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El tsunami pinochetista. por Juan Pablo Cárdenas S.

Aunque en sus evaluaciones electorales los partidos políticos suelen desconocer sus derrotas y expresan siempre remilgos respecto de los ganadores, esta vez en Chile nadie dejó de apreciar el contundente triunfo del Partido Republicano y del conjunto de la derecha. Desde hace varias décadas ninguna colectividad por si sola había sido capaz de obtener más del 35 por cierto de los sufragios, a lo que se suma, además, que ninguno de los referentes en competencia alcanzara un porcentaje de dos dígitos. De esta forma es que la oposición al gobierno de Gabriel Boric va a controlar más de los 3/5 de los miembros del próximo Consejo Constitucional de 51 miembros que se encargará de definir una nueva Carta Magna después del fracaso del anterior intento hegemonizado por la centroizquierda.

Alrededor de 12 millones de electores concurrieron a las urnas a depositar su voto obligatorio en la advertencia de que los que se abstuvieran pudieran ser sancionado con una elevada multa. De todas maneras, unos 500 mil ciudadanos no cumplieron con su deber cívico. Los que se suman a los más de dos millones de votantes (el 21 por ciento) que dejaron la papeleta en blanco u optaron por anular su sufragio. Acusando, en muchos casos, la falta de legitimidad de un proceso tramado a puertas cerradas por el Poder Legislativo y el Ejecutivo.

Excluidos los republicanos, la verdad es que el desempeño general de la clase política fue tristísimo y sus resultados no pueden evitar que los ciudadanos, más que expresar su interés por el proceso constituyente, manifestaron su repudio al desempeño del actual Gobierno que en un año de gestión no ha sido capaz de recuperar los índices económicos, cumplir con las reformas sociales prometidas y demostrar éxito en el combate a lacras como la delincuencia, el crimen organizado y el narcotráfico tan posesionados en la convivencia nacional.

En este sentido, no se puede desconocer que el principal derrotado de estos comicios es el propio presidente Boric con los referentes oficialistas. Además de un alto número de expresiones que no alcanzaron siquiera a cinco por ciento de los votos; consolidando de esta manera el derrumbe de partidos como la Democracia Cristiana, el Partido Radical, el Partido de la Gente, el PPD y varios otros que insisten en mantenerse con vida a fin de alcanzar cargos oficiales y múltiples granjerías, en uno de los países del mundo que mejores emolumentos ofrece para quienes se desempeñan en el “servicio” público. Así como hay varios otros que con muy precario rendimiento electoral todavía logran elegir algunos representantes en el Parlamento y las municipalidades en virtud de integrar pactos con partidos de mejor rendimiento.

La balanza o el péndulo de la opinión pública chilena se ha inclinado nuevamente hacia la derecha o, peor aún, a su más extrema versión, dado que es en el Partido Republicano donde se pueden encontrar los más acérrimos partidarios de la Dictadura Militar, muchos de los cuales hasta hoy se niegan a reconocer sus severos atentados contra los Derechos Humanos, como la entrega a intereses foráneos de nuestras más ricas reservas naturales.

Debemos recordar que en todo el proceso constitucional fueron éstos los que se mostraron siempre reacios a reemplazar la Carta Magna heredada del Régimen Militar, por lo que resulta una paradoja que hoy vayan a integrar muy mayoritariamente el nuevo Consejo Constitucional y, con ello, definir el perfil como las reglas del juego de nuestra institucionalidad. Muy triste parece que a cincuenta años de Golpe de Estado de 1973 recaiga ahora en estos derechistas y ultra pinochetistas el cometido de redactar la nueva Constitución.

Con palabras de buena crianza tanto los triunfadores como los derrotados prometen ahora hacer los esfuerzos necesarios por consolidar acuerdos y superar sus pronunciadas diferencias. ´Llamados al diálogo y a la tolerancia se prodigan por doquier, aunque parece muy difícil que en este ánimo se pueda perseverar cuando este nuevo proceso constitucional promete ser determinante en lo que ocurra en las próximas elecciones municipales, parlamentarias y presidenciales.

La Moneda promete que insistirá en sus reformas económico sociales cuando la crispación entre oficialistas y opositores es extrema. Hasta aquí se ha demostrado que las negociaciones cupulares no logran éxito alguno si los que quieren emprender los cambios carecen de liderazgo para convocar al pueblo a salir a las calles en demanda de justicia social. Desconociendo que todas las grandes reformas de antaño siempre contaron con esta efervescencia popular. Léase la Reforma Agraria, la nacionalización del cobre y la recuperación de la democracia, entre otras.

No está demás señalar que los resultados de estos comicios demuestran también el fracaso electoral de todos los añosos postulantes que el pueblo asocia con los gobiernos de la Concertación, de la Nueva Mayoría y la gestión del propio mandato del empresario Sebastián Piñera. Ninguno de ellos resultó electo pese a que se trataba de nombres conocidos, además de muy solventes en cuanto al gasto publicitario. Señalando una doble derrota de las expresiones izquierdistas incapaces de renovar sus rostros.

Sin embargo, para los que creen que este holgado triunfo de la derecha pudiera contribuir a la paz social es preciso señalarle que entre las reacciones que este proceso electoral se ha hecho oír por las redes sociales la decisión de grupos que ya no creen en las intenciones refundacionales del actual gobierno y prometen asumir la vía insurreccional. Por otro lado, aunque ahora proliferen los llamados a la unidad del oficialismo, se sabe que esta derrota causará más tensiones de las que ya existen en las dos alianzas y colectividades gobiernistas. Donde solo el Partido Comunista fuera capaz de superar el 8 por ciento de los votos.

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