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Enfrentando el uso (positivo) del celular en el aula. por Maribel Calderón Soto

¿Qué pasaría si en medio de una clase un/a estudiante es sorprendido utilizando su teléfono móvil? Es probable que su profesor/a tendrá curiosidad respecto de qué está mirando, le pedirá que lo guarde y le dirá que ponga atención a la clase. Esta situación puntual da cuenta de prácticas habituales en las aulas y que, en el último tiempo, han provocado discusiones en distintos medios de comunicación respecto de permitir o no la presencia de los teléfonos móviles en los establecimientos escolares.

Cada día en las escuelas confluyen grupos de estudiantes con diversidad de necesidades e intereses y un nivel de involucramiento heterogéneo, con un grupo de docentes que rota de forma secuencial durante una larga jornada escolar, quienes les invitan a comprometerse con un cierto tipo de conocimiento a aprender.

El teléfono móvil con sus múltiples funcionalidades es un aparato fuertemente arraigado en la población chilena (87% de niños y niñas mayores de 9 años declara contar con teléfono con acceso a internet; Global Kids online, 2023), lo que hace necesario darse un tiempo para reflexionar sobre el camino a seguir como comunidad educativa respecto de su presencia en las aulas. Por un lado, es posible visualizar las potencialidades del uso educativo de estos aparatos. La evidencia recogida de investigaciones a nivel mundial, realizadas durante la dos primeras décadas del siglo XXI, da cuenta de una relación positiva entre el uso de aparatos digitales y el desempeño académico en adolescentes, cuando son utilizados con fines educativos.

El celular podría ser un elemento para favorecer el aprendizaje, permitiendo el acceso a información multimodal de forma rápida y atractiva, además de generar posibilidades para la discriminación de la calidad de las fuentes, por ejemplo. Por otro, su uso excesivo puede traer aparejada una serie de dificultades físicas (por ejemplo, obesidad, dificultades visuales), psicológicas (dificultades atencionales) y sociales (Neophytou et al., 2019). Es por ello que la discusión respecto de cómo enfrentar su uso es clave, y una oportunidad valiosa en sí misma para las comunidades educativas. Uno de los mayores desafíos de la enseñanza escolar para el desarrollo de las habilidades del siglo XXI es el favorecer el pensamiento crítico, la creatividad y la resolución de problemas (Unesco/OECD). Tener la capacidad de evaluar argumentos, deliberar y acordar la mejor forma de resolver una situación o dilema.

Todo esto se vincula, además, a lo que desde la psicología educacional se ha estudiado como metacognición y autorregulación, como capacidades para tomar conciencia del propio pensamiento y de evaluar la propia conducta. Entonces, no solo parece importante acordar cómo se usa la tecnología para evitar distracciones, sino que socializar y discutir sus razones es una gran oportunidad para formar competencias tan necesarias para los desafíos que vivimos y vivirán nuestros escolares en la vida adulta.

¿Qué posibilidad tendrán de desarrollar estas habilidades si no se generan los espacios protegidos para que el diálogo, la discusión, las tensiones y los acuerdos se pongan en práctica?

Maribel Calderón Soto, académica investigadora Centro de Investigación para la Transformación SocioEducativa, CITSE UCSH

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