último el que sale a disparar para cuidar el orden de los dueños del dinero y en el último tiempo termina asesinando a ciudadanos mapuches, en las zonas militarizadas en donde ni el ministro del interior tiene la información exacta de los asesinados por agentes del Estado.

Ahora sí, volvamos a la novela que nos recuerda los allanamientos, la censura de los medios, las torturas, los asesinatos, los desaparecidos, los exilios y los inxilios, todo a como dé lugar con cómodas cuotas de mercado que logró las leyes a su favor, en especial para los buitres del sistema rentista que coludidos compraron una y otra vez a los políticos de fuste, los pro hombres del raspado de la olla y que todavía se oyen en matinales y programas de las tardes en Chile y Argentina.

Y los tribunales de justicia, bien gracias, hasta el día de hoy con fiscales obsecuentes y jueces que imparten cursos de ética como castigo a las fechorías económicas, jueces que al parecer tampoco asistieron a esos cursillos de ética dictados por las prestigiosas universidades en donde obtuvieron sus títulos, con firma del rector y todo, (y no está demás decir, que no falta el rector que no sabe nada de género ni de feminismo, o por su misoginia o patriarcado, al que le venga el sayo –Zolezzi- que se lo ponga) que quiere mantener el status quo, la renta mensual y el mes de vacaciones que tanto necesitan mientras acumulan expedientes, y la ciudadanía está a punto de aplaudirlos en la cara, por sus descaros al defender la balanza del dinero, con la ceguera y sordera al momento de cerrar los juicios en los tribunales, que a pesar de los pocos díscolos, dicen que imparten justicia.

Recordemos que, el 18 de octubre en Chile, desde hace ya dos años, y en la gran marcha del 25 del mismo mes, las banderas del engaño no estuvieron presentes en las manos de los ciudadanos, ya no hay banderas de partidos repartidas entre las destrezas con que se jugaba al aire, sólo la bandera civil con sus tres colores, esa chilena en negro, con su blanca estrella eso sí, para dar cuenta del luto y dar a entender que la esperanza está presente junto a la Wiphala cuadrangular de siete colores andinos, y la mapuche. Desde entonces, una que otra LGTB y las banderas de las regiones que se manifiestan en los lugares públicos de la dignidad.

Lo que se escucha detrás de la novela, es un murmullo amplificado de psicología y sociología social, que intenta abordar las complejas relaciones sociales (lo que piensan, hacen y creen) los personajes de la verdad narrada, como la manera de vivir y combatir la dominación social, cuestión que sigue estando presente hasta el día de hoy en ambos lados de la cordillera, y que se vería mejor si aprendiéramos de la historia, siempre y cuando las almas y los espíritus se sigan uniendo y no diversificando, ya que los tiempos que corren pueden ser leídos como parte de la misma novela, y como si fuera poco ya no es tiempo de que los candidatos a la presidencia vayan a rendir examen ante los gremios del dinero coludido, ya está bueno de endogamias entre política y dinero que no les pertenece como todos los despojos que han venido realizando, a través de la banca, inmobiliarias, AFP e ISAPRES incluidos, y es el momento de comenzar a decir otras verdades, porque para muchos la próxima elección será votar por el mal menor, sin olvidar la historia de la que somos parte en: “El tiempo que nos pertenece”.

Hans Schuster
Escritor
Fundador del Colectivo de Arte: Látigos de Fuego
Co-fundador del Colectivo de Artes y Humanidades Filopoiésis.

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