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El vaso de leche y la vocación del profesor, más allá de la política contingente. Por Álvaro Vogel

Imagino las numerosas generaciones que han crecido leyendo este hermoso y cotidiano cuento, El vaso de leche, de Manuel Rojas; una obra que, de paso, debería formar parte de cualquier antología obligatoria en el sistema educativo. En el relato, el autor nos enfrenta a una de las preocupaciones más primarias que todos debemos resolver día a día: la alimentación.

Es más, una de las motivaciones del trabajo que emprendemos es, justamente, costear el alimento, la educación, un techo y la salud; una lista que podría extenderse hasta deseos más frívolos, como un auto de lujo, dentro de ese abanico de necesidades infinitas frente a recursos escasos, tal como define la economía neoliberal.

El panorama se vuelve más complejo cuando no todos cuentan con los ingresos necesarios para adquirir productos básicos. En ese sentido, que el ministro de Hacienda insinúe en un oficio que el gasto en alimentos para niños de escasos recursos es «mucho» y proponga eliminarlo, representa un portazo a las preocupaciones de los ciudadanos que luchan mes a mes por vivir con dignidad. Ya volveremos sobre este tema.

La cantidad de publicaciones científicas que recomiendan la ingesta de leche en la infancia es abrumadora. La OMS, por ejemplo, establece que un vaso de 250 cc aporta hasta un 35% del calcio diario que los niños necesitan para un crecimiento lineal y una estatura adecuada; esto genera una mejor predisposición para el aprendizaje, además de reducir el riesgo de sufrir infecciones y desarrollar enfermedades crónicas no transmisibles en el futuro. Gracias a este enfoque, entre 1960 y 1980, Chile logró erradicar casi por completo la malnutrición severa, acercándose a los estándares de países desarrollados.

A principios del siglo XX, ante la ausencia práctica de leyes de todo tipo —incluyendo las laborales—, las tasas de mortalidad infantil y de malnutrición eran alarmantes. Paradójicamente, la masa laboral enriquecía las arcas privadas y, en menor medida, las fiscales, mediante una economía hiperdependiente de la extracción de salitre (hoy cobre, mañana litio). En el campo, peones e inquilinos laboraban de sol a sol a cambio de especies. En definitiva, Chile era un país atrasado en legislación social y con gobiernos que no lograban solucionar los problemas reales de la gente. El debate en torno a la «cuestión social» y la crisis del Centenario dejaban en evidencia una de las frases de la época: «Los problemas no tienen solución o se solucionan solos». Demás estaría agregar que la tasa de deserción escolar era altísima, precisamente porque los niños empezaban su vida laboral a temprana edad; bastaba con observar a los pequeños lustrabotas afuera de los edificios y en las plazas de armas de las grandes ciudades.

Sin embargo, en 1901 el panorama empieza a cambiar tímidamente con el Patronato Nacional de la Infancia, organizado por un grupo de personas con alta conciencia social: miembros de la élite laica, doctores y feligreses. Por primera vez en Chile, niños y madres recibían leche con cacao y pan; asimismo, un grupo de médicos prestaba servicios ad honorem, iniciando el gran aporte que los pediatras realizarían durante el siglo XX.

Más tarde, el Estado otorgó una subvención al programa «Gotas de Leche», creado en 1906. El periodista Carlos Silva Vildósola describió en 1921 uno de los logros de esta iniciativa:

«La Gota de Leche es, a un tiempo, distribución de alimento y dispensario. La salud de la madre y del hijo están allí debidamente atendidas y la leche solo se concede a la necesidad real, a los casos en que de eso depende que la criatura viva y se fortalezca. El funcionamiento de los dispensarios ha revelado la existencia de un alarmante porcentaje de madres atacadas de las llamadas enfermedades sociales, a quienes es menester someter a tratamiento y cuya leche materna sería una causa de envenenamiento para el hijo».

El aporte de las «Gotas de Leche» radicaba en su presencia de norte a sur, donde recibían donaciones privadas para entregar el preciado lácteo diario a los más necesitados; luego, surgirían las donaciones de marmitas con comida.

Con la Ley de Seguro Obrero de 1924, bajo el gobierno del «León de Tarapacá», se estableció la entrega de leche para todas las madres obreras. En 1937, este beneficio se amplió a medio litro de leche diaria para madres con niños menores de dos años mediante la ley «Madre-Hijo».

Ya en la década de 1930 se creó «Milko», la primera planta de leche en polvo de Chile. Con el apoyo de la UNICEF, esta planta comenzó a elaborar el producto de forma moderna para los planes estatales; hacia 1950, ya producía más de 600 toneladas, asegurando una cobertura del 10% para niños menores de dos años. Era, eso sí, la leche era semi- descremada; pero leche, al fin y al cabo.

En 1954 nació el Programa de Alimentación Complementaria; no obstante, la cobertura seguía siendo baja y la entrega no llegaba a todos los sectores, por lo que las tasas de desnutrición continuaban siendo preocupantes. En 1970 —alcanzando un máximo en 1972—, el programa se amplió a todos los niños de Chile con necesidades alimentarias, extendiendo la edad de cobertura hasta los quince años con una producción anual de 35 millones de kilogramos de leche. Con todo, hacia 1974 el problema estaba lejos de ser erradicado: persistía un 16 % de desnutrición infantil y una tasa de mortalidad de 64 niños por cada mil nacidos vivos.

Al margen de lo descrito, existía una imagen prejuiciosa de que la leche era el «alimento de los pobres». Esta percepción cambió cuando la leche Purita entró al mercado (1974) y, simultáneamente, potenció el programa estatal al introducir la leche entera en polvo. Gracias a esto, las tasas de distribución aumentaron significativamente, mejorando el panorama de comienzos de siglo.

Por su parte, la JUNAEB —creada en 1964 como asesora del Ministerio de Educación— asumió la responsabilidad de la alimentación escolar, incluyendo la entrega de leche en los establecimientos.

En los años ochenta, las tasas de desnutrición bajaron, al igual que las raciones entregadas; no obstante, desde 1987 este beneficio quedó establecido por ley de manera universal hasta el día de hoy. En los noventa, gracias a los avances tecnológicos, la leche Purita mejoró su fórmula hasta convertirse en la leche fortificada que conocemos actualmente, presente tanto en los hogares que pueden costearla como en los desayunos escolares y consultorios. Quizás —y esto es algo que deben resolver los especialistas— el desafío hoy sea la malnutrición por exceso debida a los alimentos ultra procesados, que nos ha llevado a altas tasas de obesidad en todos los grupos etarios. A esto se suma que dichos productos son más económicos, considerando que el sueldo mínimo en Chile no es óptimo para adquirir alimentos saludables, los cuales resultan, claramente, más costosos.

La recomendación del ministro de Hacienda —quien posee un patrimonio que supera, con creces, cualquier dificultad para adquirir una alimentación adecuada— apunta justamente a recortar este beneficio que hoy sustenta cuatro millones de raciones diarias. Tras un siglo de labor legislativa, con leyes aprobadas por gobiernos de distintos signos y tendencias políticas que confirman la importancia transversal de este derecho, cabe preguntarse: ¿en qué estaba pensando el ministro?

Al cierre de esta publicación, el presidente señaló que no acabaría con el beneficio, pero que sí realizaría cambios en la JUNAEB. Habrá que esperar, entonces, que cumpla su palabra y que, de paso, escoja a servidores públicos con una vocación de servicio probada.

Vocación de profesor

El ministro —el mismo de la tasa de leche— también propone terminar con la beca «Vocación de Profesor». Sin ánimo de responderle de forma directa, me tomaré la libertad de hacer algunas acotaciones generales desde la experiencia educativa, más que desde sesudos estudios.

Primero: tras la independencia de Chile, la educación fue, quizás, el único motor para salir de la pobreza estructural para cientos de familias. Los esfuerzos por mejorarla y las enconadas batallas entre liberales y conservadores por monopolizarla potenciaron, a la larga, la formación de profesores, la apertura de colegios, el diseño de programas adecuados, la creación de universidades y el surgimiento de paradigmas menos obsoletos.

«» Detrás de todos estos esfuerzos estaban los «peones» del sistema: la profesora, el profesor, la educadora de párvulos. El camino no fue sencillo, pero sí dignificante. Emocionante debió ser para los liberales cuando Manuel Bulnes comprendió que a los conservadores no les preocupaba mucho el tema, pero aun así se dio maña para fundar la Universidad de Chile —la «U», como le dicen con cariño—; y no solo eso, trajo un ramillete de intelectuales a uno de los países más pobres de América. O cuando Eloísa Díaz y Ernestina Pérez, de la mano de Balmaceda, fueron condecoradas como las primeras médicas formadas en dicha institución; renglón seguido, el mismísimo presidente de la revuelta del 91 creó la Escuela de Artes y Oficios para mujeres.

Segundo: ante la falta de profesores —estimada por especialistas entre 24 y 34 mil para el año 2030—, cabe preguntarse: ¿podrían seguir desprestigiando aún más a los docentes? Es sabido que muchos ingenieros (vaya para ellos mi admiración y respeto) terminan dictando clases de matemáticas ante la falta de especialistas en la asignatura, pero, ¿ante la ausencia de un gerente, pondrían a un profesor a cargo de una empresa? ¿Qué tendría de malo? La falta de docentes tiene múltiples lecturas: una de ellas es el bajo sueldo, que ya es un «patrimonio» del gremio, pero también existe un prejuicio social que cuestiona: «¿De qué se quejan? No ganan poco». Para alcanzar una remuneración significativa, el profesor debe partir de una base que, de por sí, es poco atractiva para los postulantes. Entonces, ingresan quienes realmente aman enseñar y surge la eterna estigmatización: «entran a pedagogía porque no les alcanzó para otra cosa». Menuda ignorancia. No saben lo que es estar frente a 40 mentes distintas y crear el clima necesario para que se produzca el milagro de la enseñanza, viendo rostros fascinados cuando el aprendizaje es realmente significativo.

Otra lectura es la carga laboral. En la práctica, la preparación intelectual de una clase ocurre fuera del horario de la misma; así, los docentes pueden llegar a trabajar 60 horas semanales o más. La pandemia desnudó esta práctica insana. ¿Cómo les exigimos a nuestros alumnos si nosotros no les cumplimos? Ellos ven en nosotros a un individuo; el profesor, en cambio, ve a ocho o diez cursos. Ni Cronos, el dios del tiempo, podría darnos un reloj especial para tal labor.

Tercero: entonces, ¿en qué estaba pensando nuevamente el ministro? Si retira esta beca, o parte de ella, la fuga de talentos será aún más notoria. Esta beca no era para el alumno al que «le faltaba puntaje», sino para estudiantes destacados que realmente querían ser parte del compromiso social del país.

Detrás de cada personalidad de cualquier gobierno hay un profesor que lo formó. Por supuesto, como en toda profesión, hay buenos y malos, estudiosos y menos perseverantes; pero al final del día, cuando apagamos las luces de la sala de clases, hay estudiantes que aprendieron a ser mejores.

Álvaro Vogel Historiador y profesor.

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